Jesus Reina
Poeta asiduo al portal
2:15 am, sólo podía temblar, y pensar en una cosa mientras lloraba: ¿fue real? ¿Fue real? ¿Fue real? Las pruebas así lo indicaban. Sólo podía nadar en la repulsión y el océano de plasma en mis sabanas. Todo teñido de un rojo rutilante pero para mí, estaba lejos la corajuda tarea de dictaminar el matiz del líquido sermonioso que abolía mi percepción gráfica, toda vuelta agua y sal; dolor y odio, soledad y eternidad. Esta vez sí sentía como mis venas reencarnaban, como mi corazón pedía a gritos detenerse y como cada gota de mi sangre, ahora vuelta arroyo en mis fauces deseaba estar en ella. Mientras mi anatomía se retorcía; deformaba y hacia físico el traumático hecho de mí cumpleaños. Poco a poco, fui adicionando cordura (la mísera cordura que me quedaba) para no clavar un cuchillo en mi garganta, ¡ja! Como si fuera a pasar algo. Ya lo había intentado antes pero... Siempre volvía "eso", que ya murió y vive en mí. Eso mismo que deseé, fuera un "mal sueño", había nacido vuelto realidad y ardor.
Un demonio había asesinado un ángel de la guarda que si bien, era el cerrojo entre el huerto de las tinieblas y la luz de mi umbral. Por propio instinto había liberado un Minotauro recién salido del inframundo. Cuyos ojos azabache liquidaron ahora y suscitaron antes la causa de mi maldición. "Las bodas de sangre". Muerto en vida, ya oficialmente, me dispuse a sanear las lágrimas rojas que mi alma recogía como orquídeas en primavera. Una a una las mantas, las manchas en del suelo y el picaporte sufrieron la amnesia del desengrasante. Volvía a estar Inmaculada mi habitación; o debo decir, la mazmorra. El oxígeno azafranado minutos atrás volvía a su lavanda inocente, más se sentía como el trauma en el aposento de lo intangible no acreditaba el peso de su plumblicidad, sólo jugaba toscamente a inanimar mi tórax mientras aún corría libre la lluvia de astillas en un "Perdóname" suturado al "te amo” de mi álgico y eterno sollozar.
Tras la herejía de mi muerte en vida, a expensas de una inamovilidad, característica neonatal de mi tiempo, me dirigí al portillo que desde mi habitación daba hacia el atrio de rosas central. Trataba de encontrar consuelo en las flores que tanto robé para dejarlas en la ventana de su habitación. Nunca me atreví a confesarlo. Y ahora... Eso. Me la había arrebatado. Sólo podía ver la dimensión del lugar bañado por esa luz que nutría la vagancia de este cadáver, que todavía sentía, lloraba, dolía las obras del abigor que desmembraba mi alma.
Es cierto, lo había hecho antes, pero jamás me lo he perdonado. Beber hasta la última gota, sentir su tapiz frío y cárdena. Como su corazón sentía el ultraje, el brillo de sus ojos volverse lito, el crujir de las cervicales como soldados heridos hasta romperse. Todas las vicisitudes que acompasaban impúdicamente el deleite de la bestia. Y todo por una noche ¡una noche! Hórrida, eufórica, instintiva, monstruosa noche. Siempre esta noche. Pero esta vez no fue "un error", fue el velorio más lujurioso de mis años, donde puedo convenir en el subterfugio arjónico destruido en un sentimiento: "dueles más que el peor dolor que se inventó". Mis dedos aún espasmódicos intentan superficializar en el rostro, empero sólo posesionaron esas lágrimas negras que parecieran salir del burlista espíritu que profirió mi vida mortal y encadenó a su inmortal bitácora de hematíes.
Sólo veo el arco del rosas que da al horizonte. Lejos, ido. Sin dilucidar la sorpresa que acurrucaban los pétalos y espinas. Dentro del laberinto de rosas, pude salir del trance psiquiátrico para entrar en el horror cortesía di mis ojos cafés. Yacía como mi bella durmiente, el cuerpo de mi amada en el banco alcalino del arco pasional. Aún después de todo, seguía siendo el loto más célico que haya bendecido la tierra con su nacimiento. El miedo tuvo nuevo nombre: "demasiado tarde". Y haciendo uso de facultades malignas forcé el autodestructivo impulso de ir a su encuentro.
La mirada hemofílica que me otorgaba el infierno podía ver todavía un exánime verbo en su irrigación lastimada por mi beso de otro. El "regalo" era poder llorar sus últimos latidos, me había cobrado los años de abstinencia y gayola con intereses devastadores. Mientras sus ojos permanecían cerrados, la contemplaba sin ideas de que hacer, solo podía recostar su cabeza en mi regazo acariciando sutilmente su mejilla.
-No, lo harás. Sabes que no vivirá.
-¡Cállate! Aborrezco el pacto de tu luciferino existir.
- Somos uno ahora ¡me debes la vida! ¿Recuerdas?
- Preferiría haber muerto antes que darte el gusto de vivir.
-Sálvala, te lo imploro... Hazlo. Sabes lo que tienes que hacer.
-Pero. No la volverás a ver, sabes tan bien como yo que "será tu esposa"
-¡Haz la boda de sangre! ¡Hazla ya! No la dejes morir.
- Como gustes. Fue un placer.
-No puedo decir lo mismo.
Y así, uní mi eternidad a ella. Mientras se daba la transferencia, solo podía repetir, cuanto la amaba. No podía haber ilustrado un mejor finiquito a mi reinado; de reivindicar mis errores. Cada vez sentía como llegaba el momento, la luna parecía bajar, las estrellas hundirse en el palenque del hechizo. 3:00 am, es hora. Tomé la hojilla en el tallo de un rosal y corte radial, dando a beber una gota entregué el anillo y con un beso sellé dando mi escorial alma. Poco a poco perdía mi vitalidad en ese beso de amor corrector. Todo estaba cumplido, el aire faltaba, dormía paulatinamente, cerraba mis ojos. Y dibujaba una expresión placentera en mi defunción, para antes de ceder al milenio y medio, escuchar la dicha del trueque en el susurro de su voz de camelo:
-¡Jesús! ¡Jesús!
Puedes leer la primera parte del escrito siguiendo este link:
http://www.mundopoesia.com/foros/temas/cada-12-de-marzo.527007/
Un demonio había asesinado un ángel de la guarda que si bien, era el cerrojo entre el huerto de las tinieblas y la luz de mi umbral. Por propio instinto había liberado un Minotauro recién salido del inframundo. Cuyos ojos azabache liquidaron ahora y suscitaron antes la causa de mi maldición. "Las bodas de sangre". Muerto en vida, ya oficialmente, me dispuse a sanear las lágrimas rojas que mi alma recogía como orquídeas en primavera. Una a una las mantas, las manchas en del suelo y el picaporte sufrieron la amnesia del desengrasante. Volvía a estar Inmaculada mi habitación; o debo decir, la mazmorra. El oxígeno azafranado minutos atrás volvía a su lavanda inocente, más se sentía como el trauma en el aposento de lo intangible no acreditaba el peso de su plumblicidad, sólo jugaba toscamente a inanimar mi tórax mientras aún corría libre la lluvia de astillas en un "Perdóname" suturado al "te amo” de mi álgico y eterno sollozar.
Tras la herejía de mi muerte en vida, a expensas de una inamovilidad, característica neonatal de mi tiempo, me dirigí al portillo que desde mi habitación daba hacia el atrio de rosas central. Trataba de encontrar consuelo en las flores que tanto robé para dejarlas en la ventana de su habitación. Nunca me atreví a confesarlo. Y ahora... Eso. Me la había arrebatado. Sólo podía ver la dimensión del lugar bañado por esa luz que nutría la vagancia de este cadáver, que todavía sentía, lloraba, dolía las obras del abigor que desmembraba mi alma.
Es cierto, lo había hecho antes, pero jamás me lo he perdonado. Beber hasta la última gota, sentir su tapiz frío y cárdena. Como su corazón sentía el ultraje, el brillo de sus ojos volverse lito, el crujir de las cervicales como soldados heridos hasta romperse. Todas las vicisitudes que acompasaban impúdicamente el deleite de la bestia. Y todo por una noche ¡una noche! Hórrida, eufórica, instintiva, monstruosa noche. Siempre esta noche. Pero esta vez no fue "un error", fue el velorio más lujurioso de mis años, donde puedo convenir en el subterfugio arjónico destruido en un sentimiento: "dueles más que el peor dolor que se inventó". Mis dedos aún espasmódicos intentan superficializar en el rostro, empero sólo posesionaron esas lágrimas negras que parecieran salir del burlista espíritu que profirió mi vida mortal y encadenó a su inmortal bitácora de hematíes.
Sólo veo el arco del rosas que da al horizonte. Lejos, ido. Sin dilucidar la sorpresa que acurrucaban los pétalos y espinas. Dentro del laberinto de rosas, pude salir del trance psiquiátrico para entrar en el horror cortesía di mis ojos cafés. Yacía como mi bella durmiente, el cuerpo de mi amada en el banco alcalino del arco pasional. Aún después de todo, seguía siendo el loto más célico que haya bendecido la tierra con su nacimiento. El miedo tuvo nuevo nombre: "demasiado tarde". Y haciendo uso de facultades malignas forcé el autodestructivo impulso de ir a su encuentro.
La mirada hemofílica que me otorgaba el infierno podía ver todavía un exánime verbo en su irrigación lastimada por mi beso de otro. El "regalo" era poder llorar sus últimos latidos, me había cobrado los años de abstinencia y gayola con intereses devastadores. Mientras sus ojos permanecían cerrados, la contemplaba sin ideas de que hacer, solo podía recostar su cabeza en mi regazo acariciando sutilmente su mejilla.
-No, lo harás. Sabes que no vivirá.
-¡Cállate! Aborrezco el pacto de tu luciferino existir.
- Somos uno ahora ¡me debes la vida! ¿Recuerdas?
- Preferiría haber muerto antes que darte el gusto de vivir.
-Sálvala, te lo imploro... Hazlo. Sabes lo que tienes que hacer.
-Pero. No la volverás a ver, sabes tan bien como yo que "será tu esposa"
-¡Haz la boda de sangre! ¡Hazla ya! No la dejes morir.
- Como gustes. Fue un placer.
-No puedo decir lo mismo.
Y así, uní mi eternidad a ella. Mientras se daba la transferencia, solo podía repetir, cuanto la amaba. No podía haber ilustrado un mejor finiquito a mi reinado; de reivindicar mis errores. Cada vez sentía como llegaba el momento, la luna parecía bajar, las estrellas hundirse en el palenque del hechizo. 3:00 am, es hora. Tomé la hojilla en el tallo de un rosal y corte radial, dando a beber una gota entregué el anillo y con un beso sellé dando mi escorial alma. Poco a poco perdía mi vitalidad en ese beso de amor corrector. Todo estaba cumplido, el aire faltaba, dormía paulatinamente, cerraba mis ojos. Y dibujaba una expresión placentera en mi defunción, para antes de ceder al milenio y medio, escuchar la dicha del trueque en el susurro de su voz de camelo:
-¡Jesús! ¡Jesús!
Puedes leer la primera parte del escrito siguiendo este link:
http://www.mundopoesia.com/foros/temas/cada-12-de-marzo.527007/
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