Tórtolos

ivoralgor

Poeta fiel al portal
Me daba envidia verlos tan juntos. Sus miradas destilaban miel. Ella se llamaba Nilvia y él Fernando. Los conocí cuando trabajaba, como Asesor Financiero, en Food & Fruits Co., con sede en Villahermosa. Jamás me los presentaron, pero me llegué a enterar en qué departamentos trabajaban. Nilvia era Asistente Administrativo; cabello largo, ojos castaño oscuro, cuerpo delgado y un andar sexy. Fernando era Auxiliar de Producción; ojos miel, complexión media y cabello quebrado. Siempre comían juntos; pocas veces los vi comer con otros compañeros. Se sentaban en una mesa ubicada en un rincón apartado del comedor; quizá para que nadie sospechara de sus amoríos, ya que, según pude averiguar más tardes, los dos eran casados. Él se desvivía por atenderla: siempre había un pequeño postre para dos. Se rozaban las manos, levemente, bajo la mesa. Ella apretaba la piernas y ladeaba un poco la cabeza, como queriendo reprimir un gemido de placer. Él miraba en derredor para ejecutar el roce y evitar exponerla. Así era casi todos los días. De súbito, ella fue más obvia: le apretaba el brazo, acurrucaba su cabeza en su hombro, le daba palmaditas a manera de reproche. Se veía realmente enamorada. Los contemplaba desde un lugar diametralmente opuesto, pero con visibilidad idónea. Parecían un par de tórtolos en plena danza de apareamiento.

Esas escenas me recordaron que yo hacía lo mismo con Yarely. Tuvimos nuestro amorío cinco años después de haberme casado con Isaura. Destilábamos amor. A diferencia de Nilvia y Fernando, nosotros nos veíamos después de las seis de la tarde. Era un acuerdo que tuvimos para vivir nuestro amor. Llegué a pensar, seriamente, en divorciarme para irme a vivir con ella. Jamás lo hice. Me llenaba de caricias en el automóvil, en el motel, en el departamento rentado, en donde fuera que estuviéramos. Sentir su respiración en mi pecho me daba esa calma que necesitaba para vivir la cruda realidad: deudas, familia disfuncional, esposa caprichosa, estrés. Ella tuvo un accidente camino a casa y murió instantáneamente. Quedé deshecho. Ya no quería saber nada del puto amor. Me volví más agrio, mi creatividad se esfumó. Isaura se cansó de mis constantes arranques de histeria y se divorció de mí dos años después de la muerte de Yarely.

Una tarde, me los encontré en el estacionamiento platicando como dos enamorados en primavera. Hacía frío, pero no les importaba un comino. Carraspeé y, tragando mi amargura y envidia, fui hacia ellos. Hola, dije nervioso. Los dos se quedaron petrificados. Sólo quiero, sé que no debo meterme en sus vidas, darles un consejo. Fernando apretó los dientes. Cálmate, dije inmediatamente, es para calmar mi alma muerta e iracunda. Suavizó la mirada y Nilvia se acercó a él tomándolo del brazo. No sean tan obvios en la trabajo, alcancé a decir, es mejor que vivan ese amor fuera del horario de trabajo. Los envidio, finalicé y me fui a mi automóvil. Esa noche recordé aún más a Yarely. Desperté con lágrimas de los ojos. Nilvia y Fernando me empezaron a ver con odio, después de eso, y, dejaron de comer juntos.

 
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