Espera

ivoralgor

Poeta fiel al portal
Algo me dice que estás afuera, esperando mis labios, pensó Leopoldo sentado frente a su laptop. No quería divagar en esos pensamientos. Sus manos temblorosas intentaban escribir, pero sus ganas se resistían. Dejó que el recuerdo de Flora se agazapara en un suspiro. Era imposible resistirse a la idea de que ella aún lo esperaba. Miraba una foto de una tarde de primavera, el aire hacía ondear los cabellos de Flora. Se veía realmente feliz, casi etérea. Llevaba un vestido de tirantes color marfil. Al fondo, una parvada de palomas alzaba el vuelo. El sol acariciaba la fuente delicadamente. El rumor del agua apaciguaba el momento. La cinta blanca se soltó del cabello y ondeaba libre, como las palomas. Leopoldo reprimió una lágrima. No podía creer que Flora lo había dejado; que ese amor, que se juraron tantas veces, se haya esfumado así de repente. No resistió mucho tiempo. Miró por la ventana y la brisa mecía las ramas del naranjo desnudo. Una soledad prematura lo golpeó de lleno en el rostro. Los rayos del sol se filtraban por la ventana iluminando la cama, lugar donde ellos consumaron su amor tanta veces; un amor finito, como el ciclo inevitable del día y la noche. Veinticuatro de noviembre, alcanzó a decir; era el cumpleaños de Flora. Cumpliría, de estar viva, sesenta y cinco años. La conoció, según él, demasiado tarde. Estuvieron juntos casi tres años. Tres años no son nada, se dijo en silencio. Se fue a la cama arrastrando el alma. Cerró los ojos para intentar dormir; quería tener fuerzas para llevarle, como cada cumpleaños, un ramo de girasoles, sus favoritas.

 

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