OvejaNegra
Poeta recién llegado
Me hundí en una miseria febril, en un llanto silencioso que parecía no acabar. Podía sentir como la garganta me quería explotar con una ira inmensamente corrupta, cada vez que alguien se dirigía a mí.
Respiré profundamente, y acepté como compañera a esa sensación enfermiza de soledad, que me regalaba de vez en cuando, un segundo de confusión completa, que acompañaban miles y miles de lágrimas peleándose por ver quién carcomía más mi rostro.
Solía pasar horas enteras sin pensar. Era como si mi mente, mi esencia, escapara de mi cuerpo para darle un respiro. Esa fue la única sensación de afecto que recibí jamás.
Nada me aliviaba más que sentirme muerto. Respirar, era un capricho amargo que yo nunca había pedido. Aunque los que observaran mi llanto, pudieran sentir apenas un ápice de ese dolor abrasante, no comprendían nada. Todo iba más allá. Era el huésped de un odio lascivo, autodestructivo, que pretendía mantenerme vivo, para hacerme sufrir eternamente.
Respiré profundamente, y acepté como compañera a esa sensación enfermiza de soledad, que me regalaba de vez en cuando, un segundo de confusión completa, que acompañaban miles y miles de lágrimas peleándose por ver quién carcomía más mi rostro.
Solía pasar horas enteras sin pensar. Era como si mi mente, mi esencia, escapara de mi cuerpo para darle un respiro. Esa fue la única sensación de afecto que recibí jamás.
Nada me aliviaba más que sentirme muerto. Respirar, era un capricho amargo que yo nunca había pedido. Aunque los que observaran mi llanto, pudieran sentir apenas un ápice de ese dolor abrasante, no comprendían nada. Todo iba más allá. Era el huésped de un odio lascivo, autodestructivo, que pretendía mantenerme vivo, para hacerme sufrir eternamente.