elbosco
Poeta fiel al portal
Terminaste la escuela secundaria y sin perder tiempo empezaste una carrera. Apenas recibido comenzaste a trabajar. Te esforzaste, juntaste plata, te casaste, compraste una casa y tuviste hijos.
Intentaste disfrutar de la vida mientras tus hijos crecían y lograste algunas satisfacciones, aunque también masticaste tu rabia cuando las cosas no salieron como pretendías o la vida te daba un espaldarazo.
Continuaste con tu carrera desenfrenada, cosechando algunos éxitos y pocos fracasos, añorando el momento en que pudieras disfrutar plenamente de tu vida sin preocupaciones.
Pero tu percepción del mundo quiso cambiar. Fue con la muerte accidental de aquel buen amigo. No se suponía que ese fuera a ser su destino.
Tus pensamientos se arremolinaban y algo te decía que nada era como lo concebías. Pero tenías un buen trabajo, una bella esposa e hijos inteligentes y aplicados, y acallaste a esos demonios que te sugerían que debía haber algo más.
Llegada la madurez bautizaste tus aciertos con el nombre de experiencia y te ensalzaste como una fuente de sabiduría para los que te rodeaban. Creíste poseer la fuente de la felicidad, o la fórmula del éxito.
Y entonces llegaron más muertes: parientes, más amigos, familiares, incluso personas más jóvenes que vos.
Aceptaste la muerte de tus padres como algo natural e inevitable, pero comenzaste a comprender que la vida ya no era, como decía Paul Bowles, una fuente inagotable, y terminaste de asimilarlo cuando te separaste de tu mujer.
Entonces te tocó experimentar la soledad, algo que nunca había sido parte del plan, sin embargo encontraste la manera de sacarle provecho. Viviste un par de aventuras con muchachas jóvenes y cumpliste algunas fantasías, pero cuando todo eso se agotó, quedaste solo, y sin un genuino interés, ni energía, para intentar darte a conocer cabalmente y volver a desear la vida en pareja.
La soledad dolía, pero se te hizo costumbre y lo aceptable.
Tus hijos, ya casados, podrían de un momento a otro hacerte abuelo, un rol para el cual no te sentías destinado.
Te enfocaste así en tu vida y te convertiste en un tipo sedentario, reservado, culto, de conversación entretenida, conocedor de vinos, de fútbol, de historia y de política. Se te veía como a un hombre respetable.
Pero un determinado viernes de insomnio, en la soledad de tu cuarto, recordaste a ese muchacho que fuiste al terminar la escuela, cuando sentías la vida latir y el cielo al alcance de tu mano. Y reconociste que aquel muchacho era otro y que ya no creías en nada de lo que él había creído.
Hoy, viejo y más solo de lo que habrías podido imaginar, cada noche te remuerde la conciencia por lo que hiciste o dejaste de hacer, y te preguntás si transitaste voluntariamente el camino hasta este inevitable presente, o si tal vez solo te dejaste llevar.
Y entonces presentís el fin, y tenés la certeza de que lo único que podés hacer es esperar la muerte lo más confortablemente posible.
Fernando M. Sassone
(AKA: P.R.)
Intentaste disfrutar de la vida mientras tus hijos crecían y lograste algunas satisfacciones, aunque también masticaste tu rabia cuando las cosas no salieron como pretendías o la vida te daba un espaldarazo.
Continuaste con tu carrera desenfrenada, cosechando algunos éxitos y pocos fracasos, añorando el momento en que pudieras disfrutar plenamente de tu vida sin preocupaciones.
Pero tu percepción del mundo quiso cambiar. Fue con la muerte accidental de aquel buen amigo. No se suponía que ese fuera a ser su destino.
Tus pensamientos se arremolinaban y algo te decía que nada era como lo concebías. Pero tenías un buen trabajo, una bella esposa e hijos inteligentes y aplicados, y acallaste a esos demonios que te sugerían que debía haber algo más.
Llegada la madurez bautizaste tus aciertos con el nombre de experiencia y te ensalzaste como una fuente de sabiduría para los que te rodeaban. Creíste poseer la fuente de la felicidad, o la fórmula del éxito.
Y entonces llegaron más muertes: parientes, más amigos, familiares, incluso personas más jóvenes que vos.
Aceptaste la muerte de tus padres como algo natural e inevitable, pero comenzaste a comprender que la vida ya no era, como decía Paul Bowles, una fuente inagotable, y terminaste de asimilarlo cuando te separaste de tu mujer.
Entonces te tocó experimentar la soledad, algo que nunca había sido parte del plan, sin embargo encontraste la manera de sacarle provecho. Viviste un par de aventuras con muchachas jóvenes y cumpliste algunas fantasías, pero cuando todo eso se agotó, quedaste solo, y sin un genuino interés, ni energía, para intentar darte a conocer cabalmente y volver a desear la vida en pareja.
La soledad dolía, pero se te hizo costumbre y lo aceptable.
Tus hijos, ya casados, podrían de un momento a otro hacerte abuelo, un rol para el cual no te sentías destinado.
Te enfocaste así en tu vida y te convertiste en un tipo sedentario, reservado, culto, de conversación entretenida, conocedor de vinos, de fútbol, de historia y de política. Se te veía como a un hombre respetable.
Pero un determinado viernes de insomnio, en la soledad de tu cuarto, recordaste a ese muchacho que fuiste al terminar la escuela, cuando sentías la vida latir y el cielo al alcance de tu mano. Y reconociste que aquel muchacho era otro y que ya no creías en nada de lo que él había creído.
Hoy, viejo y más solo de lo que habrías podido imaginar, cada noche te remuerde la conciencia por lo que hiciste o dejaste de hacer, y te preguntás si transitaste voluntariamente el camino hasta este inevitable presente, o si tal vez solo te dejaste llevar.
Y entonces presentís el fin, y tenés la certeza de que lo único que podés hacer es esperar la muerte lo más confortablemente posible.
Fernando M. Sassone
(AKA: P.R.)
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