Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Me tumbé en la alfombra, y la lámpara se convirtió en una ostra mutilada cuya perla me observaba, quizás muerta, quizás sólo ida. Su ojo hueco me hacía preguntas para las que no encontraba respuesta; sólo pude devolverle esa misma mirada vacía.
Oía a M hablar sobre algo, pero su voz me llegaba como un eco difuminado. Grieta y Miguel también hablaban. Todo rebotaba contra el humo y las palabras se caían a mi alrededor, destrozadas. El cadáver de ostra que pendía del techo me había devorado. ¡Qué paz, salir del mundo, de la conciencia y de la carne! Qué paz tan mentirosa...
- Voy a arder.
Eso dije. No sé si llegaron a oírme o si llegué a decirlo en voz alta. Probablemente fue un murmullo tan fugaz que se perdió entre calada y calada y entre los espacios del pandemónium.
Oía a M hablar sobre algo, pero su voz me llegaba como un eco difuminado. Grieta y Miguel también hablaban. Todo rebotaba contra el humo y las palabras se caían a mi alrededor, destrozadas. El cadáver de ostra que pendía del techo me había devorado. ¡Qué paz, salir del mundo, de la conciencia y de la carne! Qué paz tan mentirosa...
- Voy a arder.
Eso dije. No sé si llegaron a oírme o si llegué a decirlo en voz alta. Probablemente fue un murmullo tan fugaz que se perdió entre calada y calada y entre los espacios del pandemónium.