Lightyear
Poeta fiel al portal
En plena guerra civil ya era viuda, con dos hijos pequeños. A su marido, que era ferroviario, le mató un
tren; apenas llevaban cuatro años casados. Nunca le olvidó, fue su único gran amor.
Estaba sola, con los dos peques, (había tenido otro pero murió prematuramente), así es que tuvo que
buscarse la vida realizando los trabajos más duros, de sol a sol. Había que comer.
Sus hijos fueron a la escuela, pero la abandonaron antes de tiempo: sobrevivir o estudiar. Estudiar, por
aquel entonces, era cosa de ricos, por muy zopencos que fuesen. Así es que con tan sólo 14 años empezaron a trabajar. Uno de ellos, el bueno, nunca la ayudó demasiado. Se casó, tuvo una hija, y a
ellas dedicó su vida.
El "díscolo" vivió su juventud intensamente; tampoco se ocupó mucho de Nina. Con los años, después de
haber tenido mil y una novias, conoció a la que hoy en día sigue siendo su mujer. De esa unión nació una
niña en la que Nina volcó todo su amor.
En invierno la llevaba todas las tardes a su casa. Una casita de pueblo, modesta pero muy bien cuidada,
con un huerto que parecía un jardín; al fondo una higuera enorme, bajo la que jugaban los niños del pueblo. Nina siempre amó la tierra, mimaba las las plantas, las flores...plantaba de todo. La tierra fue
agradecida con ella, nunca le negó sus frutos.
En verano, todos los días playa. Nina jamás se puso un bañador. ¡Como disfrutaba su nieta! Se pasaba las horas metida en el mar, excepto después de comer. ¡3 horas de digestión! Aunque su única comida eran
tres lonchas de mortadela rebozada. Se acercaba al muro, donde rompían las olas al subir la marea, la
salpicaban y le decía a su abuela: "Bueli, déjame bañarme, ya estoy calada." Y la abuela siempre se negaba.
Nina la llevaba al cine, le compra cuentos, libros después. Cuentos que devoraba, que la trasportaban
a otros mundos, naciendo así su afición por la lectura. Irónicamente, Nina era analfabeta.
Con el transcurrir de los años, compartieron el hogar familiar. La abuela se mudó a casa de su hijo,
de su nuera y de su nieta.
A la niña, que ya no lo era tanto, le encantaba dormir con la abuela, que se quejaba porque la cama
era estrecha. La nieta padeció de insomnio desde pequeña, y sólo cuando sentía el cuerpo de su abuela junto al suyo conseguía dormir.
Los años no pasan en balde para nadie, Nina se iba apagando poquito a poco. Por las tardes, para animarla, su nieta se sentaba junto a ella en el sofá. Le enseñaba libros repletos de imágenes: plantas, flores, animales...¡ah! y recetarios de cocina. También le leía lo que Nina le pedía. A veces
lograba arrancarle una sonrisa; era entonces cuando el corazón de su nieta sonreía también.
Nina murió sin estrépito, al igual que el resto de su vida, a punto de meterse a la cama.
¡Cuanto amor me diste, abuela! En los primeros años, tras su muerte, creía verte en cualquier viejecita que guardase un remoto parecido contigo. Sentía un intenso dolor al darme cuenta de que
no eras tú. Tu recuerdo ahora se traduce en calma.
¡CUANTO TE QUISE, ABUELA, CUANTO TE QUIERO!
tren; apenas llevaban cuatro años casados. Nunca le olvidó, fue su único gran amor.
Estaba sola, con los dos peques, (había tenido otro pero murió prematuramente), así es que tuvo que
buscarse la vida realizando los trabajos más duros, de sol a sol. Había que comer.
Sus hijos fueron a la escuela, pero la abandonaron antes de tiempo: sobrevivir o estudiar. Estudiar, por
aquel entonces, era cosa de ricos, por muy zopencos que fuesen. Así es que con tan sólo 14 años empezaron a trabajar. Uno de ellos, el bueno, nunca la ayudó demasiado. Se casó, tuvo una hija, y a
ellas dedicó su vida.
El "díscolo" vivió su juventud intensamente; tampoco se ocupó mucho de Nina. Con los años, después de
haber tenido mil y una novias, conoció a la que hoy en día sigue siendo su mujer. De esa unión nació una
niña en la que Nina volcó todo su amor.
En invierno la llevaba todas las tardes a su casa. Una casita de pueblo, modesta pero muy bien cuidada,
con un huerto que parecía un jardín; al fondo una higuera enorme, bajo la que jugaban los niños del pueblo. Nina siempre amó la tierra, mimaba las las plantas, las flores...plantaba de todo. La tierra fue
agradecida con ella, nunca le negó sus frutos.
En verano, todos los días playa. Nina jamás se puso un bañador. ¡Como disfrutaba su nieta! Se pasaba las horas metida en el mar, excepto después de comer. ¡3 horas de digestión! Aunque su única comida eran
tres lonchas de mortadela rebozada. Se acercaba al muro, donde rompían las olas al subir la marea, la
salpicaban y le decía a su abuela: "Bueli, déjame bañarme, ya estoy calada." Y la abuela siempre se negaba.
Nina la llevaba al cine, le compra cuentos, libros después. Cuentos que devoraba, que la trasportaban
a otros mundos, naciendo así su afición por la lectura. Irónicamente, Nina era analfabeta.
Con el transcurrir de los años, compartieron el hogar familiar. La abuela se mudó a casa de su hijo,
de su nuera y de su nieta.
A la niña, que ya no lo era tanto, le encantaba dormir con la abuela, que se quejaba porque la cama
era estrecha. La nieta padeció de insomnio desde pequeña, y sólo cuando sentía el cuerpo de su abuela junto al suyo conseguía dormir.
Los años no pasan en balde para nadie, Nina se iba apagando poquito a poco. Por las tardes, para animarla, su nieta se sentaba junto a ella en el sofá. Le enseñaba libros repletos de imágenes: plantas, flores, animales...¡ah! y recetarios de cocina. También le leía lo que Nina le pedía. A veces
lograba arrancarle una sonrisa; era entonces cuando el corazón de su nieta sonreía también.
Nina murió sin estrépito, al igual que el resto de su vida, a punto de meterse a la cama.
¡Cuanto amor me diste, abuela! En los primeros años, tras su muerte, creía verte en cualquier viejecita que guardase un remoto parecido contigo. Sentía un intenso dolor al darme cuenta de que
no eras tú. Tu recuerdo ahora se traduce en calma.
¡CUANTO TE QUISE, ABUELA, CUANTO TE QUIERO!