No son ojeras,
son las cicatrices de las noches que lucho con tu recuerdo
las marcas de mi rostro que se sabe olvidado,
el luto que guardan mis ojos hasta verte de nuevo,
la única forma que halló mi cuerpo para atrapar al pasado.
No son lágrimas,
son marcas que dejé en la tierra por si decides seguir mis pasos,
son mis ojos, tratando de borrar las cosas que advertí
es mi cuerpo que solo se atreve a expulsarte por intervalos,
la forma en que me anuncian que ya no estás aquí.
No es tristeza,
es el conocimiento de que no me encontraste cuando yo te buscaba,
la certeza de que nuestros pasos nunca estuvieron sincronizados,
es el color de las mañanas, el sentimiento que cambió cuando te miraba,
es dormir y que al despertar los momentos estén desperdigados.
No es decepción,
es el ritual en donde quemo tus fotografías,
es el lenguaje de los que nos extraviamos,
es voltear hacía atrás y ver que ya no me seguías,
la suma de todo aquello que extrañamos.
No es nostalgia,
es saber que ya no tengo lugar en tu mirada,
es mi voz que se quiebra y se transforma en aguacero,
la sensación que queda por la herida cicatrizada,
es saber que a pesar de que ya no te busco aún te espero.