María irrumpió precipitadamente con su secreto aún calentito, en casa de D. Marcial, el cabrero del pueblo, que andaba abstraído en sus menesteres ordenando los secretos del día.
D. Marcial es un hombre de gran sabiduría e inteligencia natural -decía siempre D. Luis, el maestro- aunque analfabeto, tiene el don de saber leer en la conciencia de los demás sin juzgar"-.
Pero María creía que la mayor virtud de D. Marcial estaba en su oído; era el lugar más seguro para esconder los secretos de los habitantes del pueblo, por eso todos iban a él a entregarle sus secretos, convencidos de que D. Marcial era el mejor guardián que podían encontrar para los mismos.
D. Marcial, cargado de secretos, pasaba semanas enteras con sus cabras en la soledad y el silencio de la montaña. Fue allí que, serenamente, un buen día su corazón dejo de latir; entonces los secretos escaparon al viento y por primera vez se sintieron libres...
Muchos fueron los vecinos que creyeron ver, a partir de ese día, sus secretos dibujados en las nubes.
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