ivoralgor
Poeta fiel al portal
Siempre tuve la impresión de que a ella le faltaba algo para ser feliz. Quizá la veía con ojos de enamorado o quizá quería justificar el amor que sentía por ella. Jamás tuve el valor para decirle lo que sentía y los años pasaron para recordarla los días en que el frío del cuerpo necesita el calor de una caricia. Tenía los sueños más extraños: el sudor de su cuerpo evaporándose en mis besos, su voz desnudándome a susurros, los ojos anegados de tristeza, la auto-justificación de un amor clandestino, sus manos temblorosas en mi sexo. Quería ver flirteos donde no los había, insinuaciones en terrenos fangosos de deseo carnal, una pizca de amor en sus ojos o la estúpida sensación de pertenencia.
Una noche la vi saliendo de la oficina y la abordé. Dónde vas, pregunté tímidamente. Me siento cansada e iba a ir a una reunión, pero ya no voy, respondió liberándose de pesadumbre. Sus tacones altos repicaban en el piso de concreto, su perfume se diluía con sudor y brisa salina. Sus cabellos largos estaban alaciados ese día. Llegamos al estacionamiento y la acompañé a su carro. Abrió la cajuela y se inclinó para meter sus cosas. La tomé por el talle. Se incorporó con los ojos desorbitados. ¡Imbécil!, dijo furiosa y me dio una bofetada. ¡Aléjate de mí idiota! Se subió a su carro y se fue. El vigilante nos vio a la distancia y se abstuvo de intervenir. Lo vi reírse por la bofetada que recibí.
Suspiré con pesadumbre. Era mi último día en la oficina, me habían despedido por un recorte de gastos de la empresa. Quería un pequeño soplo del sueño, hacerlo realidad un instante. El panorama era complicado: deudas millonarias, esposa castrante, hijos traviesos y sin empleo. Encendí mi carro y salí del estacionamiento rápidamente. Tenía que hacer realidad el soplo del sueño. Irá a su casa, pensé. Pisé el acelerador y me dirigí a su casa. El aroma de su perfume me hacía temblar, estaba excitado. El corazón latía endemoniadamente. En el periférico el tránsito estaba a vuelta de rueda. Zigzagueaba a toda prisa. Los frenos fallaron y propicié una carambola con cuatro carros más. Mi carro dio un par de giros. El sueño se ha esfumado, pensé antes de desnucarme. El carro cayó en la hondonada, llantas arriba.
Una noche la vi saliendo de la oficina y la abordé. Dónde vas, pregunté tímidamente. Me siento cansada e iba a ir a una reunión, pero ya no voy, respondió liberándose de pesadumbre. Sus tacones altos repicaban en el piso de concreto, su perfume se diluía con sudor y brisa salina. Sus cabellos largos estaban alaciados ese día. Llegamos al estacionamiento y la acompañé a su carro. Abrió la cajuela y se inclinó para meter sus cosas. La tomé por el talle. Se incorporó con los ojos desorbitados. ¡Imbécil!, dijo furiosa y me dio una bofetada. ¡Aléjate de mí idiota! Se subió a su carro y se fue. El vigilante nos vio a la distancia y se abstuvo de intervenir. Lo vi reírse por la bofetada que recibí.
Suspiré con pesadumbre. Era mi último día en la oficina, me habían despedido por un recorte de gastos de la empresa. Quería un pequeño soplo del sueño, hacerlo realidad un instante. El panorama era complicado: deudas millonarias, esposa castrante, hijos traviesos y sin empleo. Encendí mi carro y salí del estacionamiento rápidamente. Tenía que hacer realidad el soplo del sueño. Irá a su casa, pensé. Pisé el acelerador y me dirigí a su casa. El aroma de su perfume me hacía temblar, estaba excitado. El corazón latía endemoniadamente. En el periférico el tránsito estaba a vuelta de rueda. Zigzagueaba a toda prisa. Los frenos fallaron y propicié una carambola con cuatro carros más. Mi carro dio un par de giros. El sueño se ha esfumado, pensé antes de desnucarme. El carro cayó en la hondonada, llantas arriba.