Évano
Libre, sin dioses.
A pesar de que transcurría mediados de julio, era la primera tarde de calor en mucho tiempo. Había salido de buena mañana con una bota de vino, tres bocadillos de jamón, agua, un trozo de queso y pan. Quizás hubiera recorrido veinte kilómetros de laderas, valles y cimas inhóspitas. Apenas había visto, desde lejos, un par de aldeas escondidas y deshabitadas. Los motivos: intentar escapar de este mundo, de un pueblo sin vida, de una televisión mentirosa, de unos periódicos farsantes, de la hipocresía; o dejar atrás un corazón sin amor.
Me había parado en lo alto de una montaña a comer y descansar un poco. Al acabar, me lié un cigarrillo y caminé hasta ver el lado norte. Desde allí se divisaba un valle angosto, un río estrecho de aguas cristalinas y una diminuta aldea con siete u ocho caserones de piedra con tejados de pizarra. Atónito, observé durante largo rato unos grandes bultos de colores, tan grandes como álamos.
Era cierto: mantas inmensas tejidas de gruesas lanas con colores rojos, azules, amarillos, naranjas, rosas... tapaban por completo a cerezos, manzanos, castaños, perales y otras clases de árboles.
No parecía que nadie habitara la aldea hasta que un anciano vino a mi lado y me dio las buenas tardes.
—¡Se han tomado ustedes un trabajo enorme para cubrir los árboles —exclamé.
—No deben sentir el calor —contestó el bajo anciano, quitándose la boina y rascándose la calva.
—¿Y eso por qué? —pregunté.
—Estos arden. Son de frío. Extraterrestres. —La respuesta, su delgada figura, los ojos saltones y grisáceos, las cuencas violáceas, la chaqueta y pantalones de pana y botas de invierno hasta las rodillas, el temblor de su cuerpo, todo ello me asustó y di por segura la procedencia.
—Vienen de un planeta gélido, supongo —dije. Quería que el viejo me contara más de tal chifladura.
—Listo, es usted muy listo —dijo.
—¿Cómo se llama el planeta del que vienen, se puede saber? —dije.
—Se puede, se puede saber. Está usted en él. Tierra, se llama Tierra —respondió con su rostro en mi cara, echándome un aliento cálido y fresco y raro.
—Pues... En mi pueblo no se tapan con mantas los árboles, y menos en julio —dije.
—¿Su pueblo? ¿Cuál es su pueblo? —dijo.
—Está a veinte kilómetros de aquí. Inicio. Se llama Inicio —dije con el mismo habla de ese extraño anciano. Se me había pegado —¿Me da una manta? Tengo un cerezo en el patio.
—Hágase usted una —dijo.
—No tengo tanta lana —dije.
—Ese no es mi problema —dijo.
—Ahora, sí, porque pienso robarle una —dije.
—No podrá llevarla, pesan demasiado. Además, las mojaré para que aún pesen más —dijo.
—Es usted un poco cabroncete —dije—. Usted tiene muchas. ¿Cuántas? —dije.
—Más de mil. Todos los árboles que están dentro de la aldea, tienen su manta por el día —dijo.
—¿Y si un día no las cubren? —dije.
—Arden —dijo.
—¿Y si se les olvida destaparlos por la noche, qué ocurriría? —dije.
—No dan fruto —dijo.
—Está como una puta cabra —dije.
—Entre dentro de ese manzano y coja una fruta —dijo.
Así lo hice. Levanté la manta de colores que arrastraba la tierra y entré y salí con una manzana para ir a morderla delante de la dentadura del viejo chiflado. Tembloroso y sudoroso, me vi de frente, ante una pequeña cabeza humana que se quería escapar de la manzana, pero la piel de la fruta no la dejaba y le deformaba el rostro, dibujando en él el terror y el pánico.
Arrojé la manzana lo más lejos posible, oyéndose al instante el chapoteo de un objeto al penetrar violentamente en el agua. Había ido a parar al río y desde allí los aullidos de auxilio pavorosos me llegaban.
—¿Quién era ese? —dije.
—Uno de los suyos —dijo.
—Me voy de esta puta mierda de aldea —dije.
—Vale —dijo.
Y me fui.
Por la noche, mientras dormía profundamente, notaba cómo mi espíritu era arrastrado hacia esa maldita aldea que había visitado aquel mismo día. Y al levantarme sentía cómo germinaba dentro de una cárcel extremadamente calurosa ese espíritu mío. Cómo se conformaba en materia y se achicharraba bajo la manta de lana por el día y lloraba a las estrellas y a la oscuridad por las noches.
Desde entonces, camino como cualquier animal, sin alma ni espíritu, ni leches de esas; sin dioses. Pero ya he ido varias veces más hasta esa maldita aldea a esconderme con una escopeta. Pero no me atrevo porque... ¿qué será de tantas almas? ¿Quién las tapará por el día? ¿Quién las destapará por las noches? ¿Quién era ese viejo? ¿Un diablo? ¿Un ángel?
He visto que, de vez en cuando, el viejo chiflado, durante la noche recoge cestas de frutas y las lleva hasta su caserón de piedra y pizarra. Desde allí oigo alaridos terribles, bocados y un masticar de chirridos que repugna. Luego unas sombras gigantes salen violentas de la gran casa de piedra del viejo y vuelan como rayos negros al firmamento de la oscuridad de la noche.
Otras veces, el anciano tembloroso recoge cestas por el día y se las da de comer a algo que relincha, muge, cacarea, bala y "cerdea" dentro de su cuadra y en los campos posteriores a ella.
No he logrado encontrar el fruto donde se halla mi espíritu. Para eso cargo con la escopeta, para romper el círculo, para aniquilar a mi alma, para ser vacío, nada; para no ser, nunca más.
Muchas gracias por leer.
Me había parado en lo alto de una montaña a comer y descansar un poco. Al acabar, me lié un cigarrillo y caminé hasta ver el lado norte. Desde allí se divisaba un valle angosto, un río estrecho de aguas cristalinas y una diminuta aldea con siete u ocho caserones de piedra con tejados de pizarra. Atónito, observé durante largo rato unos grandes bultos de colores, tan grandes como álamos.
Era cierto: mantas inmensas tejidas de gruesas lanas con colores rojos, azules, amarillos, naranjas, rosas... tapaban por completo a cerezos, manzanos, castaños, perales y otras clases de árboles.
No parecía que nadie habitara la aldea hasta que un anciano vino a mi lado y me dio las buenas tardes.
—¡Se han tomado ustedes un trabajo enorme para cubrir los árboles —exclamé.
—No deben sentir el calor —contestó el bajo anciano, quitándose la boina y rascándose la calva.
—¿Y eso por qué? —pregunté.
—Estos arden. Son de frío. Extraterrestres. —La respuesta, su delgada figura, los ojos saltones y grisáceos, las cuencas violáceas, la chaqueta y pantalones de pana y botas de invierno hasta las rodillas, el temblor de su cuerpo, todo ello me asustó y di por segura la procedencia.
—Vienen de un planeta gélido, supongo —dije. Quería que el viejo me contara más de tal chifladura.
—Listo, es usted muy listo —dijo.
—¿Cómo se llama el planeta del que vienen, se puede saber? —dije.
—Se puede, se puede saber. Está usted en él. Tierra, se llama Tierra —respondió con su rostro en mi cara, echándome un aliento cálido y fresco y raro.
—Pues... En mi pueblo no se tapan con mantas los árboles, y menos en julio —dije.
—¿Su pueblo? ¿Cuál es su pueblo? —dijo.
—Está a veinte kilómetros de aquí. Inicio. Se llama Inicio —dije con el mismo habla de ese extraño anciano. Se me había pegado —¿Me da una manta? Tengo un cerezo en el patio.
—Hágase usted una —dijo.
—No tengo tanta lana —dije.
—Ese no es mi problema —dijo.
—Ahora, sí, porque pienso robarle una —dije.
—No podrá llevarla, pesan demasiado. Además, las mojaré para que aún pesen más —dijo.
—Es usted un poco cabroncete —dije—. Usted tiene muchas. ¿Cuántas? —dije.
—Más de mil. Todos los árboles que están dentro de la aldea, tienen su manta por el día —dijo.
—¿Y si un día no las cubren? —dije.
—Arden —dijo.
—¿Y si se les olvida destaparlos por la noche, qué ocurriría? —dije.
—No dan fruto —dijo.
—Está como una puta cabra —dije.
—Entre dentro de ese manzano y coja una fruta —dijo.
Así lo hice. Levanté la manta de colores que arrastraba la tierra y entré y salí con una manzana para ir a morderla delante de la dentadura del viejo chiflado. Tembloroso y sudoroso, me vi de frente, ante una pequeña cabeza humana que se quería escapar de la manzana, pero la piel de la fruta no la dejaba y le deformaba el rostro, dibujando en él el terror y el pánico.
Arrojé la manzana lo más lejos posible, oyéndose al instante el chapoteo de un objeto al penetrar violentamente en el agua. Había ido a parar al río y desde allí los aullidos de auxilio pavorosos me llegaban.
—¿Quién era ese? —dije.
—Uno de los suyos —dijo.
—Me voy de esta puta mierda de aldea —dije.
—Vale —dijo.
Y me fui.
Por la noche, mientras dormía profundamente, notaba cómo mi espíritu era arrastrado hacia esa maldita aldea que había visitado aquel mismo día. Y al levantarme sentía cómo germinaba dentro de una cárcel extremadamente calurosa ese espíritu mío. Cómo se conformaba en materia y se achicharraba bajo la manta de lana por el día y lloraba a las estrellas y a la oscuridad por las noches.
Desde entonces, camino como cualquier animal, sin alma ni espíritu, ni leches de esas; sin dioses. Pero ya he ido varias veces más hasta esa maldita aldea a esconderme con una escopeta. Pero no me atrevo porque... ¿qué será de tantas almas? ¿Quién las tapará por el día? ¿Quién las destapará por las noches? ¿Quién era ese viejo? ¿Un diablo? ¿Un ángel?
He visto que, de vez en cuando, el viejo chiflado, durante la noche recoge cestas de frutas y las lleva hasta su caserón de piedra y pizarra. Desde allí oigo alaridos terribles, bocados y un masticar de chirridos que repugna. Luego unas sombras gigantes salen violentas de la gran casa de piedra del viejo y vuelan como rayos negros al firmamento de la oscuridad de la noche.
Otras veces, el anciano tembloroso recoge cestas por el día y se las da de comer a algo que relincha, muge, cacarea, bala y "cerdea" dentro de su cuadra y en los campos posteriores a ella.
No he logrado encontrar el fruto donde se halla mi espíritu. Para eso cargo con la escopeta, para romper el círculo, para aniquilar a mi alma, para ser vacío, nada; para no ser, nunca más.
Muchas gracias por leer.
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