danie
solo un pensamiento...
No cede y con firmeza,
el sol en la noche avanza tanteando
las barandas de la tierra,
mientras prosperan socorros y privanzas
de un errático ciego,
ofuscado y aturdido por el farol
de un albor abstracto y su no videncia.
Así dista la centella de la amanecida tormenta
de semblantes y fisonomías
sin inhumar en un valle de pavesa.
Los ojos ciegos del sol
se ligan al pueril estigma de las sombras
y una deducción acecha
al perplejo reflejo de luz.
En el atiborrado día,
la noche cae al cielo
y deja un manto de tristeza.
La enlutada vacilación del ciego
se incrementa por el propio
dilema de una aglomeración humana
y la cábala de un oráculo pagano,
hermano del supuesto conocimiento.
El vidente de ojos distantes, se traslada
postrado lánguidamente,
siempre esperando la clarividencia santa,
tan prometida por el docto del momento.
Siempre buscando en el horizonte
la luz de ese sol en la inmensa noche.
Siempre frente a los sueños acaudillados
por un albur cínico de dicha vida apelmazada
en un balaustre carcomido
de oxígeno y preceptos muertos.
Pesquisa de inventivas residuales
que esgriman la sin razón del necio
sobre la ciencia y su tecnología,
la misma que labra una ciénaga de penas
Una ciénaga de miserias que relucen en las sendas
del no vidente, sin guía ni bastón
El errabundo con ojos pasmados,
más anochecidos que las pupilas de los mismos ciegos,
deambula por el friso de un acantilado infinito.
Cree saber mucho, el muy necio;
capricho de un destino inculto envuelto en el progreso
de un urbanismo y su mundo contrito.
Así pisa en falso y cae
queriendo hurtar el brillo fingido
de lenitivo para su pesar,
un espejismo letal de la noche artera
y su confabulado sol que es la meta de sus penas
Cae a un abismo sin más remedio
que el de quitar su modorra
que lo aletargó desde que nació.
Un golpe en el meollo de la gnosis,
algo que aprender,
pero que pronto la historia enseñará a olvidar
tras las sombras de los pasos de los hombres
Ese ciego que es más ciego que los no videntes,
con la diferencia que sus ojos creían ver siempre
un oasis en un desierto,
un paraíso en un averno,
la gloria en el despojo enmohecido y muerto.
Así ese ciego pereció de un certero golpe en la sien,
pero al igual que él,
dejó un legado condescendiente de miles de no videntes
de la ofuscada mente,
tras los rastros de los instrumentos de un homo sapiens
y su omnisciencia de ser Dios,
sin ninguna fe ni creencia.