Elizabeth Flores
Poeta que considera el portal su segunda casa
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[SUP][SUB]Peregrina lll.
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En su exilio cruel y purulento
con su corazón vacío sueña
en almohadas tediosas
que laceran su vulnerable sentimiento.
Callejones sin salida en su peregrinar
perfilados en un papiro empañado,
el dolor agrieta su alma
y la desliga de un atisbo de amor;
se enreda entre las sombras
sin encontrar albergue.
Corre peregrina corre
no se deja alcanzar
de los míseros demonios
que le asechan hambrientos.
Buitres husmean las gotas de sangre
que deslizan de sus mórbidos ojos
y clavan sus garras cruzando su pecho
estrujando la esencia de su alma,
sus labios resecos balbucean
plegarias que nadie atiende,
el viento cierra sus oídos,
enmudece y se aleja absorto
sin escuchar su voz.
Las horas pasan y el reloj se entorpece
frente a muros de desamparo.
¡ Llora !
y el silencio es testigo
de su angustiosa huída;
Peregrina camina en alfombras
bordadas de cardos punzantes
y se abriga con las sábanas
de hiel que heredó en su niñez.
Ella domina su lánguido pulso
en medio del hedor de la carroña
e igual que un trapecista
columpia en lienzos averiados
buscando una brizna de esperanza
en el cerebro de la fría noche.
Elizabeth Flores.
24-08-1[/SUB][/SUP][SUP][SUB]3
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[SUP][SUB]Peregrina lll.
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En su exilio cruel y purulento
con su corazón vacío sueña
en almohadas tediosas
que laceran su vulnerable sentimiento.
Callejones sin salida en su peregrinar
perfilados en un papiro empañado,
el dolor agrieta su alma
y la desliga de un atisbo de amor;
se enreda entre las sombras
sin encontrar albergue.
Corre peregrina corre
no se deja alcanzar
de los míseros demonios
que le asechan hambrientos.
Buitres husmean las gotas de sangre
que deslizan de sus mórbidos ojos
y clavan sus garras cruzando su pecho
estrujando la esencia de su alma,
sus labios resecos balbucean
plegarias que nadie atiende,
el viento cierra sus oídos,
enmudece y se aleja absorto
sin escuchar su voz.
Las horas pasan y el reloj se entorpece
frente a muros de desamparo.
¡ Llora !
y el silencio es testigo
de su angustiosa huída;
Peregrina camina en alfombras
bordadas de cardos punzantes
y se abriga con las sábanas
de hiel que heredó en su niñez.
Ella domina su lánguido pulso
en medio del hedor de la carroña
e igual que un trapecista
columpia en lienzos averiados
buscando una brizna de esperanza
en el cerebro de la fría noche.
Elizabeth Flores.
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