Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
Cómo se vive con río en el alma cuando queda únicamente un rastro de añoranza de ese río silencioso, melancólico, solitario y olvidado, que lleva en su corriente, la corriente de mi vida. Hasta su orilla voy muchas veces, buscando mi propia compañía, cuando la soledad es tan fuerte que ni siquiera los recuerdos pueden sustraerme a su obsesión. Ya lo había hecho algunas veces antes, en aquel tiempo de mi infancia. Entonces, el río me prestaba su silencio y su poder de abstracción, la clandestinidad acogedora de aquellos paisajes que conocía y frecuentaba desde niño. Pero ahora no es la soledad lo que en él busco, ahora las cenizas de mi padre reposan en sus aguas.
Ahora la sombra de aquel pescador solitario está en todas partes, impregnada en su corriente y en sus piedras, entre los fresnos y chopos de la orilla, hallando ya consuelo entre tanta paz. Nunca logré descifrar muy bien por qué. Quizá era el murmullo de los zapateros remontando sobre la superficie o puede que estuviera en el fondo de sus aguas, en la placidez que proporcionaban las bellísimas truchas arco iris con esa banda purpúrea que exhibían en su costado y su aleta enigmática moteada en negro.
Quizás las sombras de los troncos que al juntarse reflejadas en sus aguas, confundían mi memoria y mi mirada. De un modo u otro, la compañía de todo aquel conjunto de milagros, me calmaba. Como frente al pozo del Cazurro o bajo el puente de Lobato. Entre los árboles del río tenía siempre la impresión de no estar solo, de que había entre las sombras alguien más.
Y esa misma sospecha que de niño me turbaba y que luego fui olvidando con la edad, ahora regresa nuevamente recordándome el paso inexorable del tiempo por su orilla. Entre los árboles del río, sin embargo, la impresión de no estar solo, ahora ya no es sólo una sospecha. Entre los árboles del río hay, en efecto, otra sombra aparte de la mía y un murmullo de palabras y sonidos, que el ruido de la corriente en los saltos no alcanza a sepultar.
Un sombra que sólo yo puedo advertir. La sombra de un recuerdo que se deshace como humo en mi mirada. Desde aquí, desde este lugar, he visto pasar imágenes como las nubes por mis ojos y también los días. En este mismo lugar en que mi padre contempló un día el paso de los suyos, descubro que el tiempo fluye siempre igual que fluye el río, taciturno y misterioso al principio, nutriéndose de sí mismo a medida que los años van pasando.
El tiempo, como el río, se enreda entre el musgo de la infancia. Como él, se despeña por las cañadas y los saltos que marcan el inicio del camino. Hasta los veinticinco o treinta años uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en que descubrimos la traición de los años. Llega siempre un momento en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como una bola de nieve atravesada por un rayo. A partir de ese instante ya nada vuelve a ser como antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un elixir efímero que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. De este modo cuando queremos darnos cuenta es tarde para resistir o revelarse.
Una de aquellas veces, ya no recuerdo el año, me sorprendió la noche recogiendo cebo para la pesca entre las piedras cercanas a la orilla. Era una tarde fría a principios de temporada, la brisa bajaba desde la peña colorada descendiendo helada por el río y los chopos ya estaban entumecidos. Llevaba varias horas sin moverme de aquel sitio, tenía la cestilla de mimbre a rebosar de gusarapas. A pesar de que yo no era un aleccionado pescador, mi padre sí lo era, por eso me encantaba aprovisionarle de cebo. Seguramente tendría más que suficiente para un par de jornadas pero yo seguía insistiendo, arrastrando las piedras del fondo con el pie derecho a la vez que sumergía la gusarapera con la mano izquierda, contemplando en silencio la caída de la noche entre los árboles.
Sentía un frío extraño dentro de los pulmones, un frío aún más intenso que el del río. Un miedo misterioso y repentino me asaltó en la oscuridad, dibujando entre las sombras de la orilla la imagen de nuestro malogrado amigo de juegos, Crescencio, ahogado en estas mismas aguas dos o tres años atrás. Poco a poco, sin embargo, me fui habituando y descubrí el modo de evitar ser arrastrado por aquel vértigo.
Era como cuando, bañándome en el río, me tumbaba en el agua e inmóvil por completo, me dejaba llevar hacia la orilla, donde yo sabía que podía detenerme y escapar de la corriente. Ahora Crescencio estaba dentro de mí mismo, sabía que él se encontraba bajo los pasadizos infinitos de la muerte, pero hay a veces, cuando la oscuridad es más fuerte que el silencio, en que sentimos estas sombras más cercanas.
Me había acostumbrado poco a poco a ella, me había resignado a compartir con Crescencio los últimos instantes de la tarde cuando, de pronto, su imagen desapareció.
Poco a poco la noche fue cayendo sobre el río, envolviendo en su penumbra las siluetas de todo cuanto me rodeaba y apareció la incertidumbre. Con la noche llegó la calma, el río pareció cobrar de pronto nueva vida. El viento comenzó a debilitarse, los torrentes acallaron suavemente y el eco y la pasión del agua dejó paso a una confusa maraña de sombras y sonidos. Hojas, aleteos de murciélago, murmullos y cantos se mezclaban en el aire llenando de misterios y amenazas todo el río, me pareció escuchar algún ladrido entre los juncos.
Ya no podía aguantar mucho más en aquel sitio, sabía que mi madre estaba ya esperándome, igual que de costumbre, en la cocina. El aroma del humo que llegaba de las chimeneas del pueblo me recordaba que seguramente mis hermanos se habrían encargado ya de prender la lumbre del hogar, pero también sabía que si tardaba mucho en regresar, irían seguramente a buscarme junto al río. Antes de que llegaran salí del agua, recogí los útiles de pesca y emprendí el camino.
Ahora la sombra de aquel pescador solitario está en todas partes. Es él sin duda. La camisa llena de lamparones, las mismas botas desgastadas, la uña del dedo pulgar extra larga que empleaba como base a modo de tablón para cortar la tanza, el pelo blanco, la misma cara llena de surcos calados por la vida.
Envuelto en aquel humo del tabaco negro volví a verlo de nuevo al final del remanso. Pescando. Como una sombra gris lanzando la cordada a derecha y a izquierda. Estaba en todas partes, detrás de cada cuesta, detrás de cada árbol. Oculto en cada sombra y en cada quiebro del río. Allí donde fuera, él estará ya siempre repitiendo incansable aquel lamento interminable: ¡¡Puñetas!! Estos aficionados acabarán por joder el río.
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