danie
solo un pensamiento...
Hoy es uno de esos días en que ando con mil palabras rotas que se desprenden de mi sombra, con cientos de aromas descompuestos y un rastro de moho de la memoria que me aferra al clóset de mi soledad concreta.
La escasa luz que se filtra por las persianas apenas despabila mis sentidos de querer gritar, de querer ser algo más que un vano intento. Pienso en abrir la ventana para ver de frente el alba, pero por temor a ser un crucificado más me aferro a las paredes de mi alcoba y sus espectros.
El temor brota y a la vez late al compás de las campanas de mi corazón, la ojeriza de respirar la sangre vertiginosa del aire me hace oxidarme más y más dentro del féretro de carne y huesos “mi cuerpo” que desde largo tiempo acarreo como un menesteroso mendigando algo de franca libertad.
Experimento como hilvanar todo los fragmentos de palabras rotas que me dejaron los años vacíos, intento escribir algún simple verso anudando cada verbo obsoleto, cada sustantivo sin convicción, cada adjetivo desajustado y quebrado que murió de anemia por no alimentarse con amor. Opto por escribir prosas, las prosas con telarañas guardadas en mi viejo almacén de cielos rancios, prosas con tintes de delirios que siempre me acecharon cuando surgen las musas de mi inspiración.
Pero es en vano experimentar si no puedo traspasar la puerta y salir calle abajo para librarme por un rato de esta potestad que me domina, que me aterra sin sueños, que me convierte en enseres olvidados por lo viejo, en fruslerías en desuso desde que tengo esta reminiscencia de Stradivarius de invierno.
Hoy es uno de esos días en que la nostalgia trae crisantemos y calas a mi entierro, y que las lápidas braman la anónima existencia de mi nombre.
Así los muertos, mis muertos, solamente se dedican a meditar este inmenso mar de silencios.
¿Qué puedes decir cuando tienes tantas palabras rotas, tantos motivos de desmayos, tantos nubarrones y celajes vomitados por las alturas que jamás pudieron destacarse en la excelencia de un vuelo?
¿Qué puedes hacer cuando intentas entregar un ramo de rosas al amor y sólo recolectas helechos fríos de cementerio, o cuando compras una caja de bombones para el día de San Valentín y resulta que la caja está vacía o simplemente los bombones no son otra cosa que pequeñas pastillas de agrio veneno?
¿Cómo sentir la migración de las golondrinas en los cambios de estación del cuerpo?
¿Cómo no ser un jardín en los que solamente florecen los huesos, las cenizas de mis venas en dolencias?
Hoy es uno de esos días en los que sólo me queda respirar el insomnio de la noche y detrás del ángelus sin cita para el reencuentro velar el linaje de mis ancestros.
Así, tal vez, la historia no derrumbará más los pilares de un gran peso, y podré meditar con la paz de la sal del inmenso mar que percude mi piel, mi pálido semblante, mis vicios y anhelos. Entonces, el silencio de los náufragos de mi mar en ese momento sólo será un canal para ahogar y tal vez desahogar otras de mis muertes.
La escasa luz que se filtra por las persianas apenas despabila mis sentidos de querer gritar, de querer ser algo más que un vano intento. Pienso en abrir la ventana para ver de frente el alba, pero por temor a ser un crucificado más me aferro a las paredes de mi alcoba y sus espectros.
El temor brota y a la vez late al compás de las campanas de mi corazón, la ojeriza de respirar la sangre vertiginosa del aire me hace oxidarme más y más dentro del féretro de carne y huesos “mi cuerpo” que desde largo tiempo acarreo como un menesteroso mendigando algo de franca libertad.
Experimento como hilvanar todo los fragmentos de palabras rotas que me dejaron los años vacíos, intento escribir algún simple verso anudando cada verbo obsoleto, cada sustantivo sin convicción, cada adjetivo desajustado y quebrado que murió de anemia por no alimentarse con amor. Opto por escribir prosas, las prosas con telarañas guardadas en mi viejo almacén de cielos rancios, prosas con tintes de delirios que siempre me acecharon cuando surgen las musas de mi inspiración.
Pero es en vano experimentar si no puedo traspasar la puerta y salir calle abajo para librarme por un rato de esta potestad que me domina, que me aterra sin sueños, que me convierte en enseres olvidados por lo viejo, en fruslerías en desuso desde que tengo esta reminiscencia de Stradivarius de invierno.
Hoy es uno de esos días en que la nostalgia trae crisantemos y calas a mi entierro, y que las lápidas braman la anónima existencia de mi nombre.
Así los muertos, mis muertos, solamente se dedican a meditar este inmenso mar de silencios.
¿Qué puedes decir cuando tienes tantas palabras rotas, tantos motivos de desmayos, tantos nubarrones y celajes vomitados por las alturas que jamás pudieron destacarse en la excelencia de un vuelo?
¿Qué puedes hacer cuando intentas entregar un ramo de rosas al amor y sólo recolectas helechos fríos de cementerio, o cuando compras una caja de bombones para el día de San Valentín y resulta que la caja está vacía o simplemente los bombones no son otra cosa que pequeñas pastillas de agrio veneno?
¿Cómo sentir la migración de las golondrinas en los cambios de estación del cuerpo?
¿Cómo no ser un jardín en los que solamente florecen los huesos, las cenizas de mis venas en dolencias?
Hoy es uno de esos días en los que sólo me queda respirar el insomnio de la noche y detrás del ángelus sin cita para el reencuentro velar el linaje de mis ancestros.
Así, tal vez, la historia no derrumbará más los pilares de un gran peso, y podré meditar con la paz de la sal del inmenso mar que percude mi piel, mi pálido semblante, mis vicios y anhelos. Entonces, el silencio de los náufragos de mi mar en ese momento sólo será un canal para ahogar y tal vez desahogar otras de mis muertes.
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