La niña y el halcón (cuento cuasi infantil)

Luis de Pablos

Poeta veterano en el Portal
Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.
 
Última edición:
¡Me encantó! Una fábula exquisitamente contada, fluida, llena de misterios,con diálogos bellos e imágenes sobrecogedoras. Un placer pasar por la maravilla de su relato, reciba mi más cordial saludo.
 
¡Me encantó! Una fábula exquisitamente contada, fluida, llena de misterios,con diálogos bellos e imágenes sobrecogedoras. Un placer pasar por la maravilla de su relato, reciba mi más cordial saludo.

Vaya, pensé que pasaría sin pena, ni gloria, pero me equivoqué.

Gracias pues, Fernando, por tu lectura y por tus agradabilísimos comentarios.

Un abrazo
 
Pues has tenido mucha suerte amigo, porque en esto de los relatos y cuentos no tenemos muchos seguidores. Me ha parecido un relato exquisito y muy bien contado. Te felcito Luis.
un abrazo.
Sí eso es cierto. Yo tampoco suelo leer mucha prosa acá en el Foro, quizá porque siempre ande con prisa, que si leo, que si publico, poemas siempre. En fin, es toda una industria.

Gracias, me encanta que te haya gustado.

Un abrazo
 
Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.

Preciosa historia con un alma rota al final que la hacen triste pero aún más singular. Me ha gustado mucho y has conseguido que vea con facilidad cada escena que relatas. !Enhorabuena Luis¡.
 
Preciosa historia con un alma rota al final que la hacen triste pero aún más singular. Me ha gustado mucho y has conseguido que vea con facilidad cada escena que relatas. !Enhorabuena Luis¡.
Eres muy amable conmigo, Jose y con mi cuentito. Pero sería hipócrita decir que no me ha alegrado. Muchas gracias, pues por ello.

Un abrazo cordial
 
Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.
Precioso cuento con aire de leyenda... Me ha encantado!!!!
Un abrazo.
 
Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.
Ayyy Luís de Pablos qué historia más conmovedora. Llena de tintes mágicos, de dulce leyenda, es inevitable adentrarse en ese maravilloso paisaje y advertir la presencia de cada uno de sus personajes, de sentir lo que ellos sienten y de pensar que se ha estado viviendo un sueño bello. Me ha gustado mucho pasar y dejarte mi humilde huella. Besazos con cariño y con admiración.
 
Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.

Bravo tocayo!! Qué historia tan bien llevada con soberbias imágenes. Se puede oír el grito del ave dando caza a la garza o es el doliente grito del Conde.
Magistral Luis, me ha encantado y lo he disfrutado.
Gran abrazo tocayo.
 
Ayyy Luís de Pablos qué historia más conmovedora. Llena de tintes mágicos, de dulce leyenda, es inevitable adentrarse en ese maravilloso paisaje y advertir la presencia de cada uno de sus personajes, de sentir lo que ellos sienten y de pensar que se ha estado viviendo un sueño bello. Me ha gustado mucho pasar y dejarte mi humilde huella. Besazos con cariño y con admiración.
Perdona loma, que haya tardado tanto en agradecerte tu lectura de este pequeño cuento.

Me alegra muchísimo leer tus agradables comentarios. No sabes la ilusión que me hacen.

Muchas gracias por ello.

Un beso con todo mi cariño.
 
Bravo tocayo!! Qué historia tan bien llevada con soberbias imágenes. Se puede oír el grito del ave dando caza a la garza o es el doliente grito del Conde.
Magistral Luis, me ha encantado y lo he disfrutado.
Gran abrazo tocayo.
Gracias Luis por tu lectura y por estos tan estimulantes y agradables comentarios. Es un verdadero placer.

Un gran abrazo, con cariño.
 
Una narrativa que atrapa al lector por el contenido y obliga a llegar al final. La trama final hace que el cuento no sea infantil por lo trágico. Saludos cordiales.

Debes releer el relato y modificar el uso inadecuado de comas que cortan la fluidez de la lectura.
 
Una narrativa que atrapa al lector por el contenido y obliga a llegar al final. La trama final hace que el cuento no sea infantil por lo trágico. Saludos cordiales.

Debes releer el relato y modificar el uso inadecuado de comas que cortan la fluidez de la lectura.
Por eso lo de cuasi infantil.

A estas alturas yo ya no muevo ni una coma, pero gracias por tu interés que aprecio sinceramente. :)

Un cordial saludo.
 
Una historia preciosa y excelentemente contada, Luis. No conocía tu prosa y me has sorprendido muy agradablemente.

Un cordial saludo con mi felicitación.


Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.
 
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Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM
 
Luis te felicito. Un cuento precioso, escrito de una forma brillante, un vocabulario espléndido.
Es un cuento de premio, amigo.
Es un placer leerte amigo, eres un escritor sobresaliente. Para mí, uno de los grandes de este foro
Abrazos, tocayo


Había una vez, o quizás nunca lo hubo pero así me lo contaron y así os lo cuento yo a vosotros, un pueblo claro y una montaña obscura. Una niña de dulces ojos y un halcón peregrino dueño del aire.

Las comadres del lugar cuentan que antaño hace ya muchos años, esas ruinas, esos montones de piedras que coronan la loma de una colina cercana al pueblo, a la derecha según se sale camino a la ermita, es lo que queda del castillo de un joven Conde, que en aquellos días acababa de volver de Tierra Santa.

La niña era hija del pastelero, y ya tan joven era conocida por su tímida belleza. Como una amapola en el verde prado.

Todos los días la niña salía, recién nacía el día, camino del bosque para recolectar los frutos y las flores y hierbas que usaba su padre para elaborar sus pasteles.

Desde hacía ya tiempo, justo en la falda de la montaña donde hace frontera con los cultivados prados, una ráfaga plateada refulgía por un momento en el aire y un soberbio halcón peregrino, raudo se lanzaba desde el pino más alto hacia el alzado brazo que la joven le ofrecía. Se posaba en él y la observaba con sus fieros ojos, apretando apenas las garras, lo necesario para mantenerse firme sin lastimar la suave piel de su muñeca.

Un minuto apenas: Dulces ojos espejean el acero líquido de las pupilas del ave de rapiña que de pronto, sin aviso, se lanzaba de nuevo al viento profiriendo un grito de victoria: El de un halcón que ha cazado la garza.

Un día cuando la joven volvía con la cesta repleta de moras, de flores, de naranjas amargas, en medio del camino como una estatua, caballo y caballero el joven Conde la estaba observando, esperándola:

Buenos días, niña.

Buenos días, Excelencia.

¿A dónde conducen tus pasos? ¿Nadie los guarda?

Vuelvo al pueblo. No es necesario, nada llevo de valor…

¡Nada dices! ¿Y el oro de tu pelo? ¿Quién cuida la seda de tu piel?

El incienso de tu boca….

¡¡Por Dios, Excelencia! ¡Qué cosas decís….!!

Retiene el Conde el caballo, que busca olisquear el rubio pelo

Lo dicho, dicho está y lo que he dicho es cierto. ¡Como que el sol alumbra!

¿Cómo es posible que tu padre no envíe contigo compaña?. Mañana, no admito excusas mi niña, a la salida del pueblo, al alba, estaré esperándote….

El sol anuncia un nuevo día y la niña al pie del crucero que marca la entrada al pueblo, se encuentra con el caballero, que horas antes ya le aguarda.

El Conde gentil le cede el caballo y toma en su diestra la cesta de paja. Uno al lado del otro caminan en silencio. Los cascos del caballo arrancan fríos ecos a las piedras del camino y los ojos del Conde, no paran de contemplar el sol, en los rubios cabellos de la niña.

El bosque está a la vista. Un relámpago de plata se precipita desde el pino más alto. Levanta como siempre el brazo la niña y el caballero presuroso busca lo que ha provocado el para él, defensivo gesto. Alza con la siniestra la ballesta armada, intentando apuntar a la mancha gris que veloz se arroja sobre la joven.

El caballo se asusta del ave de presa y levanta también sus manos al aire, aupando a la niña hacia el sol que ya nace.

El peregrino encuentra el querido brazo y un virote equivocado, triste y frío, encuentra un frágil cuello.

Se ha detenido el tiempo. No hay sonidos: El caballo sobre sus patas traseras erguido al aire. La niña con su brazo alzado, sobre el cual el halcón descansa. El Conde con la ballesta en la mano izquierda apuntando al cielo y una extraña, roja flor, que brota del pálido cuello de la dulce niña. Como una catarata el tiempo y el sonido vuelven: La niña cae del caballo, el peregrino que ha visto la muerte en sus ojos, emprende el vuelo con un grito no ya de victoria, que hace temblar al caballero que ha dejado caer la ballesta y ya corre hacia la joven dama. El caballo se pierde rumbo al pueblo, arrancando chispas de los guijarros yertos del camino…

Cuentan, aún cuentan, que por las mañanas, cuando el sol reclama el día puedes ver, si te encuentras donde el bosque hace frontera con los cultivados prados, a la falda de la montaña obscura, como un rayo de plata se deja caer veloz desde el pino más alto, hacia los verdes prados.

La gente del pueblo dice, que se puede escuchar un grito, alto y agudo, como el de un halcón peregrino cuando caza la garza.

Del montón de piedras que corona la colina cercana responde como un eco, que parece el grito, el lamento de un hombre cuando le rompen el alma.
 
Luis te felicito. Un cuento precioso, escrito de una forma brillante, un vocabulario espléndido.
Es un cuento de premio, amigo.
Es un placer leerte amigo, eres un escritor sobresaliente. Para mí, uno de los grandes de este foro
Abrazos, tocayo
Me dejaba sin agradecerte tus, como siempre, amables palabras, amigo Luis.

Aprecio mucho tu presencia en mis escritos y tus generosas consideraciones.

Recibe por ello un gran abrazo amistoso a más no poder.
 

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