Old Soul
Poeta adicto al portal
¡No puedo con ella! ¡No puedo! Si pudiese, si pudiese le haría tragar poesía, eso es. ¡Poesía!
Es que, si pudiese, la ataría de pies y manos. ¡Y a una silla! Le abriría la boca, le metería un embudo en ella y empezaría a volcar versos y más versos por el orificio de su garganta.
Empezaría con unos haikus, docenas, centenas, millares de ellos para que, en sus tres versos, encontrase la simpleza de la vida. Después, implacable, le volcaría, con estricta métrica (para que no se conciba ni más ni menos de lo qué es), odas sobre ella misma, para que escuchase su voz como otros la escuchan, para que viese en sus propios ojos como otros la miran, para que se diera cuenta de que en su sangre vive un río de tinta.
Pero no me quedaría ahí. ¡Ni mucho menos! Que con un palo, como engordan a las ocas, le embutiría sátiras contra la muerte y su ponzoña, para que se ría de ella en vida, para que no más la piense con una sonrisa, para que sus muertos sólo la acompañen con sus pasadas alegrías y sólo sean eso, bellos recuerdos, pese a mortuorios, con los que sonreír el día a día. Y así olvidase el cinismo, extirpado, desterrado en alguna desierta y más que recóndita isla.
Después… ¡Si pudiese! ¡Si pudiese le haría tragar comedias! ¡Una tras otra! Comedias cuya heroína fuera ella misma, para que se riese del pasado, para que se mofase del presente, para que bailase con las manos en el suelo y los pies en el aire, para que riese cantarina, y al final lograse lo qué quiere.
Luego… ¡Luego le haría bajar por la garganta miles de sainetes! ¡Encajándoselos uno a uno! ¡Sin piedad! Para que se riese de la costumbre de llorar por siempre las penas, de la tradición de aquellos que llevan siempre el duelo por dentro y de esa otra costumbre de algunas gentes de siempre mostrar las lágrimas. Para que se riese de todo y de nada, tan sólo para que escuchase, con cada uno de ellos, la musicalidad de sus carcajadas.
A continuación le volcaría por el embudo. ¡Un millón de amorosos madrigales! Pero qué digo un millón. ¡Cientos! ¡Miles de millones! ¡Y sin masticarlos! Se los haría tragar todos juntitos, aunque se empachase con ellos. Para que ame a todo en esta vida, para que ame lo que se puede palpar y lo intangible, lo que puede saborear y lo desabrido, lo que puede ver y hasta lo invisible. Para que ame con toda el alma. Para que ame con el corazón en sus manos, cual regalo. Para que ame. ¡Amando!
Y, para que tuviera los pies en la tierra, aunque mantuviera sus manos en el cielo. ¡También le haría tragar tragedias! Eso es. ¡Tragedias! Porque sin probar la sal no se sabe de lo dulce, porque sin oscuridad no se aprecia lo que alumbre, porque las lágrimas son, a veces, sanadoras, de maldita coraza herrumbre.
Y si aún no estuviera sanada por dentro, en libre verso. ¡Le incrustaría por la garganta canciones! Una tras otra y, tras cada una. ¡Un silencio! Para que apreciara la música aún cuando no sonase, para que con sus pies siempre la bailase y así sus labios siempre cantasen alguna feliz, y sin métrica, liberadora tonada.
Pero, no puedo, no puedo con ella… ¡Si pudiese! ¡Si pudiese le haría tragar poesía! ¡Eso es, poesía! ¡Hasta hartarla!
Tal vez, tal vez así, quién sabe, se le curase el alma…
Dedicado a mi querida amiga Tig-anita, por todas sus letras...
Es que, si pudiese, la ataría de pies y manos. ¡Y a una silla! Le abriría la boca, le metería un embudo en ella y empezaría a volcar versos y más versos por el orificio de su garganta.
Empezaría con unos haikus, docenas, centenas, millares de ellos para que, en sus tres versos, encontrase la simpleza de la vida. Después, implacable, le volcaría, con estricta métrica (para que no se conciba ni más ni menos de lo qué es), odas sobre ella misma, para que escuchase su voz como otros la escuchan, para que viese en sus propios ojos como otros la miran, para que se diera cuenta de que en su sangre vive un río de tinta.
Pero no me quedaría ahí. ¡Ni mucho menos! Que con un palo, como engordan a las ocas, le embutiría sátiras contra la muerte y su ponzoña, para que se ría de ella en vida, para que no más la piense con una sonrisa, para que sus muertos sólo la acompañen con sus pasadas alegrías y sólo sean eso, bellos recuerdos, pese a mortuorios, con los que sonreír el día a día. Y así olvidase el cinismo, extirpado, desterrado en alguna desierta y más que recóndita isla.
Después… ¡Si pudiese! ¡Si pudiese le haría tragar comedias! ¡Una tras otra! Comedias cuya heroína fuera ella misma, para que se riese del pasado, para que se mofase del presente, para que bailase con las manos en el suelo y los pies en el aire, para que riese cantarina, y al final lograse lo qué quiere.
Luego… ¡Luego le haría bajar por la garganta miles de sainetes! ¡Encajándoselos uno a uno! ¡Sin piedad! Para que se riese de la costumbre de llorar por siempre las penas, de la tradición de aquellos que llevan siempre el duelo por dentro y de esa otra costumbre de algunas gentes de siempre mostrar las lágrimas. Para que se riese de todo y de nada, tan sólo para que escuchase, con cada uno de ellos, la musicalidad de sus carcajadas.
A continuación le volcaría por el embudo. ¡Un millón de amorosos madrigales! Pero qué digo un millón. ¡Cientos! ¡Miles de millones! ¡Y sin masticarlos! Se los haría tragar todos juntitos, aunque se empachase con ellos. Para que ame a todo en esta vida, para que ame lo que se puede palpar y lo intangible, lo que puede saborear y lo desabrido, lo que puede ver y hasta lo invisible. Para que ame con toda el alma. Para que ame con el corazón en sus manos, cual regalo. Para que ame. ¡Amando!
Y, para que tuviera los pies en la tierra, aunque mantuviera sus manos en el cielo. ¡También le haría tragar tragedias! Eso es. ¡Tragedias! Porque sin probar la sal no se sabe de lo dulce, porque sin oscuridad no se aprecia lo que alumbre, porque las lágrimas son, a veces, sanadoras, de maldita coraza herrumbre.
Y si aún no estuviera sanada por dentro, en libre verso. ¡Le incrustaría por la garganta canciones! Una tras otra y, tras cada una. ¡Un silencio! Para que apreciara la música aún cuando no sonase, para que con sus pies siempre la bailase y así sus labios siempre cantasen alguna feliz, y sin métrica, liberadora tonada.
Pero, no puedo, no puedo con ella… ¡Si pudiese! ¡Si pudiese le haría tragar poesía! ¡Eso es, poesía! ¡Hasta hartarla!
Tal vez, tal vez así, quién sabe, se le curase el alma…
Dedicado a mi querida amiga Tig-anita, por todas sus letras...
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