E. Takekami
Poeta recién llegado
Lima amanece y el cielo proyecta su aliento podrido
Carlos, el portero, me saluda efusivamente ’¿Hasta cuándo se queda?’
Le doy un abrazo.
Las señoras miran como gallinas que ya no empollan y tosen. El teléfono suena ’¿Almorzamos?’
’Me voy a lo de Víctor. Si quieres algo en la tarde’.
Camino Real está en reconstrucción otra vez, cruzo una tiendecilla llamada „la casa del alfajor“ . Camino por el parque Olivar y sus veredas me recuerdan al llanto de un pastor belga mallinois.
Las veredas son láminas de sufrimiento. Tacones rotos, la sangre de un ciclista, la pata de una muleta.
Salgo del parque y veo la casa de un estilista peruano que fue asesinado recientemente. Lo golpearon y le robaron. Dos casas más allá llego al edificio de Bárbara, mi novia de toda la vida.
Creo que ahora vive en Roma, y que se comprometió con un inglés que la engaña regularmente.
Yo también la engañaba. Ella leía "los 7 hábitos de la gente altamente eficiente" y a mi me gustaban otras cosas.
Camino un poco más, cruzo la avenida Arequipa, y llega el recuerdo mi padre. Cuando era niño fantaseaba con asesinarlo pero con el tiempo me hice más flaco y él murió por otros motivos.
Veo que Víctor me espera en la banqueta.
’Oye, si no sé que vienes no te reconozco, ¿cómo estás? ¿cuánto tiempo te quedas?’
(todos preguntan lo mismo)
Víctor me conoce más que la mayoría de mis amigos, y que mis familiares.
Lo mismo me pasó con Don Pedro, el chofer y Walter, el guardaespaldas de Sandra. De quienes aprendí todo lo importante.
’Víctor, ¿tu crees que soy un hijo de puta?’
’No pues.’ ’El que es un maldito es el alcalde.’
’¿Quiere cortar las palmeras no?’
’Sí. Ése.’
Carlos, el portero, me saluda efusivamente ’¿Hasta cuándo se queda?’
Le doy un abrazo.
Las señoras miran como gallinas que ya no empollan y tosen. El teléfono suena ’¿Almorzamos?’
’Me voy a lo de Víctor. Si quieres algo en la tarde’.
Camino Real está en reconstrucción otra vez, cruzo una tiendecilla llamada „la casa del alfajor“ . Camino por el parque Olivar y sus veredas me recuerdan al llanto de un pastor belga mallinois.
Las veredas son láminas de sufrimiento. Tacones rotos, la sangre de un ciclista, la pata de una muleta.
Salgo del parque y veo la casa de un estilista peruano que fue asesinado recientemente. Lo golpearon y le robaron. Dos casas más allá llego al edificio de Bárbara, mi novia de toda la vida.
Creo que ahora vive en Roma, y que se comprometió con un inglés que la engaña regularmente.
Yo también la engañaba. Ella leía "los 7 hábitos de la gente altamente eficiente" y a mi me gustaban otras cosas.
Camino un poco más, cruzo la avenida Arequipa, y llega el recuerdo mi padre. Cuando era niño fantaseaba con asesinarlo pero con el tiempo me hice más flaco y él murió por otros motivos.
Veo que Víctor me espera en la banqueta.
’Oye, si no sé que vienes no te reconozco, ¿cómo estás? ¿cuánto tiempo te quedas?’
(todos preguntan lo mismo)
Víctor me conoce más que la mayoría de mis amigos, y que mis familiares.
Lo mismo me pasó con Don Pedro, el chofer y Walter, el guardaespaldas de Sandra. De quienes aprendí todo lo importante.
’Víctor, ¿tu crees que soy un hijo de puta?’
’No pues.’ ’El que es un maldito es el alcalde.’
’¿Quiere cortar las palmeras no?’
’Sí. Ése.’
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