Miguel Font
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tocan...
¿Otro cobrador?
¿O el ansiado telegrama?
Casi arrastrándome
llego hasta la puerta,
Ni lo uno ni lo otro.
Son dos beatíficas sonrisas,
pintadas en rostros perlados de sudor,
camisas blancas impecables
y corbatas prolijamente anudadas
que desafiando los 35 grados de calor
parecen estrangularlos.
Saludan con inconfundible acento inglés
y desde un libro de tapa negra,
uno de ellos recita,
"mientras no pongas tus ojos en la luz,
estarás mirando hacia el abismo"
Les cuento de mi artrosis de cadera,
que me está doliendo mucho,
y que quizá otro día pueda atenderlos.
Se van, prometiendo rezar por mi salud.
Me quedo pensando en ellos
y en la puta vida que me tocó vivir,
no puedo trabajar más por la maldita artrosis,
la jubilación por incapacidad,
trancada por la burocracia de mi país,
las cuentas se amontonan,
la soledad abruma,
y mis hijos...
Ya apenas recuerdo sus caras
del tiempo que no me visitan.
El espejo grita que los años
han hecho un buen trabajo,
erosionando mi físico y también mis ganas de vivir.
Dice el doctor que las bolsas debajo de mis ojos
pueden ser signos de depresión.
Mientras paso la mano
por mi incipiente papada,
me parece ver otra vez al gringo con su rollo...
No miro hacia el abismo,
hace rato que me revuelco en él,
y ¿qué condenada luz debo mirar?
Un relámpago cruza por mi mente,
Ahora lo veo claro,
hay una solución.
Sí,
mi cuello,
una corbata...
Pero no,
es imposible,
siempre fui un cobarde,
no tengo los huevos para hacerlo.
¿Otro cobrador?
¿O el ansiado telegrama?
Casi arrastrándome
llego hasta la puerta,
Ni lo uno ni lo otro.
Son dos beatíficas sonrisas,
pintadas en rostros perlados de sudor,
camisas blancas impecables
y corbatas prolijamente anudadas
que desafiando los 35 grados de calor
parecen estrangularlos.
Saludan con inconfundible acento inglés
y desde un libro de tapa negra,
uno de ellos recita,
"mientras no pongas tus ojos en la luz,
estarás mirando hacia el abismo"
Les cuento de mi artrosis de cadera,
que me está doliendo mucho,
y que quizá otro día pueda atenderlos.
Se van, prometiendo rezar por mi salud.
Me quedo pensando en ellos
y en la puta vida que me tocó vivir,
no puedo trabajar más por la maldita artrosis,
la jubilación por incapacidad,
trancada por la burocracia de mi país,
las cuentas se amontonan,
la soledad abruma,
y mis hijos...
Ya apenas recuerdo sus caras
del tiempo que no me visitan.
El espejo grita que los años
han hecho un buen trabajo,
erosionando mi físico y también mis ganas de vivir.
Dice el doctor que las bolsas debajo de mis ojos
pueden ser signos de depresión.
Mientras paso la mano
por mi incipiente papada,
me parece ver otra vez al gringo con su rollo...
No miro hacia el abismo,
hace rato que me revuelco en él,
y ¿qué condenada luz debo mirar?
Un relámpago cruza por mi mente,
Ahora lo veo claro,
hay una solución.
Sí,
mi cuello,
una corbata...
Pero no,
es imposible,
siempre fui un cobarde,
no tengo los huevos para hacerlo.