ivoralgor
Poeta fiel al portal
Corría el primer día del año dos mil, ese día apocalíptico del que todos hablaban: se iba a acabar el mundo. Planeamos, mis hijos y yo, irnos a ver el mar por si los vaticinios resultaban ciertos; así nos quedaría el consuelo de cumplir nuestro último deseo: morir en el puerto.
Eran las cinco de la mañana, tinto en mano, salí a contemplar la negrura que cubría el mar, el arrullo de las olas, la brisa fría de enero y la soledad de las arenas. Sergio, mi hijo mayor, dormía agazapado en el sillón, luego de una larga charla conmigo. Amalia estaba durmiendo en el cuarto, ella sucumbió al festejo a las dos de la mañana. Más que celebrar el año apocalíptico, estaba dándome otra oportunidad para creer en algo o en alguien, lo primero que sucediera. Ese frío me hizo recordar. Ya no soy el mismo, le oí decir a Juan. Esa mañana, la neblina cubría todo y el frío calaba los huesos. Se había ido de putas y por estúpida me desvelé esperándolo. Me cuesta recordar esos momentos dolorosos, es como tener un amor atravesado, de esos que hieran demasiado y la agonía dura más de una vida. Mira, continuó, mis sueños y mis ganas ya no caben en esta casa. No supe si lo decía en serio o sólo quería encabronarme, pero las lágrimas empezaron a brotar lentamente. Apreté los dientes y los puños. Sergio estaba durmiendo en nuestra cama. Quise gritar, pero pensé en Amalia. Ella se levantó a las tres de la mañana y soñolienta buscó mi cobijo. Al levantarme de la cama por el insomnio, me siguió hasta la sala y se volvió a dormir, hecha un ovillo, en el sillón más grande. Le hice un ademán con la mano para que dejara de hablar. Me acerqué lo suficiente para propinarle un par de bofetadas. Se movió Amalia en el sillón mientras él se sobaba las mejillas. Luego vengo por mis cosas, dijo agarrando las llaves del carro, cuando los niños estén en la escuela y tú trabajando. El sonido de los goznes, al cerrarse la puerta, retumbaron en mi cabeza por varios meses. Quedé hecha añicos y los niños más callados.
Fue muy duro salir avante sola. Reconozco que Juan me apoyaba, pero más por obligación que por ganas. Tuve que recurrir a psicólogos y terapias ocupacionales para mitigar esa agonía que dura más de una vida. Los primeros rayos del sol me sacaron del trancen. Sorbí el tinto. Una lágrima brotó sin darme cuenta. Añoro que alguien una todas mis piezas y las restaure con caricias, paciencia, compañía y amor; ese fue mi único de deseo de año nuevo. Aún tengo días en que siento un amor atravesado.
Eran las cinco de la mañana, tinto en mano, salí a contemplar la negrura que cubría el mar, el arrullo de las olas, la brisa fría de enero y la soledad de las arenas. Sergio, mi hijo mayor, dormía agazapado en el sillón, luego de una larga charla conmigo. Amalia estaba durmiendo en el cuarto, ella sucumbió al festejo a las dos de la mañana. Más que celebrar el año apocalíptico, estaba dándome otra oportunidad para creer en algo o en alguien, lo primero que sucediera. Ese frío me hizo recordar. Ya no soy el mismo, le oí decir a Juan. Esa mañana, la neblina cubría todo y el frío calaba los huesos. Se había ido de putas y por estúpida me desvelé esperándolo. Me cuesta recordar esos momentos dolorosos, es como tener un amor atravesado, de esos que hieran demasiado y la agonía dura más de una vida. Mira, continuó, mis sueños y mis ganas ya no caben en esta casa. No supe si lo decía en serio o sólo quería encabronarme, pero las lágrimas empezaron a brotar lentamente. Apreté los dientes y los puños. Sergio estaba durmiendo en nuestra cama. Quise gritar, pero pensé en Amalia. Ella se levantó a las tres de la mañana y soñolienta buscó mi cobijo. Al levantarme de la cama por el insomnio, me siguió hasta la sala y se volvió a dormir, hecha un ovillo, en el sillón más grande. Le hice un ademán con la mano para que dejara de hablar. Me acerqué lo suficiente para propinarle un par de bofetadas. Se movió Amalia en el sillón mientras él se sobaba las mejillas. Luego vengo por mis cosas, dijo agarrando las llaves del carro, cuando los niños estén en la escuela y tú trabajando. El sonido de los goznes, al cerrarse la puerta, retumbaron en mi cabeza por varios meses. Quedé hecha añicos y los niños más callados.
Fue muy duro salir avante sola. Reconozco que Juan me apoyaba, pero más por obligación que por ganas. Tuve que recurrir a psicólogos y terapias ocupacionales para mitigar esa agonía que dura más de una vida. Los primeros rayos del sol me sacaron del trancen. Sorbí el tinto. Una lágrima brotó sin darme cuenta. Añoro que alguien una todas mis piezas y las restaure con caricias, paciencia, compañía y amor; ese fue mi único de deseo de año nuevo. Aún tengo días en que siento un amor atravesado.