Eratalia
Con rimas y a lo loco
http://www.mundopoesia.com/foros/temas/eliodora-la-bella-romance-medieval-ii.582702/
Ahora, a continuación,
el mismo romance cuento,
Pero si eres guapa o fea,
eso cambia el argumento.
***
La pobre Eliodora estaba
oteando en una almena,
ve un jinete que se acerca
y de esperanza se llena.
-Deteneos, caballero,
y alzad la vista, os lo ruego,
sabed que estoy vigilada
por un dragón que echa fuego.
-Decidme señora, al punto,
si yo os puedo ayudar;
soy osado caballero
y no me voy a arredrar.
El caballero la mira
e intenta ver su hermosura,
pero no distingue bien
porque es muy grande la altura.
-Ayudadme, os lo suplico,
acabad con el dragón…
Si lo hacéis, mi noble hidalgo,
os daré mi corazón.
Al momento descabalga
el muy osado doncel
y, aproximándose a un árbol,
ata al brioso corcel.
Arrojado y valeroso
va al encuentro del dragón.
Sube un escalón y otro,
¡no tiene fin la ascensión!
El caballero no llega
y ya ha pasado una hora
¿Es que se habrá arrepentido?
De pensarlo, casi llora.
Al poco la puerta se abre
y entra un joven muy bello,
que apenas puede ya andar,
porque viene sin resuello.
-Oídme, buena señora…
al dragón no lo he encontrado,
pero son mil escalones
y vengo un poco cansado.
-Os confieso que mentí,
no existe ningún dragón,
mi vida es muy aburrida
y quería darle emoción.
-¡Sois una mujer taimada!,
-dice él, fuera de quicio-,
y, cuando la tiene cerca,
ve que es más fea que Picio.
-Oh, que áspero y grosero,
qué poco amable y atento;
en vez de veros feliz,
por estar en mi aposento.
-Permitidme que me calle
y no conteste a tal cosa,
porque soy un caballero,
Gumersindo de la Rosa.
Nada tenéis que temer,
aunque yo esté en esta pieza,
vuestra virtud queda intacta,
pues me largo con presteza.
Así que ahí quedáis, ladina,
de mí os habéis reído…
Me marcho más que enfadado,
enojado y resentido.
Eliodora ve partir
al caballero en cuestión.
-¡Ay, que pena, otro que falla,
se me parte el corazón!
Suspira Eliodora triste,
se retoca con esmero,
y espera pacientemente
que llegue otro caballero…
e intenta ver su hermosura,
pero no distingue bien
porque es muy grande la altura.
-Ayudadme, os lo suplico,
acabad con el dragón…
Si lo hacéis, mi noble hidalgo,
os daré mi corazón.
Al momento descabalga
el muy osado doncel
y, aproximándose a un árbol,
ata al brioso corcel.
Arrojado y valeroso
va al encuentro del dragón.
Sube un escalón y otro,
¡no tiene fin la ascensión!
El caballero no llega
y ya ha pasado una hora
¿Es que se habrá arrepentido?
De pensarlo, casi llora.
Al poco la puerta se abre
y entra un joven muy bello,
que apenas puede ya andar,
porque viene sin resuello.
-Oídme, buena señora…
al dragón no lo he encontrado,
pero son mil escalones
y vengo un poco cansado.
-Os confieso que mentí,
no existe ningún dragón,
mi vida es muy aburrida
y quería darle emoción.
-¡Sois una mujer taimada!,
-dice él, fuera de quicio-,
y, cuando la tiene cerca,
ve que es más fea que Picio.
-Oh, que áspero y grosero,
qué poco amable y atento;
en vez de veros feliz,
por estar en mi aposento.
-Permitidme que me calle
y no conteste a tal cosa,
porque soy un caballero,
Gumersindo de la Rosa.
Nada tenéis que temer,
aunque yo esté en esta pieza,
vuestra virtud queda intacta,
pues me largo con presteza.
Así que ahí quedáis, ladina,
de mí os habéis reído…
Me marcho más que enfadado,
enojado y resentido.
Eliodora ve partir
al caballero en cuestión.
-¡Ay, que pena, otro que falla,
se me parte el corazón!
Suspira Eliodora triste,
se retoca con esmero,
y espera pacientemente
que llegue otro caballero…
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