Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dos hijos, me dio la vida,
a mi esencia parecidos.
Los llamó la vida misma
y a mí me dio por seguirlos.
Llegué con alas cansadas
a descansar en su nido.
Quebrada encontré su rama
y su afecto dividido.
Cada cual tiene su yo,
ya no parecen mis hijos.
¿Qué pareceré que soy,
si son mi único motivo?
Culpé de aquello a la vida,
culpé de aquello al destino;
tal vez la culpa fue mía
por no darlos al olvido.
Uno me echó en cara algo
que lo tenía resentido,
el otro, como atajando,
“hay poco lugar”, me dijo.
Justo cuando iba a dejarlos
a cada uno en su sino,
uno, me tendió los brazos,
el otro, me alcanzó un vino.
¡Todo no fue más que un sueño!
Yo andaba medio dormido;
me despertaron a un tiempo
y me abrazaron, ¡mis hijos!
.
a mi esencia parecidos.
Los llamó la vida misma
y a mí me dio por seguirlos.
Llegué con alas cansadas
a descansar en su nido.
Quebrada encontré su rama
y su afecto dividido.
Cada cual tiene su yo,
ya no parecen mis hijos.
¿Qué pareceré que soy,
si son mi único motivo?
Culpé de aquello a la vida,
culpé de aquello al destino;
tal vez la culpa fue mía
por no darlos al olvido.
Uno me echó en cara algo
que lo tenía resentido,
el otro, como atajando,
“hay poco lugar”, me dijo.
Justo cuando iba a dejarlos
a cada uno en su sino,
uno, me tendió los brazos,
el otro, me alcanzó un vino.
¡Todo no fue más que un sueño!
Yo andaba medio dormido;
me despertaron a un tiempo
y me abrazaron, ¡mis hijos!
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