Anwar
Poeta recién llegado
Desde mi niñez me sentí diferente a los demás, tenía la certeza que mis ojos percibían de forma distinta. Me equivocaba constantemente con respecto al color y, decidí callar para no sentir la humillación de las voces de mis compañeros por las preguntas más simples que a una maestra se le podían ocurrir. El mundo se dividía en una gama de colores diferentes, o al menos eso me decían, lo cierto es que yo no veía el cielo azul como los demás.
Me asegure de que nadie más supiera que mis ojos eran diferentes; la diferencia siempre provoca miedo y por lo general es aislada o absorbida, en cualquier caso si me decidía por estas dos opciones sentiría que no era yo. Siempre me repetían que el sol era amarillo, que el mar y el cielo eran azules, que el semáforo tiene verde, rojo y amarillo, pero yo veía otra cosa… Mis ojos me decían que el sol era verde y que el cielo y el mar eran rojos, y el verde del semáforo, del follaje de los arboles en primavera eran amarillos. Esa era mi realidad.
Los años pasaron y mi silencio sobre mi mirada al mundo se volvió hermético, yo no sabía si lo que me decían los demás era verdad o simplemente me gastaban una broma constante; cuando el mundo se dedica a imponerte una serie de cosas como una ley o un absoluto aprendes a guardar tus percepciones, en especial cuando las normas y lo que tú ves no coinciden.
En el día solía usar lentes obscuros cerca de las áreas " verdes ", me lastimaba el constante color amarillo que sólo yo era capaz de ver, en realidad las evitaba en la medida de lo posible y prefería los lugares oscuros. La noche era mi momento favorito del día, solía pasear de manera constante en el parqué con poca iluminación cerca de mi departamento, a una hora donde el bullicio de la ciudad se apaga y da paso a la tranquilidad. En uno de esos paseos nocturnos en los que me sentía libre escuche la voz de alguien a mi lado:
— ¡Vaya! Pocas personas pasan por este parque. ¡Ups! Hola— me dijo mientras me daba vuelta para localizar el origen de aquellas palabras, no distinguía de forma clara el color de sus ojos, pero me era un color desconocido hasta el momento, esa era mi única seguridad.
— Hola— le dije y seguí mi camino. Me siguió como huyendo de la oscuridad.
— ¿Puedo caminar contigo hasta un área menos oscura y tenebrosa?
— No creo…— le conteste de forma simple— voy a un área mucho más sombría, no soy apegado especial de la luz, a veces pienso que veo mejor en la obscuridad.
— Ya veo. —Lo medito unos momentos y decidió seguir mis pasos. Llegue a mi lugar favorito donde veía con claridad las sombras, cerré los ojos e imagine los colores de las hojas mientras las acariciaba con las manos, verde, el color del sol es el color del follaje; después levante el rostro al cielo y trate de imaginar el azul, pero carecía de referentes… lo pensé y pensé, pero no tenía nada con lo cual pintar ese lienzo rojo, entonces me moví a donde daba la luz de una lámpara y pensé el color del follaje es el color del sol y de los girasoles y de la luz que poco ilumina el parque. Mi ritual fue interrumpido por la voz de mi acompañante.
— Disculpa, pero ¿Qué haces?
— Veo los colores como los demás, pero en mi cabeza—le dije sin abrir los parpados.
— Ya veo… ¿Cómo puedes hacerlo con los ojos cerrados?— entonces hice lo que no había hecho en los años que llevaba de vida, el silencio comenzaba a asfixiarme, la diferencia es una difícil carga cuando estás solo o al menos no hay quien entienda la forma en la que eres diferente.
— Imagino los colores… yo no veo el mundo de la misma forma que tú. El sol tiene el color del follaje, el mar y el cielo tienen el color de la sangre y el follaje tiene el color del sol. Así veo el mundo. — Inmediatamente después hizo una pregunta que me desconcertó sobre manera.
— ¿De qué color son mis ojos?— decidí que era hora de ver mi mundo de nuevo y mis parpados se alzaron para ver un par de ojos.
— Ambos son ¿violetas?—me sonrió con la ternura de un niño. — Perdón, creo que hay otro color que confundo…
— No, nada de eso. Efectivamente mis ojos son violetas, es una rareza genética y dicen que algún día dejaré de ver, me hundiré en una profunda obscuridad y mi color pasara a ser blanco.
— Creo que de ambas formas serán hermosos—torpe y mil veces torpe… No tiene nada de bueno ser ciego, aunque yo me asqueaba a veces de imaginar un mundo que sólo podían describirme y también del mundo que yo veía, podía ver aunque por momentos el conflicto era demasiado para sobre llevar.—Lo siento no fue mi intención. Tengo que volver.
— Gracias…— Me detuve en seco al escuchar su voz— Creo que tu mundo está lleno de dificultades, ¿me lo podrías describir mejor? ¿hay matices entre el rojo del mar y el cielo?— sonreí y me di la vuelta para tomar su mano.
— Mañana… la razón de que venga de noche puedes imaginarla. —le susurre.
— Los contrastes son mínimos ¿entonces? —Y volví a sonreír. Bese su mejilla y me retiré dejando la promesa de una cita.
Al día siguiente me encontraba con el corazón desbocado y sonreía a la diferencia que rodeaba mi mundo, prestaba atención a los matices que nunca había pensado hasta ayer en la noche. Me encaminé de forma rápida al parque, pero en el último semáforo cometí uno de esos errores que había evitado siempre… cruce la calle al final de una luz verde creyéndola amarilla. Un auto me estampo y mi mundo se volvió del todo negro, ya nunca más habría colores, ni dos mundos en los que tenía que encajar… Morí y la última cosa que vi de forma clara fueron esos ojos violeta volviéndose blancos con el tiempo ¿me habrá estado esperando para mostrarle mi mundo?
Me asegure de que nadie más supiera que mis ojos eran diferentes; la diferencia siempre provoca miedo y por lo general es aislada o absorbida, en cualquier caso si me decidía por estas dos opciones sentiría que no era yo. Siempre me repetían que el sol era amarillo, que el mar y el cielo eran azules, que el semáforo tiene verde, rojo y amarillo, pero yo veía otra cosa… Mis ojos me decían que el sol era verde y que el cielo y el mar eran rojos, y el verde del semáforo, del follaje de los arboles en primavera eran amarillos. Esa era mi realidad.
Los años pasaron y mi silencio sobre mi mirada al mundo se volvió hermético, yo no sabía si lo que me decían los demás era verdad o simplemente me gastaban una broma constante; cuando el mundo se dedica a imponerte una serie de cosas como una ley o un absoluto aprendes a guardar tus percepciones, en especial cuando las normas y lo que tú ves no coinciden.
En el día solía usar lentes obscuros cerca de las áreas " verdes ", me lastimaba el constante color amarillo que sólo yo era capaz de ver, en realidad las evitaba en la medida de lo posible y prefería los lugares oscuros. La noche era mi momento favorito del día, solía pasear de manera constante en el parqué con poca iluminación cerca de mi departamento, a una hora donde el bullicio de la ciudad se apaga y da paso a la tranquilidad. En uno de esos paseos nocturnos en los que me sentía libre escuche la voz de alguien a mi lado:
— ¡Vaya! Pocas personas pasan por este parque. ¡Ups! Hola— me dijo mientras me daba vuelta para localizar el origen de aquellas palabras, no distinguía de forma clara el color de sus ojos, pero me era un color desconocido hasta el momento, esa era mi única seguridad.
— Hola— le dije y seguí mi camino. Me siguió como huyendo de la oscuridad.
— ¿Puedo caminar contigo hasta un área menos oscura y tenebrosa?
— No creo…— le conteste de forma simple— voy a un área mucho más sombría, no soy apegado especial de la luz, a veces pienso que veo mejor en la obscuridad.
— Ya veo. —Lo medito unos momentos y decidió seguir mis pasos. Llegue a mi lugar favorito donde veía con claridad las sombras, cerré los ojos e imagine los colores de las hojas mientras las acariciaba con las manos, verde, el color del sol es el color del follaje; después levante el rostro al cielo y trate de imaginar el azul, pero carecía de referentes… lo pensé y pensé, pero no tenía nada con lo cual pintar ese lienzo rojo, entonces me moví a donde daba la luz de una lámpara y pensé el color del follaje es el color del sol y de los girasoles y de la luz que poco ilumina el parque. Mi ritual fue interrumpido por la voz de mi acompañante.
— Disculpa, pero ¿Qué haces?
— Veo los colores como los demás, pero en mi cabeza—le dije sin abrir los parpados.
— Ya veo… ¿Cómo puedes hacerlo con los ojos cerrados?— entonces hice lo que no había hecho en los años que llevaba de vida, el silencio comenzaba a asfixiarme, la diferencia es una difícil carga cuando estás solo o al menos no hay quien entienda la forma en la que eres diferente.
— Imagino los colores… yo no veo el mundo de la misma forma que tú. El sol tiene el color del follaje, el mar y el cielo tienen el color de la sangre y el follaje tiene el color del sol. Así veo el mundo. — Inmediatamente después hizo una pregunta que me desconcertó sobre manera.
— ¿De qué color son mis ojos?— decidí que era hora de ver mi mundo de nuevo y mis parpados se alzaron para ver un par de ojos.
— Ambos son ¿violetas?—me sonrió con la ternura de un niño. — Perdón, creo que hay otro color que confundo…
— No, nada de eso. Efectivamente mis ojos son violetas, es una rareza genética y dicen que algún día dejaré de ver, me hundiré en una profunda obscuridad y mi color pasara a ser blanco.
— Creo que de ambas formas serán hermosos—torpe y mil veces torpe… No tiene nada de bueno ser ciego, aunque yo me asqueaba a veces de imaginar un mundo que sólo podían describirme y también del mundo que yo veía, podía ver aunque por momentos el conflicto era demasiado para sobre llevar.—Lo siento no fue mi intención. Tengo que volver.
— Gracias…— Me detuve en seco al escuchar su voz— Creo que tu mundo está lleno de dificultades, ¿me lo podrías describir mejor? ¿hay matices entre el rojo del mar y el cielo?— sonreí y me di la vuelta para tomar su mano.
— Mañana… la razón de que venga de noche puedes imaginarla. —le susurre.
— Los contrastes son mínimos ¿entonces? —Y volví a sonreír. Bese su mejilla y me retiré dejando la promesa de una cita.
Al día siguiente me encontraba con el corazón desbocado y sonreía a la diferencia que rodeaba mi mundo, prestaba atención a los matices que nunca había pensado hasta ayer en la noche. Me encaminé de forma rápida al parque, pero en el último semáforo cometí uno de esos errores que había evitado siempre… cruce la calle al final de una luz verde creyéndola amarilla. Un auto me estampo y mi mundo se volvió del todo negro, ya nunca más habría colores, ni dos mundos en los que tenía que encajar… Morí y la última cosa que vi de forma clara fueron esos ojos violeta volviéndose blancos con el tiempo ¿me habrá estado esperando para mostrarle mi mundo?