lluvia de enero
Simplemente mujer
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Me pregunto cuántas veces más en esta vida la insensibilidad va a atentar contra la niña que me habita. No pueden entender las almidonadas razones que no es posible prohibirla, que no es posible callarla.
Mi niña me regala el asombro cotidiano que impide a la rutina opacar la belleza de los pequeños detalles y es quien me permite hallar en unos ojos, aun en aquellos cegados por su infierno, la mirada que habla con el corazón.
Es mi niña quien sueña, quien me eleva en el vuelo, quien no me permite quedarme en el suelo y, tras cada porrazo, es la mano firme, la fuerza que impulsa esta rebeldía que no me deja aflojar.
Soy, gracias a mi niña, una mujer que no teme a la ingenuidad y me doy el gran lujo de patear el calendario y andando los cincuenta me atrevo a confiar.
Canto ilusiones, río tristezas, lloro alegrías, sueño horizontes, siembro utopías, amo a no dar más.
Mi niña da rienda a mis emociones y mantiene intacta mi capacidad de creer, por eso la cuido, por eso la mimo, por eso la dejo ser.
Una vez más la insensibilidad, desconfiada y obscena, con voz injuriosa increpa a mi niña y con aire de superioridad pretende prohibirle la palabra, cohibir su libertad... ¡Qué irreverencia!
Mi niña callará el día que mi muerte no la deje respirar.
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