Old Soul
Poeta adicto al portal
Salí esa noche para celebrar,
por veinteava vez,
que me había abandonado,
hacía ya seis meses exactos,
cosa que no era difícil de entender
pues yo no le hacía puto caso desde hacía tres años,
y es que follaba fatal.
Salí donde “La puerta verde”,
un local afamado por reunir
a todo el ganado
que entre los treinta y sesenta
quisiera echar un polvo.
Hacía ya tantos meses que no follaba
que no recordaba cuánto había transcurrido
desde que me había ligado,
con más tequila que aliento,
a una cincuentona,
rubia teñida,
de labios rojos chillones,
tetas flácidas
y tan fea
que me faltaron piernas para correr
cuando me dijo,
después de follar:
duerme aquí esta noche.
El caso fue que
la noche de mi veinteava celebración
en “La puerta verde”,
como tantas otras,
me puse con mi tequila en la barra
mientras oteaba al personal,
divirtiéndome con la mirada,
hasta que, al cuarto tequila,
una morena se me acercó a pedirme fuego
y tenía tan enormes tetas
que cuando me dijo “mírame a la cara”
ya me había grabado a fuego en la mente
sus dos pezones, que se le marcaban
como dos duras y oscuras piedras
bajo su blusa blanca.
Cuando le miré a la cara, me eché a reír
sin saber qué decirle,
era bien bella la jodida.
Le invité una copa, a modo de disculpa,
que aceptó
a condición de que nos tomáramos unos chupitos.
Yo me afiancé a mi butaca y le dije que adelante.
No dejaba de mirarla, era voluptuosa,
de carnes generosas y culo respingón.
¡Y cómo tragaba la cabrona!
En la corta conversación que tuvimos
casi sólo le escuché decir: ¿Otro?
Mientras yo,
agarrado a mi butaca,
empezaba a sentir como se me mareaba el mundo
sin dejar de mirarla y oler su perfume,
que hacía que me empalmase
endiabladamente,
pensando que ya la había conquistado.
Pero, al sexto tequila, se marchó con sus amigos,
tras darme dos sonoros besos, uno en cada mejilla,
dejándome con una borrachera inmensa,
y el mayor dolor de huevos de mi historia.
La muy cabrona…
Allí permanecí sentado,
bebiendo por inercia tequila
hasta que cerraron el local.
Por ser habitual
y buen cliente
me llamaron a un taxi
al que me subí ayudado por el camarero.
Dentro del taxi el conductor me preguntó: ¿A dónde?
Y decidiéndolo súbitamente,
sin pararme a reflexionar,
le respondí casi cantando: ¡De putas!
El tipo se sonrió y me dijo:
Jefe, si tiene dinero suficiente
le llevo a un garito fino,
chicas guapas y jóvenes,
“El libanés” se llama.
Adelante - le dije.
Y por callejuelas y más callejuelas me llevó.
Tantas curvas pasamos que, mareado,
me quité las gafas y bajé la ventanilla
para tomar el fresco.
Cuando llegamos, bajó el taxista
a llamar a la puerta de una casona
y, tras que saliera un tipo, regresó,
para decirme que todo estaba listo,
que el libanés me esperaba,
le pagué y entré en la casona.
Lo veía todo borroso,
todo estaba difuminado ante mi vista,
pensé que estaba más borracho aún de lo que creía
hasta que al cabo de unos minutos me di cuenta
de que se me habían quedado
las gafas en el taxi,
pero, pese a que sin ellas no veo una mierda,
no me importó,
iba a follar.
El libanés me llevó hasta una habitación
y, al rato, empezaron a entrar mujeres,
una a una, para darme dos besos
decirme su nombre
e irse.
Yo, entre la borrachera y que no tenía las gafas,
no veía un carajo,
todas las mujeres que entraban tenían para mí
un rostro borroso, difuso,
eran imágenes sin definir
que me daban dos besos,
me decían su nombre
y se iban.
Cuando terminó el desfile de cuerpos sin rostro
el libanés regresó
y me preguntó cuál me gustaba,
yo, sin saber elegir, pues todas me parecieron
igualmente de imperceptibles,
recordando a la morena de “La puerta verde”,
le dije: La morena.
El tipo seguro que se quedó
con una cara de circunstancias,
que yo no vi,
pues, lógicamente, había más de una morena,
así que para concretar me preguntó:
¿La primera, la tercera o la última?
A lo que contesté, por decir algo,
resuelto a follar de una puta vez:
La última, la última.
Así que el tipo me llevó a una habitación
donde, tras pagarle,
me desnudé y me eché en la cama.
Al rato apareció una,
con lo que me pareció a mí
ropa interior de encaje,
me saludó y, sin mediar más palabras,
se puso a chupármela.
Con el sopor del alcohol y aquella boca
que me dedicaba tantas atenciones
poco a poco empecé a sentirme más cómodo.
Mientras, aquellos labios no dejaban de succionar,
de chupar con un movimiento rítmico,
trabajándose mi polla dura con placer,
con el arte de quien le gusta,
y en unos movimientos más
de aquella boca golosa
terminé eyaculando
mientras gemía,
por la mejor mamada de mi vida.
Así me quedé tendido,
relajado,
hasta que, de pronto,
aquella se convirtió en aquel
y con una voz varonil me dijo:
Ahora me toca a mí.
Y quitándose la lencería
me enseñó un tremendísimo cipote,
que pese a mi ceguera
pude ver claramente,
era la polla más grande
que había visto en mi vida,
debería de medir más de dos palmos,
totalmente empalmada,
palpitando por la sangre que hinchaba
tal enorme aparato.
Lo que provocó que un grito desde mis adentros
exclamara, con el sentimiento de ofensa
más grande que he experimentado jamás:
¡¿Pero qué mierda es esta?!
¡¿Pero tú qué te has creído?!
¡Serás hijo de puta!
Tal jaleo monté que vino el libanés
al que le dije a gritos:
¡¿Pero usted ha visto la tremenda polla que tiene?!
¡Esto es indignante!
¡No vuelvo más por éste local!
¡Hágame el favor de pedirme un taxi inmediatamente!
Y así salí de aquel sitio, para nunca volver.
Desde entonces
sigo celebrando que me abandonó
y frecuentando “La puerta verde”,
con más ánimo que fortuna,
a veces,
busco entre las morenas que veo
a la cabrona aquella
de pezones grandes,
para acabar ligando con alguna loca borracha.
Y las veces que no ligo,
que son la mayoría,
he tomado la costumbre
de irme de putas
pero ahora procuro
constatar
que no tengan polla,
y si la tienen,
al menos
que no sea más grande que la mía.
por veinteava vez,
que me había abandonado,
hacía ya seis meses exactos,
cosa que no era difícil de entender
pues yo no le hacía puto caso desde hacía tres años,
y es que follaba fatal.
Salí donde “La puerta verde”,
un local afamado por reunir
a todo el ganado
que entre los treinta y sesenta
quisiera echar un polvo.
Hacía ya tantos meses que no follaba
que no recordaba cuánto había transcurrido
desde que me había ligado,
con más tequila que aliento,
a una cincuentona,
rubia teñida,
de labios rojos chillones,
tetas flácidas
y tan fea
que me faltaron piernas para correr
cuando me dijo,
después de follar:
duerme aquí esta noche.
El caso fue que
la noche de mi veinteava celebración
en “La puerta verde”,
como tantas otras,
me puse con mi tequila en la barra
mientras oteaba al personal,
divirtiéndome con la mirada,
hasta que, al cuarto tequila,
una morena se me acercó a pedirme fuego
y tenía tan enormes tetas
que cuando me dijo “mírame a la cara”
ya me había grabado a fuego en la mente
sus dos pezones, que se le marcaban
como dos duras y oscuras piedras
bajo su blusa blanca.
Cuando le miré a la cara, me eché a reír
sin saber qué decirle,
era bien bella la jodida.
Le invité una copa, a modo de disculpa,
que aceptó
a condición de que nos tomáramos unos chupitos.
Yo me afiancé a mi butaca y le dije que adelante.
No dejaba de mirarla, era voluptuosa,
de carnes generosas y culo respingón.
¡Y cómo tragaba la cabrona!
En la corta conversación que tuvimos
casi sólo le escuché decir: ¿Otro?
Mientras yo,
agarrado a mi butaca,
empezaba a sentir como se me mareaba el mundo
sin dejar de mirarla y oler su perfume,
que hacía que me empalmase
endiabladamente,
pensando que ya la había conquistado.
Pero, al sexto tequila, se marchó con sus amigos,
tras darme dos sonoros besos, uno en cada mejilla,
dejándome con una borrachera inmensa,
y el mayor dolor de huevos de mi historia.
La muy cabrona…
Allí permanecí sentado,
bebiendo por inercia tequila
hasta que cerraron el local.
Por ser habitual
y buen cliente
me llamaron a un taxi
al que me subí ayudado por el camarero.
Dentro del taxi el conductor me preguntó: ¿A dónde?
Y decidiéndolo súbitamente,
sin pararme a reflexionar,
le respondí casi cantando: ¡De putas!
El tipo se sonrió y me dijo:
Jefe, si tiene dinero suficiente
le llevo a un garito fino,
chicas guapas y jóvenes,
“El libanés” se llama.
Adelante - le dije.
Y por callejuelas y más callejuelas me llevó.
Tantas curvas pasamos que, mareado,
me quité las gafas y bajé la ventanilla
para tomar el fresco.
Cuando llegamos, bajó el taxista
a llamar a la puerta de una casona
y, tras que saliera un tipo, regresó,
para decirme que todo estaba listo,
que el libanés me esperaba,
le pagué y entré en la casona.
Lo veía todo borroso,
todo estaba difuminado ante mi vista,
pensé que estaba más borracho aún de lo que creía
hasta que al cabo de unos minutos me di cuenta
de que se me habían quedado
las gafas en el taxi,
pero, pese a que sin ellas no veo una mierda,
no me importó,
iba a follar.
El libanés me llevó hasta una habitación
y, al rato, empezaron a entrar mujeres,
una a una, para darme dos besos
decirme su nombre
e irse.
Yo, entre la borrachera y que no tenía las gafas,
no veía un carajo,
todas las mujeres que entraban tenían para mí
un rostro borroso, difuso,
eran imágenes sin definir
que me daban dos besos,
me decían su nombre
y se iban.
Cuando terminó el desfile de cuerpos sin rostro
el libanés regresó
y me preguntó cuál me gustaba,
yo, sin saber elegir, pues todas me parecieron
igualmente de imperceptibles,
recordando a la morena de “La puerta verde”,
le dije: La morena.
El tipo seguro que se quedó
con una cara de circunstancias,
que yo no vi,
pues, lógicamente, había más de una morena,
así que para concretar me preguntó:
¿La primera, la tercera o la última?
A lo que contesté, por decir algo,
resuelto a follar de una puta vez:
La última, la última.
Así que el tipo me llevó a una habitación
donde, tras pagarle,
me desnudé y me eché en la cama.
Al rato apareció una,
con lo que me pareció a mí
ropa interior de encaje,
me saludó y, sin mediar más palabras,
se puso a chupármela.
Con el sopor del alcohol y aquella boca
que me dedicaba tantas atenciones
poco a poco empecé a sentirme más cómodo.
Mientras, aquellos labios no dejaban de succionar,
de chupar con un movimiento rítmico,
trabajándose mi polla dura con placer,
con el arte de quien le gusta,
y en unos movimientos más
de aquella boca golosa
terminé eyaculando
mientras gemía,
por la mejor mamada de mi vida.
Así me quedé tendido,
relajado,
hasta que, de pronto,
aquella se convirtió en aquel
y con una voz varonil me dijo:
Ahora me toca a mí.
Y quitándose la lencería
me enseñó un tremendísimo cipote,
que pese a mi ceguera
pude ver claramente,
era la polla más grande
que había visto en mi vida,
debería de medir más de dos palmos,
totalmente empalmada,
palpitando por la sangre que hinchaba
tal enorme aparato.
Lo que provocó que un grito desde mis adentros
exclamara, con el sentimiento de ofensa
más grande que he experimentado jamás:
¡¿Pero qué mierda es esta?!
¡¿Pero tú qué te has creído?!
¡Serás hijo de puta!
Tal jaleo monté que vino el libanés
al que le dije a gritos:
¡¿Pero usted ha visto la tremenda polla que tiene?!
¡Esto es indignante!
¡No vuelvo más por éste local!
¡Hágame el favor de pedirme un taxi inmediatamente!
Y así salí de aquel sitio, para nunca volver.
Desde entonces
sigo celebrando que me abandonó
y frecuentando “La puerta verde”,
con más ánimo que fortuna,
a veces,
busco entre las morenas que veo
a la cabrona aquella
de pezones grandes,
para acabar ligando con alguna loca borracha.
Y las veces que no ligo,
que son la mayoría,
he tomado la costumbre
de irme de putas
pero ahora procuro
constatar
que no tengan polla,
y si la tienen,
al menos
que no sea más grande que la mía.
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