Roman Vieira
El cuervo rojo que te observa en silencio.
La media noche encendida.
A la media noche tus ojos se encienden,
despacio, muy despacio como dos farolas,
rosas insomnes abriéndose a la vida,
y despacio, muy despacio… intento sujetarte.
Tu piel de alabastro fino me recibe,
caliente al tacto de mis manos frías,
titilante como una vela a punto de apagarse,
hermosa y frágil, perfecta como la noche misma.
Los instantes se suceden entonces,
uno a uno sin decir palabras,
aves silentes que al viento vuelan,
compañeras en la media noche de tus ojos.
Y te beso.
Te beso intensamente en un segundo…
Y tu cuerpo se me antoja un ave de cenizas,.
Adormecida entre las sabanas que cubren,
agotada pero hermosa,
moribunda ante los ojos que te esperan.
Y te enciendes despacio como la noche,
como esos ojos de botón de rosa,
como las farolas en la calle,
silentes todas, pero vivas.
Tu cuerpo ardiente y exquisito,
mi pecho vivo cual tambor de guerra,
el mundo agitándose despacio entre mis brazos,
entre mis palmas y mis dedos,
entre mis labios.
Y me gusta la media noche que se enciende,
la mujer que me ilumina,
el estado insomne de las cosas,
las aves adormecidas que se suceden a lo lejos…
En algún lugar entre nosotros,
entre estas cuatro paredes que nos miran…
en esta media noche que se enciende.
-La media noche encendida-
A la media noche tus ojos se encienden,
despacio, muy despacio como dos farolas,
rosas insomnes abriéndose a la vida,
y despacio, muy despacio… intento sujetarte.
Tu piel de alabastro fino me recibe,
caliente al tacto de mis manos frías,
titilante como una vela a punto de apagarse,
hermosa y frágil, perfecta como la noche misma.
Los instantes se suceden entonces,
uno a uno sin decir palabras,
aves silentes que al viento vuelan,
compañeras en la media noche de tus ojos.
Y te beso.
Te beso intensamente en un segundo…
Y tu cuerpo se me antoja un ave de cenizas,.
Adormecida entre las sabanas que cubren,
agotada pero hermosa,
moribunda ante los ojos que te esperan.
Y te enciendes despacio como la noche,
como esos ojos de botón de rosa,
como las farolas en la calle,
silentes todas, pero vivas.
Tu cuerpo ardiente y exquisito,
mi pecho vivo cual tambor de guerra,
el mundo agitándose despacio entre mis brazos,
entre mis palmas y mis dedos,
entre mis labios.
Y me gusta la media noche que se enciende,
la mujer que me ilumina,
el estado insomne de las cosas,
las aves adormecidas que se suceden a lo lejos…
En algún lugar entre nosotros,
entre estas cuatro paredes que nos miran…
en esta media noche que se enciende.
-La media noche encendida-
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