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El día que muera,
sea cómo sea,
sea cuándo sea,
duela lo qué duela,
sé, a ciencia cierta,
que, a la muerte,
le sacaré una sonrisa.
Y será con todos sus dientes,
y reirá por mis anécdotas,
y aguardará
una milésima de segundo
para que se las narre,
antes de llevarme,
antes de que muera.
Ese día,
en el preciso momento
que escupa mi último aliento,
me iré en paz.
(Sin ego ni anhelos,
ojalá.)
El día que muera,
moriré feliz por mi vida,
por las lágrimas
y por las risas,
por aprender de las desdichas,
y de los errores, a enmendar.
El día que muera,
sea de noche o de día,
me destrocen dolores
o quede cual vegetal,
sé, con certeza,
que a la muerte
le sacaré una sonrisa,
antes de llevarme,
lo que de mí se lleve,
allá dónde fuere,
si algo se a de llevar.

Me encanto tu poema amigo, toda una perspectiva orientada hacia ese momento tan fatal, misterioso e inevitable.
Te confieso que el tema de la muerte me encanta, por eso esto que escribiste me parece lleno de sentimientos y con
un toque de resignación encantador.
Te mando un fuerte abrazo y te felicito.
 
mira que iba a comentar en broma, pero lo lei otra vez y el comentario se desvió,
yo vi una sonrisa,
la de mi madre cuando se fue,
te aseguro que fue una de las mejores sonrisas que he visto en mi vida.

un saludo
 
Siempre me digo que, cuando venga la muerte, debe encontrarme vivo. Y, en cierta manera, tu describiste a lo que aludo.
Saludos cordiales.
 
mira que iba a comentar en broma, pero lo lei otra vez y el comentario se desvió,
yo vi una sonrisa,
la de mi madre cuando se fue,
te aseguro que fue una de las mejores sonrisas que he visto en mi vida.

un saludo

Yo también he vuelto a releer.
Gracias por decírmelo, Elena. ; -)

Un saludito.
 
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