Cuentista
Silencio, un cuento.
El Visitante
Oigo el reloj de pared sonar y retumba en mi sien a cada tic-tac, la pistola, fría como un recuerdo sin niñez yace en mis manos, pero no la he utilizado, aún no, necesitaba sentir el escalofrió de su mirada al ver que era yo quien lo asesinaba. Entré en su casa, sabedor de dónde guardaba la llave de repuesto, debajo de la tercera piedra del camino, cogí la llave, cogí la piedra e irrumpí en su morada completamente a oscuras, no necesitaba luz, conocía perfectamente aquella casa, y subí las escaleras con leves chirridos de madera.
— ¿Quién es? —preguntó.
Sin duda me escuchó llegar.
— ¿Quién eres? —preguntó otra vez
Empujé la pesada puerta, penetré, y con sus ojos de sorpresa desencajada le golpeé, y golpeé, con la piedra del camino. La sangre saltó a mi boca y a mis mejillas, manchó mi ropa y mis cabellos, y golpeé, mi reloj se partió y su cabeza también. Fue entonces, cuando escuché el tic-tac de la pared; tic-tac, tic-tac, retumbaba en mi sien, descansé, con la respiración agitada miré el cuerpo, ahora sin vida, y sonreí; ya no era tan guapo. La sangre en un lago espeso no dejaba de aumentar, y golpeé, golpeé sus piernas, golpeé sus brazos y su pecho, y los huesos se partían en un sonoro recital que solamente yo podía disfrutar, hasta que la piedra se partió y su torso también. Lo arrastré a las escaleras y allí lo empujé, él rodaba sin parar, y yo en lo alto observaba su descenso, los peldaños se pringaron de su sangre y trocitos de cabeza seccionada; ¡Qué tío!, había aguantado el golpe sin rechistar. El sabor de mi cigarro me tranquilizó y el olor de la cerilla me gustó, pero él, él no me gustaba en absoluto, así que bajé hacia donde estaba y con el pitillo en la boca comencé a patearlo... Mis zapatos ya no eran marrones, se tiñeron de un color granate con un brillo viscoso, paré el tiempo suficiente para aspirar una calada y proseguí, las paredes se tiznaron de rojo destacando sobre el fondo blanco con el que estaban pintadas ¡Qué asco!
Terminé mi cigarro y me percaté de que estaba sudado, necesitaba un trago, escupí la sangre que había entrado en mi boca ya que no era mía y cogí la botella de whisky —yo ya sabía dónde estaba, en el pequeño armario que había detrás del sofá—. Cogí la botella, cogí el armario y lo dejé caer encima de su cuerpo, y me senté, me senté en el pequeño armario mientras me terminaba la botella. Fue entonces, cuando extraje la pistola...
Ahora desde aquí oigo el maldito reloj de pared que me dice tic-tac, tic-tac; me he puesto en pie y apuntando hacia mi amigo vacío el cargador en destellos de pólvora que resuenan por toda la habitación.
Ya todo terminó, ahora puedo volver al reino de los muertos donde me enviaste, tú me mataste, yo te maté.
“Cuentista” 2014
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