ivoralgor
Poeta fiel al portal
En los ojos de Sandro se revolvía el temor a morir. El sudor hacía surcos en su rostro, la acidez le quemaba el cuello y los ojos le lagrimaban. Quiso reclamar a un Dios, pero apretó los labios antes de poner un cartucho nuevo a su Magnum semi-automática. Julia se desangraba a su lado. Gimió de dolor. Mátame, por favor, dijo sin aliento, casi imperceptible. Se oyó un disparo y Sandro sintió que le jalaban la mezclilla. Se acordó que tenía a Julia desangrándose a un lado. Deseaba recordarla en aquella playa de Chelem, tendida en la arena, riendo. No sabía con qué imagen quedarse: sus labios carnosos, sus caderas angostas, los ojos miel o con la amplitud del último orgasmos que él le produjo la noche anterior. Disparó dándole a un hombre corpulento, que cayó de bruces. Julia dejó de moverse, pero aún tenía los ojos abiertos, llenos de ansiedad y miedo. Se limpió la frente con el dorso de la mano. El maldito juego, se recriminó. Le debía una fuerte suma de dinero a un usurero de Monterrey. Quizá pensó que jamás lo encontrarían en el sureste del país. Dicen que el sureste nunca pasa nada, recordaba que alguien le dijo. Julia quería empezar una nueva vida sin violencia, sin drogas, sin apuestas, ni mentiras. Larguémonos de aquí, le dijo a Sandro una noche cuando perdió más de medio millón en los dados. Antes de subir a su auto le soltó, sin más, que ya no aguataba esa vida de mierda. Debo mucho dinero, Julia, le dijo visiblemente consternado. Vamos a Yucatán, sugirió Julia entusiasmada. Déjame arreglar unas cosas antes y nos largamos a Yucatán.
Dos días después, Sandro consiguió los boletos de avión para Yucatán con transbordo en la Ciudad de México. Estaba acostumbrado a dormir poco, pero esa noche no pudo pegar los ojos. Llegaron al aeropuerto de Mérida por la noche. Se subieron a un taxi. Llevamos a un hotel del Paseo de Montejo, le dijo al taxista. Luego rentamos una casa, pensó. El Hyatt están bien, señor, preguntó el taxista. Sí, está bien, se apresuro a decir Julia. Ella tenía planeado pasear y conocer todo lo bonito de Yucatán. Ir a la playa sería una de las primeras cosas por hacer en la mañana. El dinero que traían consigo les daba para vivir, en opulencia, por más de tres meses, tiempo suficiente para encontrar algún trabajo o ver en que ocuparse. Julia era masajista y Sandro Ingeniero Industrial. Algo podremos encontrar, se dijeron mutuamente para convencerse de que la vida les cambiaría.
El olor a pólvora se impregnaba en sus manos en cada disparo. El cuerpo de Julia cayó inerte. Sintió que ya nada valía la pena. Se inclinó y le cerró los ojos. Apretó los dientes e intentó rezar. Recordó el rechinar de unas llantas frente a la casa que rentaron en la colonia Francisco de Montejo. Cuatro tipos se bajaron del carro. Reconoció a uno de ellos: La bruja, mano derecha del usurero. Empezaron a disparar cuando vieron una sombra que se alejaba de la ventana: era Julia. Suspiró hondo, las lágrimas salían a mares, un grito, de dolor y arrepentimiento, se esparcía por la casa. Sandro sintió que se ralentizaban sus movimientos. Intentó maldecir a un Dios, pero prefirió imaginar la desnudez de Julia.
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Dos días después, Sandro consiguió los boletos de avión para Yucatán con transbordo en la Ciudad de México. Estaba acostumbrado a dormir poco, pero esa noche no pudo pegar los ojos. Llegaron al aeropuerto de Mérida por la noche. Se subieron a un taxi. Llevamos a un hotel del Paseo de Montejo, le dijo al taxista. Luego rentamos una casa, pensó. El Hyatt están bien, señor, preguntó el taxista. Sí, está bien, se apresuro a decir Julia. Ella tenía planeado pasear y conocer todo lo bonito de Yucatán. Ir a la playa sería una de las primeras cosas por hacer en la mañana. El dinero que traían consigo les daba para vivir, en opulencia, por más de tres meses, tiempo suficiente para encontrar algún trabajo o ver en que ocuparse. Julia era masajista y Sandro Ingeniero Industrial. Algo podremos encontrar, se dijeron mutuamente para convencerse de que la vida les cambiaría.
El olor a pólvora se impregnaba en sus manos en cada disparo. El cuerpo de Julia cayó inerte. Sintió que ya nada valía la pena. Se inclinó y le cerró los ojos. Apretó los dientes e intentó rezar. Recordó el rechinar de unas llantas frente a la casa que rentaron en la colonia Francisco de Montejo. Cuatro tipos se bajaron del carro. Reconoció a uno de ellos: La bruja, mano derecha del usurero. Empezaron a disparar cuando vieron una sombra que se alejaba de la ventana: era Julia. Suspiró hondo, las lágrimas salían a mares, un grito, de dolor y arrepentimiento, se esparcía por la casa. Sandro sintió que se ralentizaban sus movimientos. Intentó maldecir a un Dios, pero prefirió imaginar la desnudez de Julia.
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