elena morado
Poeta que considera el portal su segunda casa
Porque después de ti nada volvió a ser igual,
ni la sacarina del café,
me endulzó las mañanas.
Miguel ya no me enseñaba su cara más amable
al darme el periódico,
hasta Rufo dejó de morder las zapatillas
y de olisquearme cuando me agachaba
a dejarle el agua antes de salir.
Ni siquiera ella,
-que me adoraba-,
volvió a mirarme como lo hacía,
debió de ser esa cara de apatía que me quedó
cuando te llevaste mi sonrisa en la maleta.
Y el Taj Mahal dejó de ser la octava maravilla,
y los peces de colores
perdieron para siempre su color
ni siquiera el sol calienta ya como antes,
¡por qué si no tengo tanto frío!.
Tan solo quería volver a verte
volver a ver tus ojos verdes
y mirarlos como lo hace Ali
cuando le dices:
-Hola Alicia, ¿como estás?-
y ella sonríe. Se da media vuelta
y corre a jugar con sus amigas.
Me conformé con el reflejo de esa foto borrosa
como algún día estarán mis recuerdos,
aunque es imposible que el paso del tiempo ni el alzehimer
se puedan llevar ciertos nombres,
se quedan a vivir con nosotros como un eco.
Y siguió durante mucho tiempo mirando al Sur
apoyada en el quicio de la puerta
porque todavía podía romperme un poco más.
Y convirtió su dolor en estatua de sal.
Antonia Mauro del Blanco
ni la sacarina del café,
me endulzó las mañanas.
Miguel ya no me enseñaba su cara más amable
al darme el periódico,
hasta Rufo dejó de morder las zapatillas
y de olisquearme cuando me agachaba
a dejarle el agua antes de salir.
Ni siquiera ella,
-que me adoraba-,
volvió a mirarme como lo hacía,
debió de ser esa cara de apatía que me quedó
cuando te llevaste mi sonrisa en la maleta.
Y el Taj Mahal dejó de ser la octava maravilla,
y los peces de colores
perdieron para siempre su color
ni siquiera el sol calienta ya como antes,
¡por qué si no tengo tanto frío!.
Tan solo quería volver a verte
volver a ver tus ojos verdes
y mirarlos como lo hace Ali
cuando le dices:
-Hola Alicia, ¿como estás?-
y ella sonríe. Se da media vuelta
y corre a jugar con sus amigas.
Me conformé con el reflejo de esa foto borrosa
como algún día estarán mis recuerdos,
aunque es imposible que el paso del tiempo ni el alzehimer
se puedan llevar ciertos nombres,
se quedan a vivir con nosotros como un eco.
Y siguió durante mucho tiempo mirando al Sur
apoyada en el quicio de la puerta
porque todavía podía romperme un poco más.
Y convirtió su dolor en estatua de sal.
Antonia Mauro del Blanco
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