hugoescritor
Poeta que considera el portal su segunda casa
DECISIÓN
Cuando el muchacho apoyó el pocillo del café sobre el platito, se escuchó un repiqueteo como de castañuelas.
Miró asombrado su mano y se le antojó ajena. El miembro temblaba como si quisiera desprenderse y salir huyendo.
A pesar de todo, se decidió.
_ ¡Má, sí ! se dijo a si mismo- ¡Yo lo hago y que sea lo que Dios quiera !
Con la mano rebelde en el bolsillo y pasos pretendidamente decididos, se dirigió al negocio de Compra Venta que estaba al otro lado de la calle, al que había estado relojeando por largo rato.
La pistola Ballester Molina pesaba una tonelada en su cintura y tiraba hacia abajo como si quisiese anclarlo en ese lugar, para que no cometiera la macana que estaba por hacer. Había sido de su viejo, de cuando estaba en la Federal.
Seguramente el pobre nunca imaginó que la iba a usar para esto pensó amargado.
Entró al local y encaró a un empleado que, con aire de aburrido, acomodaba algunas cosas en los estantes.
Trató de poner cara de malo y le mostró el arma sin hablar. Tenía un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
El dependiente, un hombre de edad que seguramente ya había tenido varias experiencias como la presente, lo miró a los ojos un momento. Luego habló.
_ ¡Que bueno! dijo alegremente- ¡Me han encargado una de ésas ! Si la vende, puedo pagársela muy bien.
El joven solo atinó a suspirar.
¡Mejor así, viejo mejor así! agradeció mentalmente y se la entregó.
FIN
Cuando el muchacho apoyó el pocillo del café sobre el platito, se escuchó un repiqueteo como de castañuelas.
Miró asombrado su mano y se le antojó ajena. El miembro temblaba como si quisiera desprenderse y salir huyendo.
A pesar de todo, se decidió.
_ ¡Má, sí ! se dijo a si mismo- ¡Yo lo hago y que sea lo que Dios quiera !
Con la mano rebelde en el bolsillo y pasos pretendidamente decididos, se dirigió al negocio de Compra Venta que estaba al otro lado de la calle, al que había estado relojeando por largo rato.
La pistola Ballester Molina pesaba una tonelada en su cintura y tiraba hacia abajo como si quisiese anclarlo en ese lugar, para que no cometiera la macana que estaba por hacer. Había sido de su viejo, de cuando estaba en la Federal.
Seguramente el pobre nunca imaginó que la iba a usar para esto pensó amargado.
Entró al local y encaró a un empleado que, con aire de aburrido, acomodaba algunas cosas en los estantes.
Trató de poner cara de malo y le mostró el arma sin hablar. Tenía un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
El dependiente, un hombre de edad que seguramente ya había tenido varias experiencias como la presente, lo miró a los ojos un momento. Luego habló.
_ ¡Que bueno! dijo alegremente- ¡Me han encargado una de ésas ! Si la vende, puedo pagársela muy bien.
El joven solo atinó a suspirar.
¡Mejor así, viejo mejor así! agradeció mentalmente y se la entregó.
FIN