Aludo la verdad de aquella noche única:
supimos nuestros ojos, logramos nuestros labios,
compramos las estrellas para los seducidos
y apagamos la pena que consume la risa.
Dispusiste las sábanas para firmar el pacto
entre dos gobernantes, dueños de sus comarcas;
y yo, pobre viajero, proporcioné mi agobio
para fortalecerme con nervios de tu pecho.
En la cama fijamos nuestras palabras dichas,
cumplimos lo que en versos se había moderado.
Encendiste la fuente, me acerqué cual sediento.
Como quien reconoce la fruta categórica,
pude estar al corriente de esa parte del cuerpo
—Que intrigaba en mi mente— por largo tiempo anónimo.
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