anaximandro
Poeta recién llegado
Se lanzó el animal a remover escoria,
a cortar con su espada la endeble mansedumbre,
pensando sólo en sí,
en sus insanos desaseos,
en la armonía y el coro de su orquestada causa.
No, nunca habló en la lengua común de sus margaritas.
No, nunca aspiró el salado aliento de su desnudez cansada,
de las jornadas en que la memoria y sus hábitos
eran descanso de la soledad y el abandono.
Con lapidaria ironía y desvelada culpa,
pensando sólo en sí,
susurró su palabra en su lengua confusa e inconstante,
llenando el vacío de la desesperanza
con la desesperanza del vacío.
Clavo y martillo en cada llaga para sellar el llanto,
para crucificar el laberinto del dolor
y escapar de la furia que le come por dentro.
Le despertó en su antiguo cansancio,
en su tranquila y conformada estancia de razonadas causas,
con la imperiosa desazón de su mensaje.
Contento y humilde se acercó a escucharle.
Paso a paso le fue revelada la insensible reiteración de los reclamos,
sarcasmo e ironía como bandera.
La misma historia,
el mismo cuento tantas veces oído como una retahíla para negar el paso,
para justificar enconos,
para rendir la plaza al desencanto
y arriar la bandera del acuerdo.
Al final sólo quedó espacio para el encubrimiento,
para la misma y eterna costumbre de la negación.
a cortar con su espada la endeble mansedumbre,
pensando sólo en sí,
en sus insanos desaseos,
en la armonía y el coro de su orquestada causa.
No, nunca habló en la lengua común de sus margaritas.
No, nunca aspiró el salado aliento de su desnudez cansada,
de las jornadas en que la memoria y sus hábitos
eran descanso de la soledad y el abandono.
Con lapidaria ironía y desvelada culpa,
pensando sólo en sí,
susurró su palabra en su lengua confusa e inconstante,
llenando el vacío de la desesperanza
con la desesperanza del vacío.
Clavo y martillo en cada llaga para sellar el llanto,
para crucificar el laberinto del dolor
y escapar de la furia que le come por dentro.
Le despertó en su antiguo cansancio,
en su tranquila y conformada estancia de razonadas causas,
con la imperiosa desazón de su mensaje.
Contento y humilde se acercó a escucharle.
Paso a paso le fue revelada la insensible reiteración de los reclamos,
sarcasmo e ironía como bandera.
La misma historia,
el mismo cuento tantas veces oído como una retahíla para negar el paso,
para justificar enconos,
para rendir la plaza al desencanto
y arriar la bandera del acuerdo.
Al final sólo quedó espacio para el encubrimiento,
para la misma y eterna costumbre de la negación.