kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Romance sonámbulo
Federico García Lorca
EL HOMBRE QUE MALGASTABA PRIMAVERAS
Doscientos veinte pasos,
exactos,
son los que separan a la oficina de mi casa.
Como siempre, desde hace demasiado tiempo,
salgo a la calle con la amargura crónica
que luce mi traje gris.
Me recibe la negrura de la noche
con una descomunal tormenta de lluvia y viento.
Me recuerda a la mala hostia que me corre últimamente por la venas,
al lifting que aprieta en mi rostro una mueca permanente,
un gesto endurecido de tanto malgastar primaveras.
Me he convertido, sin darme cuenta, en un ser
patéticamente desconsiderado con la vida.
Tengo la sensación
que de seguir así
perderé lo que más quiero.
La acera legamosa
con su piorrea terminal
ya no hay quien la pise.
Una baldosa con peste me salpica la pernera hasta el cinturón.
En el paso cien
me cruzo con una madre que llama estúpido a su crío.
En un despiste se le vuela el paraguas
y cagándose en Dios
atiza un tortazo al chaval.
Los alcorques rebosan, los sumideros rugen,
las rachas ventosas silban en el sufrido ramaje de las acacias
que golpean con furia los ventanales.
¡La entropía natural llamando está a la puerta!
tan sumamente frágil
del ser humano.
Y es entonces cuando me encuentro a Javier tirado,
(un viejo prematuro, más enfermo mental que alcohólico),
inánime,
en posición fetal y desnudo,
circundando su cuerpo
el perímetro de un tocón donde flamean
sus calzones y su chaqueta.
Regurgita un lixiviado horrendo.
Ladeo su cabeza,
y algo me susurra,
o quizá, sencillamente, es el gemido gutural
que precede al fin.
—¡Levanta Javier!, ¡levanta coño!
Y entre espasmos mortuorios
llamo al 112.
Bajo la urdimbre del diluvio
pare el muerto un silencio inquebrantable
y presencio como entre las luces ambarinas de las farolas
entorna su mirada hacia la nada.
Hacia su paz.
—La noche se puso íntima como una pequeña plaza—
Y atrás dejo al que fue Javier,
a las luces epilépticas de la ambulancia
y a un club de mirones compungidos.
Es el paso ciento noventa y cinco,
y tras el murmurio de los vecinos arremolinados en las esquinas,
los reproches sonoros de la pareja ejemplar del segundo,
y el traqueteo acelerado de unos pasos de mujer cruzando la calle,
llego, por fin, a mi casa.
Giro la llave del refugio
que ampara mi hipócrita existencia.
Me avergüenzo tanto
de todas mis miserias.
Obsesiones añosas ramificadas de las frustraciones de un privilegiado
que lo tiene todo para poder vivir.
Tras la puerta,
justo detrás, muy pegado,
me encuentro a Mateo,
con el gesto temeroso.
—Papá, ¿qué es un tornado?— me pregunta inquieto.
—Un vórtice iracundo que todo se lo lleva.
—Pero nuestra casa, ¿se la lleva?
—No, esta casa no, cariño
(para qué tanta crudeza)
—Pero a veinte metros
ahí fuera
hace mucho frío.
Y suena
a lo lejos
la huérfana ambulancia.
En Madrid, marzo de 2014
~Kalkbadan~
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