abcd
Poeta adicto al portal
Las calles no necesitan sueños repetidos,
ni enfermos,
quizás si algunas heridas
de esas que el frío mantiene crispadas.
¿Para cubrirlas caerán las hojas?
Yo quiero entender a los árboles,
se desnudan en el frío.
Su altruismo con las soledades ajenas es masoquista.
Yo no sé porque la lluvia en sus zapatos
no le sonríe cuando ellos también le lloran.
Hay un humo seco en cigarrillos que se apagan,
los dolores del cuerpo tibio se pegan a la vaca amarilla,
esa vaca que dibujó Neruda,
hace cuarenta años, hace cien mil versos.
Se ven niños, rotos, rojos,
las persianas bajas.
Me asustan las emociones descalzas,
que ardan las agujas del reloj tan temprano,
que el ovillo de lana se enrede en mi corazón.
Todos adelantamos en un segundo el primer sorbo al café,
salvo los muertos del verano,
no, ellos necesitan pastillas para existir.
Probablemente yo pude escribir algo mejor,
mientras lo pienso en el pecho,
se me cae un trozo de torta al suelo,
con una lágrima que tenía pegada al dedo izquierdo.
No me importaba tanto lo que estaba mirando por la ventana,
como recordar cuando venías en nubes
a calentar mi cama...
ni enfermos,
quizás si algunas heridas
de esas que el frío mantiene crispadas.
¿Para cubrirlas caerán las hojas?
Yo quiero entender a los árboles,
se desnudan en el frío.
Su altruismo con las soledades ajenas es masoquista.
Yo no sé porque la lluvia en sus zapatos
no le sonríe cuando ellos también le lloran.
Hay un humo seco en cigarrillos que se apagan,
los dolores del cuerpo tibio se pegan a la vaca amarilla,
esa vaca que dibujó Neruda,
hace cuarenta años, hace cien mil versos.
Se ven niños, rotos, rojos,
las persianas bajas.
Me asustan las emociones descalzas,
que ardan las agujas del reloj tan temprano,
que el ovillo de lana se enrede en mi corazón.
Todos adelantamos en un segundo el primer sorbo al café,
salvo los muertos del verano,
no, ellos necesitan pastillas para existir.
Probablemente yo pude escribir algo mejor,
mientras lo pienso en el pecho,
se me cae un trozo de torta al suelo,
con una lágrima que tenía pegada al dedo izquierdo.
No me importaba tanto lo que estaba mirando por la ventana,
como recordar cuando venías en nubes
a calentar mi cama...