Fingal
Poeta adicto al portal
Palabras retorcidas y mutiladas,
quemadas y arrasadas.
Palabras desoladas,
torturadas y acabadas.
Palabras del color
del brillo pálido de los ojos de la no-vida.
Palabras que aprenden a gemir en su silencio.
Y aun así, sólo palabras.
Palabras que debería estrellar contra el papel
para que entiendan un poco qué representan.
Ojos que no saben dónde mirar,
manos que no saben dónde tocar,
cuerpo que no encuentra dónde sostenerse,
soledad que no encuentra dónde perderse.
Paisaje de ruinas abandonadas.
No, tu cabaña no está vacía.
Quizá no sabes por qué,
pero dejaste una luz encendida.
Y el sol detenido
en esta luz sombría
y esta noche incompleta de crepúsculo.
Medio escondido detrás de medio nubes
que medio dejan ver su silueta.
Y mi sombra cruza bajo la rendija de tu puerta,
y mi alma la atraviesa
y mi cuerpo la abre y entra.
Quizá me preguntes dónde he estado.
Quizá me preguntes por qué he vuelto.
Quizá me reciba la comprensión de tu silencio.
Y sabes que sólo así encontrarás la respuesta.
No necesito abrir los ojos para verme a tu lado.
Y mientras velo tu sueño, sentirás mi abrazo.
Y mientras duermes mi vela, sentiré tu abrazo.
Ella y todos han subido al Olimpo
a pedir explicaciones a los dioses.
San Pedro cierra la puerta y dice que se han ido.
No miente; yo he visto morir a los míos.
Los enterradores enterraron ataúdes vacíos
y me enseñaron una lápida con tu nombre escrito.
Te traje un sortilegio para resucitarte.
No, tu cabaña no está vacía,
y en esta medio noche - medio día,
que ni muestra ni esconde las sombras,
tu luz
es la única que veo encendida.
Han envenenado el agua que bebemos,
han envenenado el aire que respiramos
y han envenenado los espejos donde nos miramos.
Por eso vengo a ofrecerte mi sangre,
a que respires mi aliento
y a mirarme en el cristal de tu mirada.
Más allá,
donde el tiempo no atrapa el presente ni el futuro
para convertirlos en pasado,
quedan ilusiones nuevas.
Más allá,
donde la fantasía
no se hace añicos contra la realidad.
Más allá no hay caminos
y sólo puedes avanzar colgado de tus alas.
Más allá no hay sol;
hay una esfera de fuego
que se mete dentro de cada cuerpo
y quema sus entrañas,
y funde las plumas de las alas.
Pero siempre queremos más.
Necesito un colchón de plumas reales,
necesito una almohada de plumas reales,
necesito caricias de manos reales
y palabras y besos de labios reales.
El sol no acaba de ocultarse
y la luna no acaba de asomarse.
Ya no queda nadie para moverles,
pero al tiempo no le importa
y avanza indiferente.
Y vosotros volvéis
con una biblia en las manos.
Sabed que las palabras
no siguen siendo verdad
solo por estar escritas.
Pero yo sigo creyendo en ti
y sigo creyendo en él.
Y tal vez tú
sigas creyendo en nosotros.
Y tal vez él
siga creyendo en nosotros.
El dios de todos sigue sin haber nacido,
y ahora los dioses de cada uno están muertos.
Cabalgad sobre los ídolos,
¡cabalgad sobre los ídolos!,
sobre vuestras oraciones y esperanzas
amontonadas y olvidadas.
San Pedro se ha convertido en piedra
y no podrá cerrarnos las puertas.
Cabalgad sobre los ídolos,
haced escaleras con los altares
y alas con las túnicas de los sacerdotes.
Los que sepáis hacerlo,
podéis llorar.
Y mañana, cuando la desolación hambrienta
devore nuestras lágrimas,
dejaremos y perderemos esta tierra
y subiremos y llenaremos el Olimpo.
Álvaro del Prado,
en algún lugar del mundo,
hacia finales de 1991 o principios de 1992.
© Todos los derechos reservados.
Esto sale del baúl de los recuerdos, de cuando no apuntaba las fechas. El título se lo he puesto ahora, pensando en las circunstancias en que lo escribí.
quemadas y arrasadas.
Palabras desoladas,
torturadas y acabadas.
Palabras del color
del brillo pálido de los ojos de la no-vida.
Palabras que aprenden a gemir en su silencio.
Y aun así, sólo palabras.
Palabras que debería estrellar contra el papel
para que entiendan un poco qué representan.
Ojos que no saben dónde mirar,
manos que no saben dónde tocar,
cuerpo que no encuentra dónde sostenerse,
soledad que no encuentra dónde perderse.
Paisaje de ruinas abandonadas.
No, tu cabaña no está vacía.
Quizá no sabes por qué,
pero dejaste una luz encendida.
Y el sol detenido
en esta luz sombría
y esta noche incompleta de crepúsculo.
Medio escondido detrás de medio nubes
que medio dejan ver su silueta.
Y mi sombra cruza bajo la rendija de tu puerta,
y mi alma la atraviesa
y mi cuerpo la abre y entra.
Quizá me preguntes dónde he estado.
Quizá me preguntes por qué he vuelto.
Quizá me reciba la comprensión de tu silencio.
Y sabes que sólo así encontrarás la respuesta.
No necesito abrir los ojos para verme a tu lado.
Y mientras velo tu sueño, sentirás mi abrazo.
Y mientras duermes mi vela, sentiré tu abrazo.
Ella y todos han subido al Olimpo
a pedir explicaciones a los dioses.
San Pedro cierra la puerta y dice que se han ido.
No miente; yo he visto morir a los míos.
Los enterradores enterraron ataúdes vacíos
y me enseñaron una lápida con tu nombre escrito.
Te traje un sortilegio para resucitarte.
No, tu cabaña no está vacía,
y en esta medio noche - medio día,
que ni muestra ni esconde las sombras,
tu luz
es la única que veo encendida.
Han envenenado el agua que bebemos,
han envenenado el aire que respiramos
y han envenenado los espejos donde nos miramos.
Por eso vengo a ofrecerte mi sangre,
a que respires mi aliento
y a mirarme en el cristal de tu mirada.
Más allá,
donde el tiempo no atrapa el presente ni el futuro
para convertirlos en pasado,
quedan ilusiones nuevas.
Más allá,
donde la fantasía
no se hace añicos contra la realidad.
Más allá no hay caminos
y sólo puedes avanzar colgado de tus alas.
Más allá no hay sol;
hay una esfera de fuego
que se mete dentro de cada cuerpo
y quema sus entrañas,
y funde las plumas de las alas.
Pero siempre queremos más.
Necesito un colchón de plumas reales,
necesito una almohada de plumas reales,
necesito caricias de manos reales
y palabras y besos de labios reales.
El sol no acaba de ocultarse
y la luna no acaba de asomarse.
Ya no queda nadie para moverles,
pero al tiempo no le importa
y avanza indiferente.
Y vosotros volvéis
con una biblia en las manos.
Sabed que las palabras
no siguen siendo verdad
solo por estar escritas.
Pero yo sigo creyendo en ti
y sigo creyendo en él.
Y tal vez tú
sigas creyendo en nosotros.
Y tal vez él
siga creyendo en nosotros.
El dios de todos sigue sin haber nacido,
y ahora los dioses de cada uno están muertos.
Cabalgad sobre los ídolos,
¡cabalgad sobre los ídolos!,
sobre vuestras oraciones y esperanzas
amontonadas y olvidadas.
San Pedro se ha convertido en piedra
y no podrá cerrarnos las puertas.
Cabalgad sobre los ídolos,
haced escaleras con los altares
y alas con las túnicas de los sacerdotes.
Los que sepáis hacerlo,
podéis llorar.
Y mañana, cuando la desolación hambrienta
devore nuestras lágrimas,
dejaremos y perderemos esta tierra
y subiremos y llenaremos el Olimpo.
Álvaro del Prado,
en algún lugar del mundo,
hacia finales de 1991 o principios de 1992.
© Todos los derechos reservados.
Esto sale del baúl de los recuerdos, de cuando no apuntaba las fechas. El título se lo he puesto ahora, pensando en las circunstancias en que lo escribí.