Triste Ausencia

esthergranados

Poeta adicto al portal
Aquella tarde papá regresó a la tumba entristecido. Sabía que llegando la madrugada habría ráfagas de muerte al otro lado de la tapia. Sabía que no serviría de nada pensar en otra cosa, taparse los oídos o buscar otro lugar aún más recóndito: el sonido de los fusiles se mezclarían con el silencio en una combinación siniestra. Mi padre temblaba de miedo cada noche, cuando el sol se iba comenzaba su suplicio, y a medida que pasaban las horas el terror lo atenazaba con más fuerza. A veces le entraban ganas de salir de allí, de pasear por el pueblo a cara descubierta, de volver a nuestro hogar. Vivir en un cementerio y vernos a hurtadillas, solo cuando podíamos llevarle algo de comida, le resultaba cada vez más duro, a veces hasta pensaba que morir fusilado no podría ser peor que vivir como un cadáver sin esperanza. Por eso, a ninguno nos extrañó que a partir de esa tarde nunca más fuera a nuestro punto de encuentro y que, en ese mismo lugar, encontráramos sus escasas y pobres pertenencias. Mamá se vistió de luto riguroso y, a pesar de la ausencia de mi padre y de nuestras sospechas, nunca más volvimos al cementerio.
 
Aquella tarde papá regresó a la tumba entristecido. Sabía que llegando la madrugada habría ráfagas de muerte al otro lado de la tapia. Sabía que no serviría de nada pensar en otra cosa, taparse los oídos o buscar otro lugar aún más recóndito: el sonido de los fusiles se mezclarían con el silencio en una combinación siniestra. Mi padre temblaba de miedo cada noche, cuando el sol se iba comenzaba su suplicio, y a medida que pasaban las horas el terror lo atenazaba con más fuerza. A veces le entraban ganas de salir de allí, de pasear por el pueblo a cara descubierta, de volver a nuestro hogar. Vivir en un cementerio y vernos a hurtadillas, solo cuando podíamos llevarle algo de comida, le resultaba cada vez más duro, a veces hasta pensaba que morir fusilado no podría ser peor que vivir como un cadáver sin esperanza. Por eso, a ninguno nos extrañó que a partir de esa tarde nunca más fuera a nuestro punto de encuentro y que, en ese mismo lugar, encontráramos sus escasas y pobres pertenencias. Mamá se vistió de luto riguroso y, a pesar de la ausencia de mi padre y de nuestras sospechas, nunca más volvimos al cementerio.
Triste historia y, desgraciadamente, muy repetida durante la desgraciada guerra.
Deberíamos de tener siempre presente nuestra historia.

Con admiración y cariño

Alfonso Espinosa
 
Hola Alfonso, por fin alguien que comenta este relato, no es que yo sea pretenciosa ni quiera que vosotros comentéis a lo que a mi me gusta por lo que sea, pero es que a este relato por su temática, le tengo mucho cariño y no me lo habían comentado hasta ahora, así que doble agradecimiento hacia ti por mi parte. Se produjeron situaciones tan dramáticas y tan tristes en esa injusta guerra... Ojalá no hubiera más guerras en ningún sitio, aunque desgraciadamente, se que eso es imposible. Muchas gracias otra vez, Alfonso, un abrazo.
 
Una historia mu triste nos dejas.
Ojalá que esas cosas no ocurrieran nunca.
Un abrazo y Bendiciones.
Vaya, Lourdes, eres la segunda que me comenta este relato que puse hace mucho tiempo y nadie me había comentado. Me encanta que lo hayáis hecho, no por vanidad ni mucho menos, sino porque por la temática, le tengo mucho cariño, las guerras son tan demoledoras... Ojalá, como tu dices, no ocurrieran nunca. Un beso agradecido
 
Aquella tarde papá regresó a la tumba entristecido. Sabía que llegando la madrugada habría ráfagas de muerte al otro lado de la tapia. Sabía que no serviría de nada pensar en otra cosa, taparse los oídos o buscar otro lugar aún más recóndito: el sonido de los fusiles se mezclarían con el silencio en una combinación siniestra. Mi padre temblaba de miedo cada noche, cuando el sol se iba comenzaba su suplicio, y a medida que pasaban las horas el terror lo atenazaba con más fuerza. A veces le entraban ganas de salir de allí, de pasear por el pueblo a cara descubierta, de volver a nuestro hogar. Vivir en un cementerio y vernos a hurtadillas, solo cuando podíamos llevarle algo de comida, le resultaba cada vez más duro, a veces hasta pensaba que morir fusilado no podría ser peor que vivir como un cadáver sin esperanza. Por eso, a ninguno nos extrañó que a partir de esa tarde nunca más fuera a nuestro punto de encuentro y que, en ese mismo lugar, encontráramos sus escasas y pobres pertenencias. Mamá se vistió de luto riguroso y, a pesar de la ausencia de mi padre y de nuestras sospechas, nunca más volvimos al cementerio.

Trágico poema, embellecido con magistrales pinceladas.
Un gusto encontrar esta joya que a pesar de la tragedia
lo disfruto, por su bien logrado contenido.
Mi saludo en un beso cariñoso para ti.
 
Trágico poema, embellecido con magistrales pinceladas.
Un gusto encontrar esta joya que a pesar de la tragedia
lo disfruto, por su bien logrado contenido.
Mi saludo en un beso cariñoso para ti.
Hola Ramiro, qué amable al comentarme tan generosamente, me alegra que te haya gustado porque es un relato al que tengo mucho cariño a pesar de que toca un tema escabroso y muy triste, ojalá estas cosas no pasen más, ojalá no hubiera guerras en ni ningún sitio. Un abrazo.
 

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