abcd
Poeta adicto al portal
Llueve, de arriba hacia abajo,
como siempre, eso es normal.
Los paraguas vuelven a sonreír al revés,
los perros se hacen ver tristes
alejados en algún rincón,
yo los veo hermosos, y lo siento extraño.
Llueve, y las manos besan a los ojos.
No existe un dolor físico en el universo
pero hay personas desnudas de sueños
que parecen estar llorando también.
Llueve, y películas grises toman color,
hay libros que huelen a café
y las panzas de muchos hombres nostálgicos
al fin encuentran su mundo bajo las frazadas.
Llueve, y uno piensa en las promesas perdidas,
morderse los dedos y las uñas es darle la espalda a otras certezas.
Hay restos del cielo que caen y no son agua,
son como las miradas de madres, de abuelas perdidas.
Uno no cree, pero siente marionetas en los sentimientos.
Llueve, hay rostros que se dibujan en el suelo,
uno los pisa, uno los ama y los vuelve armar dos pasos después.
Llueve, y ese vientito frío que eriza los huesos
es la memoria que abraza,
que tiembla en el alma y la alimenta,
la llena de paz,
y hace y vuelve a las hojas un almanaque,
un año entero de viejas luces en un segundo de eternidad.
como siempre, eso es normal.
Los paraguas vuelven a sonreír al revés,
los perros se hacen ver tristes
alejados en algún rincón,
yo los veo hermosos, y lo siento extraño.
Llueve, y las manos besan a los ojos.
No existe un dolor físico en el universo
pero hay personas desnudas de sueños
que parecen estar llorando también.
Llueve, y películas grises toman color,
hay libros que huelen a café
y las panzas de muchos hombres nostálgicos
al fin encuentran su mundo bajo las frazadas.
Llueve, y uno piensa en las promesas perdidas,
morderse los dedos y las uñas es darle la espalda a otras certezas.
Hay restos del cielo que caen y no son agua,
son como las miradas de madres, de abuelas perdidas.
Uno no cree, pero siente marionetas en los sentimientos.
Llueve, hay rostros que se dibujan en el suelo,
uno los pisa, uno los ama y los vuelve armar dos pasos después.
Llueve, y ese vientito frío que eriza los huesos
es la memoria que abraza,
que tiembla en el alma y la alimenta,
la llena de paz,
y hace y vuelve a las hojas un almanaque,
un año entero de viejas luces en un segundo de eternidad.
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