danie
solo un pensamiento...
Una tarde de abril vi, tras el cristal, a las mujeres con cara de niña, a los ojos pueriles e infantes con la inocencia perdida, a los cabellos desarreglados por los roces de un psicoanálisis sombrío, a las mentes obtusas y doblegadas por los fármacos matutinos, a las colillas olvidadas chamuscando los bordes de una pared ―¡Ay, lo qué darían, ellas, por un maldito cigarrillo!―
Esa tarde fui a visitar al rostro de la esquizofrenia y a sus manos entumecidas (atadas a una cama relegada y vacía). Vi dentro de sus pupilas a la noche y sus sombras, el dolor de las jeringas, el sudor del suero rancio y podrido, el vomito noctívago de las neuronas con sabor a risperidona y sertralina.
Vi también habitaciones baldías por el paso de las mentes sanas y su apatía.
―¿Son mentes sanas? En verdad no lo sé. Son mentes sanas decretadas por... ¿quién?, ¿por qué Dios de este mundo?; un mundo en donde la locura golpea las puertas todos los días. Es una pregunta que la misma razón no da respuesta y omite siempre con su dejadez y desidia―.
De vez en cuando escuchaba algunas voces retraídas, y entre tanta algarabía de ecos suspendidos y acorralados entre la huerfanidad del tiempo, siempre había una voz a la cual yo jamás podía hacer oídos sordos, una voz tenue y apagada, como la de un infante con llanto interior pidiéndome con su taciturnidad que lo saque de ahí. Una voz que muchos no oyen o se olvidan de oírla por la rutina de la vertiginosa vida, pero yo, ese día, la oía muy nítida, tanto así que me hacía perder en sus lamentos lacerantes, en su sangre convulsionada y escaldada y hasta en mi propio linaje.
También sentía a las almas vagantes respirando sobre mi nuca con sus rotulados de abstracciones y enajenamientos. Alguna que otra diseminada partícula de risa se escapaba de los muros huecos, algún carcajeo que se tornaba extraviado y tétrico, que no expresaba ni alegría ni melancolía, que sólo enunciaba la inequidad de la misma demencia.
Me concentré en ver el rostro de mi niña, de esa mujer que me parió un día y desde algún tiempo, desde algún olvidado recoveco de mi memoria (que no quiso asimilar la crueldad de los hechos), se volvió una pálida expresión vegetativa.
Un claro de luz alumbraba su rostro dándole un poco de belleza, intentando que vuelva el sonrojo a sus mejillas, secando las lágrimas de sus ojos idos y perplejos, floreciendo a las flores lilas, pretendiendo, en vano, salvarla de ese encierro y sus vigías muertitas y muertitos carceleros de la mente y su delirio.
―¡Es qué no saben ellos que es inocente! Ella no tiene la culpa del juicio que le han hecho a su mente, de la flagelación de su cuerpo, de la ausencia y el exilio, de los cientos de experimentos que amotinan a su sangre y secan su cerebro―.
Una cosa es verlo y otra, muy distinta, es sentirlo en carne propia, eso lo tengo bien claro, y por eso, hoy, grito ante el cristal para que mi aliento rompa los vidrios, golpeo con mis puños el vidrio intangible que enclaustra a su cuerpo para que así pueda liberar a esa madre que una vez tuve y hoy he perdido. Pero el cansancio abate mis huesos y me trae una agobiante afonía, una mudez sórdida que hace la impotencia de mis actitudes y sentidos, mis manos se amputan ante el impasible frío, mis rodillas se doblegan y se postran ante el dictamen de psiquiatras y burócratas de la razón de un mello que fecunda técnicas experimentales y abrasivas.
Hoy veo, desde mi habitación en el Borda, a esa mujer lejana que me dio la vida, también veo a esa niña golpeando los muros del retiro, de la psiquis evacuada en un lagrimeo sin imploración por parte de esa sociedad solitaria e insulsa.
Es que veo y siento en carne propia a la oscuridad y su desvarío, sin credo ni cruz que salve a la facultad y su yerra potestad de conocimiento cabal. Así veo y siento a la herencia del mandato de una esquizofrenia con complejo bipolar, que me permite ver en mi espejo a esa niña, a esa mujer que una vez me dio la vida, y no me permite alcanzar, nunca, sus tiernos brazos de caridad.
Esa tarde fui a visitar al rostro de la esquizofrenia y a sus manos entumecidas (atadas a una cama relegada y vacía). Vi dentro de sus pupilas a la noche y sus sombras, el dolor de las jeringas, el sudor del suero rancio y podrido, el vomito noctívago de las neuronas con sabor a risperidona y sertralina.
Vi también habitaciones baldías por el paso de las mentes sanas y su apatía.
―¿Son mentes sanas? En verdad no lo sé. Son mentes sanas decretadas por... ¿quién?, ¿por qué Dios de este mundo?; un mundo en donde la locura golpea las puertas todos los días. Es una pregunta que la misma razón no da respuesta y omite siempre con su dejadez y desidia―.
De vez en cuando escuchaba algunas voces retraídas, y entre tanta algarabía de ecos suspendidos y acorralados entre la huerfanidad del tiempo, siempre había una voz a la cual yo jamás podía hacer oídos sordos, una voz tenue y apagada, como la de un infante con llanto interior pidiéndome con su taciturnidad que lo saque de ahí. Una voz que muchos no oyen o se olvidan de oírla por la rutina de la vertiginosa vida, pero yo, ese día, la oía muy nítida, tanto así que me hacía perder en sus lamentos lacerantes, en su sangre convulsionada y escaldada y hasta en mi propio linaje.
También sentía a las almas vagantes respirando sobre mi nuca con sus rotulados de abstracciones y enajenamientos. Alguna que otra diseminada partícula de risa se escapaba de los muros huecos, algún carcajeo que se tornaba extraviado y tétrico, que no expresaba ni alegría ni melancolía, que sólo enunciaba la inequidad de la misma demencia.
Me concentré en ver el rostro de mi niña, de esa mujer que me parió un día y desde algún tiempo, desde algún olvidado recoveco de mi memoria (que no quiso asimilar la crueldad de los hechos), se volvió una pálida expresión vegetativa.
Un claro de luz alumbraba su rostro dándole un poco de belleza, intentando que vuelva el sonrojo a sus mejillas, secando las lágrimas de sus ojos idos y perplejos, floreciendo a las flores lilas, pretendiendo, en vano, salvarla de ese encierro y sus vigías muertitas y muertitos carceleros de la mente y su delirio.
―¡Es qué no saben ellos que es inocente! Ella no tiene la culpa del juicio que le han hecho a su mente, de la flagelación de su cuerpo, de la ausencia y el exilio, de los cientos de experimentos que amotinan a su sangre y secan su cerebro―.
Una cosa es verlo y otra, muy distinta, es sentirlo en carne propia, eso lo tengo bien claro, y por eso, hoy, grito ante el cristal para que mi aliento rompa los vidrios, golpeo con mis puños el vidrio intangible que enclaustra a su cuerpo para que así pueda liberar a esa madre que una vez tuve y hoy he perdido. Pero el cansancio abate mis huesos y me trae una agobiante afonía, una mudez sórdida que hace la impotencia de mis actitudes y sentidos, mis manos se amputan ante el impasible frío, mis rodillas se doblegan y se postran ante el dictamen de psiquiatras y burócratas de la razón de un mello que fecunda técnicas experimentales y abrasivas.
Hoy veo, desde mi habitación en el Borda, a esa mujer lejana que me dio la vida, también veo a esa niña golpeando los muros del retiro, de la psiquis evacuada en un lagrimeo sin imploración por parte de esa sociedad solitaria e insulsa.
Es que veo y siento en carne propia a la oscuridad y su desvarío, sin credo ni cruz que salve a la facultad y su yerra potestad de conocimiento cabal. Así veo y siento a la herencia del mandato de una esquizofrenia con complejo bipolar, que me permite ver en mi espejo a esa niña, a esa mujer que una vez me dio la vida, y no me permite alcanzar, nunca, sus tiernos brazos de caridad.
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