ALYA
Poeta fiel al portal
Siempre pensé que la edad de Cristo parecía ser idónea en una mujer. Cuando el cronos llega a ese momento muchas historias ya han sido contadas, el clima se ha adaptado a las pieles, los amores y desamores ya han curtido el alma y las cosas duelen solo si quieres. Entonces empiezas a vivir: mierda de psicología, puto análisis barato, absurdo planteamiento que no sirve para arrancar el cáncer alojado en tus células cuando apenas empiezas a saborear la vida.
Sí, te lo cuento sin resignación, las palabras de mi doctor me cayeron de golpe, como un hachazo devastador. Me escupieron la cara como se escupía en la antigua Jerusalén a las rameras. Cada una de ellas taladraba mis oídos con la furia inclemente de titanes en duelo. Como cincel ardiente fueron escritas en mi pecho hasta postrarme en la silla de consulta por horas.
Ahora me pregunto ¿A quién podrán donárseles los sueños, las esperanzas, los caminos por recorrer? ya que mis órganos putrefactos, corroídos por el silente huracán patológico de una herencia maldita no sirven sino para ser enterrados junto a este cuerpo objeto del deseo pero que muere lentamente en uno dos, tres, cuatro meses, quizás.
No me arrepiento, ni me duele ser iconoclasta y profana al decir que mis 33 años se niegan a aceptar ese designio, y es que solía decir con alborozo: cumplí la edad de Cristo, soy una mujer en plenitud. Pobre de mí, ignoraba que mi plenitud era consumida silentemente por un cruel enemigo que se negó a darme treguas. CUATRO MESES DE VIDA, EL CANCER YA ES TERMINAL. Tristes 33, la edad de emancipar las dudas y reafirmar los caminos elegidos solo cuando una fuerza superior no ha decidido borrarte sin permiso del mapa.
Maldito designio, malditas palabras ,cuando logre pararme de esta silla haré de cuentas que no las he escuchado y caminaré hasta mi casa, escribiré algún poema y luego viviré los minutos, los días, las semanas y esos hermosos cuatro meses, en plenitud, la plenitud de mis 33.
Sí, te lo cuento sin resignación, las palabras de mi doctor me cayeron de golpe, como un hachazo devastador. Me escupieron la cara como se escupía en la antigua Jerusalén a las rameras. Cada una de ellas taladraba mis oídos con la furia inclemente de titanes en duelo. Como cincel ardiente fueron escritas en mi pecho hasta postrarme en la silla de consulta por horas.
Ahora me pregunto ¿A quién podrán donárseles los sueños, las esperanzas, los caminos por recorrer? ya que mis órganos putrefactos, corroídos por el silente huracán patológico de una herencia maldita no sirven sino para ser enterrados junto a este cuerpo objeto del deseo pero que muere lentamente en uno dos, tres, cuatro meses, quizás.
No me arrepiento, ni me duele ser iconoclasta y profana al decir que mis 33 años se niegan a aceptar ese designio, y es que solía decir con alborozo: cumplí la edad de Cristo, soy una mujer en plenitud. Pobre de mí, ignoraba que mi plenitud era consumida silentemente por un cruel enemigo que se negó a darme treguas. CUATRO MESES DE VIDA, EL CANCER YA ES TERMINAL. Tristes 33, la edad de emancipar las dudas y reafirmar los caminos elegidos solo cuando una fuerza superior no ha decidido borrarte sin permiso del mapa.
Maldito designio, malditas palabras ,cuando logre pararme de esta silla haré de cuentas que no las he escuchado y caminaré hasta mi casa, escribiré algún poema y luego viviré los minutos, los días, las semanas y esos hermosos cuatro meses, en plenitud, la plenitud de mis 33.