Paco Valiente
Poeta que no puede vivir sin el portal
Estaba sentado al borde de la cama, los codos sobre las rodillas, la cabeza inclinada hacia el suelo, apoyada sobre sus manos, que nerviosamente tiraban de su cabello. Un rictus de angustia se dibujaba en sus labios resecos.
De nuevo se repetía la historia. Era un lunes, 12 de la mañana, él debería de estar en el trabajo, como cualquier persona normal con un mínimo de responsabilidad. Sin embargo allí estaba, con una resaca monumental, intentando recordar que acontecimientos en sus últimas horas le habían llevado a esta situación. Era imposible poner en marcha su memoria. Una terrible laguna mental habitaba en su cerebro. Se preguntaba una y otra vez porque siempre tropezaba con la misma piedra. El sábado había salido con la intención de pasar un buen rato con sus amigos. Nada de excesos, solo alegría y buen rollo, eran sus objetivos. Y así fue, hasta que en algún momento todo se desmadro. No sería preocupante lo ocurrido de no ser por la reiteración de estos hechos en los dos últimos años. Siempre acababa solo, deambulando borracho por la ciudad, viviendo todo tipo de situaciones estrambóticas, inmorales, transgresoras, casi surrealistas. El no quería que todo esto pasara, pero no tenía capacidad para impedirlo, las pruebas eran contundentes.
Se levantó de la cama y fue a la mesilla. Comprobó que su cartera, las llaves, el móvil, todo estaba allí, menos mal, esta vez no había perdido nada. Solo, desgraciadamente, unas cuantas horas tiradas por la borda. Se miró en el espejo, sus ojos temblaban intentando contener unas lágrimas que pugnaban por salir. Cogió el móvil y marco un número de teléfono de un folleto que estaba sobre la mesilla. Al otro lado alguien le contestó:
- Alcohólicos anónimos, Le habla Begoña, dígame.
- Buenas, me llamo Pedro, y necesito ayuda.
De nuevo se repetía la historia. Era un lunes, 12 de la mañana, él debería de estar en el trabajo, como cualquier persona normal con un mínimo de responsabilidad. Sin embargo allí estaba, con una resaca monumental, intentando recordar que acontecimientos en sus últimas horas le habían llevado a esta situación. Era imposible poner en marcha su memoria. Una terrible laguna mental habitaba en su cerebro. Se preguntaba una y otra vez porque siempre tropezaba con la misma piedra. El sábado había salido con la intención de pasar un buen rato con sus amigos. Nada de excesos, solo alegría y buen rollo, eran sus objetivos. Y así fue, hasta que en algún momento todo se desmadro. No sería preocupante lo ocurrido de no ser por la reiteración de estos hechos en los dos últimos años. Siempre acababa solo, deambulando borracho por la ciudad, viviendo todo tipo de situaciones estrambóticas, inmorales, transgresoras, casi surrealistas. El no quería que todo esto pasara, pero no tenía capacidad para impedirlo, las pruebas eran contundentes.
Se levantó de la cama y fue a la mesilla. Comprobó que su cartera, las llaves, el móvil, todo estaba allí, menos mal, esta vez no había perdido nada. Solo, desgraciadamente, unas cuantas horas tiradas por la borda. Se miró en el espejo, sus ojos temblaban intentando contener unas lágrimas que pugnaban por salir. Cogió el móvil y marco un número de teléfono de un folleto que estaba sobre la mesilla. Al otro lado alguien le contestó:
- Alcohólicos anónimos, Le habla Begoña, dígame.
- Buenas, me llamo Pedro, y necesito ayuda.