Dime, que lo que piensas no es ese espacio infinito de palabras muertas.
Cuéntale a mis ojos ese manto de historias que imaginas cada noche.
Salpícate en todos y cada uno de los charcos de tu infancia.
Sopla las grietas de tus brazos con la fuerza necesaria para zarpar
sin rumbo
hasta que se precipiten la noche con el día.
No dejes que te hagan ser hueco.
Harán falta muchos tres coma catorce para mudar tu recuerdo.
Enséñame a creer en otras vidas.
No puede ser que olvidemos la mirada que tuvimos en el albor,
quizás no supimos explorar las limes de nuestras manos pero hemos ido
erigiendo nuestro propio horizonte.
Hoy,
a duras penas, mis palabras degluten los horrores de las franjas y las vallas,
de los muros que se elevan,
aunque nos hicieran creer que sólo servirían para el olvido.
Escarpado...
Estampida...
Eternidad...
Epílogo…