Tu sonrisa elegante,
delicadas palabras
salen de tus manos con finura.
Regalas las emociones
a este corazón deudor.
Tú que estás cerca del arrayán
te perfumas con él los dedos
y hasta este mar llega su aroma.
A ti no te engañaron el mirto y el acanto,
no te engañó el corazón de la granada
que, pechiabierta, derrama su dulzor
y tiñe tus versos de azúcar carmín.
Hasta el océano llegaste
y el agua, siempre presente,
se hizo espuma y se hizo nieve
para corresponder.
Pero mi verso mínimo
no podrá, no sabrá,
no tendrá la palabra
digna de tu lira.
Queda la deuda pendiente
para siempre,
y este corazón endeudado
para siempre.
Con lágrimas que se confunden con la lluvia vuelvo a leer este regalo que me ha llevado al bosque donde nos conocimos y donde recitamos todos nuestras emociones.
Recibe, recibid, el más cariñoso de los abrazos.
Salva.