Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
No sé si la vi alguna vez, si mis ojos recorrieron su rostro. O si nunca la vi y es sólo el argumento de un relato maravilloso, muchas veces repetido, que ha ido incorporándose tenaz a mi imaginación hasta convencerme de haberla contemplado realmente. A veces me quedo absorto, en pocos instantes, en segundos, soy capaz de recordar o imaginar cosas que si hubiesen ocurrido de verdad, necesitarían mucho tiempo para desarrollarse. Otras veces no pienso nada, la mirada se me pierde y se me hunde el pensamiento en esa modorra que va disolviendo el color de lo que veo, y los sonidos, los olores. Hasta que todo se convierte en una sensación borrosa y me parece flotar en mi propio ensimismamiento.
Sin duda la vi. Las imágenes permanecen en mi memoria como si realmente hubiesen pasado por delante de mis ojos, y estos las hubieran fijado con avidez en un recuerdo aterciopelado, hecho de penumbra de ese fulgor mágico que tiene la ciudad de todas partes.
Aquella tarde el sol golpeaba sus dedos contra los tejados, estaba reparando uno de mis rateles. Nos íbamos de pesca al arrollo y me encontraba flotando en una de mis ensoñaciones. Me gusta observarla en esas labores que obligan a repetir minuciosamente la destreza de los dedos para elaborar cosas. Ya terminaba de tejer la redecilla y la iba atando al aro, embebida en su tarea murmuraba sin darse cuenta fragmentos de una de sus canciones preferidas.
Era una tarde calurosa del tiempo seco, sentado en frente de ella me sentía como en un vago sueño. Ajena a todo iba tejiendo los pequeños nudos. Fuera de su mirada no me imaginaba nada, su claridad me hería, atravesaba mis ojos. Era osada, desnudaba la luz. Era como el fuego. El tiempo mientras a lo suyo, en aquella tarde de septiembre. Llegamos al estanque, parecía dormido arrullado por el follaje, nos sentamos en la orilla con la mirada callada bajo los castañales, que mostraban ya sus frutos. La luz palidecía la hierba y los árboles. Los amarillos del aire se alojaban en sus ojos que, temblando en los míos, iniciaron un vuelo silencioso. Y cuando al fin me acerqué, estuvieron a mi lado no necesariamente silenciosos.
La tarde siguió apática y seca pero soplaba una brisa placida, vino cargada de mosquitos que revoloteaban sin ton ni son enloquecidos por la luz. El arroyo, tumbado a los pies de los castaños, por fin se había dormido. Continuamos sentados mucho tiempo, con la seguridad de que una luz como aquella sólo la encontraríamos allí.
A veces simpatizo con las pasiones imposibles, la literatura es el único camino que tiene un verdadero soñador. En pocos instantes, en segundos, soy capaz de crear argumentos, inventar personajes, pero en vez de dejarlos encerrados dentro de una página, les doy vida, los lanzo a la realidad.
Sin duda la vi. Las imágenes permanecen en mi memoria como si realmente hubiesen pasado por delante de mis ojos, y estos las hubieran fijado con avidez en un recuerdo aterciopelado, hecho de penumbra de ese fulgor mágico que tiene la ciudad de todas partes.
Aquella tarde el sol golpeaba sus dedos contra los tejados, estaba reparando uno de mis rateles. Nos íbamos de pesca al arrollo y me encontraba flotando en una de mis ensoñaciones. Me gusta observarla en esas labores que obligan a repetir minuciosamente la destreza de los dedos para elaborar cosas. Ya terminaba de tejer la redecilla y la iba atando al aro, embebida en su tarea murmuraba sin darse cuenta fragmentos de una de sus canciones preferidas.
Era una tarde calurosa del tiempo seco, sentado en frente de ella me sentía como en un vago sueño. Ajena a todo iba tejiendo los pequeños nudos. Fuera de su mirada no me imaginaba nada, su claridad me hería, atravesaba mis ojos. Era osada, desnudaba la luz. Era como el fuego. El tiempo mientras a lo suyo, en aquella tarde de septiembre. Llegamos al estanque, parecía dormido arrullado por el follaje, nos sentamos en la orilla con la mirada callada bajo los castañales, que mostraban ya sus frutos. La luz palidecía la hierba y los árboles. Los amarillos del aire se alojaban en sus ojos que, temblando en los míos, iniciaron un vuelo silencioso. Y cuando al fin me acerqué, estuvieron a mi lado no necesariamente silenciosos.
La tarde siguió apática y seca pero soplaba una brisa placida, vino cargada de mosquitos que revoloteaban sin ton ni son enloquecidos por la luz. El arroyo, tumbado a los pies de los castaños, por fin se había dormido. Continuamos sentados mucho tiempo, con la seguridad de que una luz como aquella sólo la encontraríamos allí.
A veces simpatizo con las pasiones imposibles, la literatura es el único camino que tiene un verdadero soñador. En pocos instantes, en segundos, soy capaz de crear argumentos, inventar personajes, pero en vez de dejarlos encerrados dentro de una página, les doy vida, los lanzo a la realidad.