Ventanitas al tiempo

Juan Oriental

Poeta que considera el portal su segunda casa
Espero no abrumar, aunque lo haga,
con tanto diminutivo de infantilidad crónica
y retrospectiva, pero cuando mi corto tiempo
de existencia era premio de dulce de durazno
casero en pan fresquito, café con leche o tal vez
mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre, y existían:
aquella ventanita mirando la lluvia en la tarde
y aquella otra ventanita mirando la lluvia
de los sauces, yo me regocijaba de la vida.

Es que por ellas veía el crepúsculo con casitas
de vecinos, encendidas como sementeras
de cientos de luciérnagas titilantes que
lentamente se iban diseminando por el campo.
Aquellas de encerrar en un frasquito para tener
linterna por un rato y luego liberarlas porque
“eran bichitos de dios, bichitos de luz”.

Tiempo de radios con música y fútbol y comedias,
cuyas escenas se ‘veían’ a pura imaginación,
y horóscopos e informativos supliendo efectivamente,
celulares, computadoras y televisores. Atardeceres
o noches de invierno con mesas de barajas honestas
o cartones
de lotería con bolillas de madera y porotos.
Tertulias rurales de sana, campesina alegría
y experimentadas charlas sobre siembra, cosecha
o animales que algún visitante sostenía con mi padre.


En ese tiempo, digo, nunca imaginé que el destino
me arrancaría de cuajo de mi pago, de mi patria
y que mi casa se elevaría hasta un noveno piso
extranjero y las casas vecinas se multiplicarían
por miles y sus luciérnagas se volverían mecánicas
y frías. Tampoco que sus tardes carecerían de dulce
de durazno casero en pan fresquito, café con leche
o mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre.

Estimo este amplio ventanal ciudadano, pero,
¡cómo añoro aquella ventanita mirando la lluvia
en la tarde y aquella otra ventanita mirando
la lluvia de los sauces!
 
Última edición:
Nostalgia de un pasado que no puede matar el tiempo,
porque las ventanitas se las ve a cada momento.
¡¡¡MARAVILLOSO!!!

Espero no abrumar, aunque lo haga,
con tanto diminutivo de infantilidad crónica
y retrospectiva, pero cuando mi corto tiempo
de existencia era expectación de dulce de durazno
casero en pan fresquito, café con leche o tal vez
mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre, y existían:
aquella ventanita mirando la lluvia en la tarde
y aquella otra ventanita mirando la lluvia
de los sauces, yo me regocijaba de la vida.

Es que por ellas veía el crepúsculo con casitas
de vecinos, encendidas como sementeras
de cientos de luciérnagas titilantes que
lentamente se iban diseminando por el campo.
Aquellas de encerrar en un frasquito para tener
linterna por un rato y luego liberarlas porque
“eran bichitos de dios, bichitos de luz”.

Tiempo de radios con música y fútbol y comedias,
cuyas escenas se ‘veían’ a pura imaginación,
y horóscopos e informativos supliendo efectivamente,
celulares, computadoras y televisores. Atardeceres
o noches con mesas de barajas honestas o cartones
de lotería con bolillas de madera y porotos.
Reuniones
de sana, campesina alegría
y experimentadas charlas sobre siembra, cosecha
o animales que algún visitante sostenía con mi padre.


En ese tiempo, digo, nunca imaginé que el destino
me arrancaría de cuajo de mi pago, de mi patria
y que mi casa se elevaría hasta un noveno piso
extranjero y las casas vecinas se multiplicarían
por miles y sus luciérnagas se volverían mecánicas
y frías. Tampoco que sus tardes carecerían de dulce
de durazno casero en pan fresquito, café con leche
o mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre.

Estimo este amplio ventanal al progreso, pero,
¡cómo añoro aquella ventanita mirando la lluvia
en la tarde y aquella otra ventanita mirando
la lluvia de los sauces!
 
Espero no abrumar, aunque lo haga,
con tanto diminutivo de infantilidad crónica
y retrospectiva, pero cuando mi corto tiempo
de existencia era premio de dulce de durazno
casero en pan fresquito, café con leche o tal vez
mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre, y existían:
aquella ventanita mirando la lluvia en la tarde
y aquella otra ventanita mirando la lluvia
de los sauces, yo me regocijaba de la vida.

Es que por ellas veía el crepúsculo con casitas
de vecinos, encendidas como sementeras
de cientos de luciérnagas titilantes que
lentamente se iban diseminando por el campo.
Aquellas de encerrar en un frasquito para tener
linterna por un rato y luego liberarlas porque
“eran bichitos de dios, bichitos de luz”.

Tiempo de radios con música y fútbol y comedias,
cuyas escenas se ‘veían’ a pura imaginación,
y horóscopos e informativos supliendo efectivamente,
celulares, computadoras y televisores. Atardeceres
o noches de invierno con mesas de barajas honestas
o cartones
de lotería con bolillas de madera y porotos.
Tertulias rurales de sana, campesina alegría
y experimentadas charlas sobre siembra, cosecha
o animales que algún visitante sostenía con mi padre.


En ese tiempo, digo, nunca imaginé que el destino
me arrancaría de cuajo de mi pago, de mi patria
y que mi casa se elevaría hasta un noveno piso
extranjero y las casas vecinas se multiplicarían
por miles y sus luciérnagas se volverían mecánicas
y frías. Tampoco que sus tardes carecerían de dulce
de durazno casero en pan fresquito, café con leche
o mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre.

Estimo este amplio ventanal ciudadano, pero,
¡cómo añoro aquella ventanita mirando la lluvia
en la tarde y aquella otra ventanita mirando
la lluvia de los sauces!

Cuanta arte hay en tu poética melancólica mi amigo. Un abrazo fuerte.
 
Espero no abrumar, aunque lo haga,
con tanto diminutivo de infantilidad crónica
y retrospectiva, pero cuando mi corto tiempo
de existencia era premio de dulce de durazno
casero en pan fresquito, café con leche o tal vez
mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre, y existían:
aquella ventanita mirando la lluvia en la tarde
y aquella otra ventanita mirando la lluvia
de los sauces, yo me regocijaba de la vida.

Es que por ellas veía el crepúsculo con casitas
de vecinos, encendidas como sementeras
de cientos de luciérnagas titilantes que
lentamente se iban diseminando por el campo.
Aquellas de encerrar en un frasquito para tener
linterna por un rato y luego liberarlas porque
“eran bichitos de dios, bichitos de luz”.

Tiempo de radios con música y fútbol y comedias,
cuyas escenas se ‘veían’ a pura imaginación,
y horóscopos e informativos supliendo efectivamente,
celulares, computadoras y televisores. Atardeceres
o noches de invierno con mesas de barajas honestas
o cartones
de lotería con bolillas de madera y porotos.
Tertulias rurales de sana, campesina alegría
y experimentadas charlas sobre siembra, cosecha
o animales que algún visitante sostenía con mi padre.


En ese tiempo, digo, nunca imaginé que el destino
me arrancaría de cuajo de mi pago, de mi patria
y que mi casa se elevaría hasta un noveno piso
extranjero y las casas vecinas se multiplicarían
por miles y sus luciérnagas se volverían mecánicas
y frías. Tampoco que sus tardes carecerían de dulce
de durazno casero en pan fresquito, café con leche
o mate dulce y pastelitos con membrillo hechos
por las manos artesanas de mi madre.

Estimo este amplio ventanal ciudadano, pero,
¡cómo añoro aquella ventanita mirando la lluvia
en la tarde y aquella otra ventanita mirando
la lluvia de los sauces!
Pasado ultimo, contemplacion para en la intencion fugaz
hacer mirada entre el vapor de las ventanas de un tiempo
que se escapa. felicidades, melancolia que añorante se
hace arte rezumado.
felicidades. luzyabsenta
 

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