La tonada del viento

acontista1967

Poeta recién llegado
A Nelson De los Ríos Ortiz,
mi otro corazón de niño.

Y había en la orilla escarpada del camino cañas huecas,
cañas vacías a través de las cuales el viento pasaba
silbando su vieja tonada, al tiempo que alisaba sus cabellos
por entre los ramajes bamboleantes.
Qué ocasional, qué pasajero e invisible el paso del viejo caminante
a la orilla del camino trasegado,
bajo el sol cenital
que doraba nuestras cabezas juntas yacentes en la hierba.

Corríamos delante de la luz que olisqueaba los verdes pastizales
y acechaba las antorchas bermejas de nuestros raudos pasos,
y el acezar de nuestro aliento yendo hacia el otro borde de la tarde.
¿La ciudad, las calles, los barrios atestados y la casa al garete?
. . . todo seguía su curso irrevocable a espaldas nuestras.

Y arriba de un barranco nos hacíamos luchadores de torsos desnudos,
pugnando por un trozo de panela ya sucio y mordisqueado
y nadábamos desnudos en pozos de aguas heladas y traslúcidas
que bajaban cantando de las altas montañas
¡Oh el amor sin palabras y sin declaraciones de los amigos niños!

A la hora del regreso furtivo empezaban ya a fulgir pequeños soles en el cielo ceñudo
y pesaba en el bajo vientre el reencuentro con los nuestros
y la quietud creciente que cerraba la noche.

Retornaba el sosiego, cuando al cerrar los párpados,
resonaba en nosotros la tonada del viento entre las cañas huecas, a orillas del camino trasegado.
 
Última edición:
A Nelson De los Ríos Ortiz,
mi compinche de infancia.

Y había en la orilla escarpada del camino cañas huecas,
cañas vacías a través de las cuales el viento pasaba
silbando su vieja tonada, al tiempo que alisaba sus cabellos
por entre los ramajes bamboleantes.
Qué ocasional, qué pasajero e invisible el paso del viejo caminante
a la orilla del camino trasegado,
bajo el sol cenital
que doraba nuestras cabezas juntas yacentes en la hierba.

Corríamos delante de la luz que olisqueaba los verdes pastizales
y acechaba las antorchas bermejas de nuestros raudos pasos,
y el acezar de nuestro aliento yendo hacia el otro borde de la tarde.
¿La ciudad, las calles, los barrios atestados y la casa al garete?
. . . todo seguía su curso irrevocable a espaldas nuestras.

Y arriba de un barranco nos hacíamos luchadores de torsos desnudos,
pugnando por un trozo de panela ya sucio y mordisqueado
y nadábamos desnudos en pozos de aguas heladas y traslúcidas
que bajaban cantando de las altas montañas
¡Oh el amor sin palabras y sin declaraciones de los amigos niños!

A la hora del regreso furtivo empezaban ya a fulgir pequeños soles en el cielo ceñudo
y pesaba en el bajo vientre el reencuentro con los nuestros
y la quietud creciente que cerraba la noche.

Retornaba el sosiego, cuando al cerrar los párpados,
resonaba en nosotros la tonada del viento entre las cañas huecas, a orillas del camino trasegado.

wow los caminos de la vida, a veces son muy largos, besos
 

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