Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
Hoy, veintiocho de octubre, es un día gris desde las botas hasta la punta del pensamiento, lo mismo nos duele el alma que se nos cae la mirada. Al pie del castillete nuestras manos se mezclan y se agitan, forman un solo cuerpo quienes entran y salen, vivimos en la aleación perfecta del instante y miramos con recelo al calendario. Somos mineros.
Aquí, en este lugar, hace tiempo dejamos olvidadas las palabras y no hemos conseguido recuperarlas. Por eso, ahora, después de un año, no hablamos; solo miramos. Hemos aprendido a hablar con la mirada.
Aquí, junto a unos vagones olvidados, entre el ruido bronco de la jaula y el silencio de los montes, perseguimos vuestra ausencia. Lejos queda aquel octubre lleno miedos, la orfandad, el dolor amarillo, las lágrimas en negro; sin embargo, cuánto nos gustaría regresar a este castillete solitario para respirar el aire azul de antes de aquel día.
Y hemos vuelto con las luces a ras del cielo, al lugar de la cita: apenas ha cambiado; permanece igual, rindiendo cuentas a la historia, a vuestra memoria viva.
Nunca será soluble el recuerdo. Mucho mejor usarlo como símbolo, pues solo tenemos vuestro recuerdo mientras seguimos caminando amarrados al futuro, añorando el aroma de certeza, dejando destellar alguna vez promesas de vivir muriendo a veces. Viejo paradigma del minero, sortilegio de palabras que no nos hacen justicia. Lo vimos una vez en distintos ataúdes. En el dolor de preparar la despedida.
Contemplando hacia atrás en la jornada, os deseamos descanso eterno, gritando en un gemido oscuro como el tiempo que alguna vez fue vuestro ¡¡Nunca os olvidaremos!!
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