Lorelizh Beye
Poeta que considera el portal su segunda casa
I
¿Somos humanos al herir la fronda
con el hachazo acerbo que mutila?
Para dañar el hombre no vacila,
hiere en tristeza y desdicha onda.
a aquella madre que nos ofrece tanto:
Riachuelos, fauna, esmeraldina flora,
al pie del árbol sobre su hijo llora
y tiñe en sangre su marchito manto.
las aves huyen de sus secos nidos
al ver el río convertido en lodo
y los palacios del ayer, floridos
se han vuelto a fúnebres llanuras yermas,
¡Cómo a la nada reducimos todo
fértiles junglas: lánguidas, enfermas!
II
No correrá la revoltosa cresta
del coloso besando las ondinas,
ni pomposas criaturas coralinas
o pececillos bajo la floresta.
Nuestra vírgen de grácil esmeralda
y cabellera larga y abundante,
no lucirá su broche de diamante
ni rubíes ceñidos a su falda.
No llores sobre el árbol ya caído
cuando tu mano lo tumbó al suelo,
cruelmente sin piedad verás destruido
todo cuanto ofreció la madre tierra,
tampoco pidas compasión al cielo
cuando tu mismo declaraste: ¡Guerra!
III
Desplomes de ciudades, cataclismo,
seísmos, huracanes, terremotos,
¿Habremos de arrasar ensueños rotos,
agónicos por nuestro salvajismo?
El edén se ha tornado en espejismo,
y entre rayos la pena nos ahoga,
será al cuello como enlazar la soga
y arrojarse a las nieblas del abismo.
Es homicidio provocar la muerte
a aquella madre que al dolor sucumba
no llores luego por tu infausta suerte
al ver sin astros y sin luna el techo,
fuiste tú, quien cavó su propia tumba,
deja volar un ave hasta tu pecho.
IV
Qué un paraíso sea el horizonte
perfumado de añosa madreselva
y la calandria a su morada vuelva,
canturreé de júbilo el cinzonte.
Que corran libres por llanura y selva
el guepardo, el venado y el bisonte,
lucernas rielen por verdoso monte
y su primor en ópalos se envuelva.
Y tras verdoso velo la Mahimata
de mies sus labios, bese la alameda
y llegue hasta sus pies la catarata.
Exuberante en su suelo meretriz
salvaremos la vida que nos queda
sin dejar en las razas cicatriz.
V
Risa en flor a los hijos son herencia
cuna de oro, la gracia no eterniza
amoldando alfarero su conciencia,
sucesión de paisajes idealiza:
De mares, cielo y llano en sus albores
entre álamos y juncos sin muralla
y orquídeas de todos los colores
lazando mariposas en rondalla.
Aquel que en fértil tierra siembra y riega
de la ciencia jardín que se abre al mundo
en cosecha verá dorada espiga
Quién siembra vientos, tempestad allega,
¡Escucha su latido moribundo
la madre natural, también castiga!
¿Somos humanos al herir la fronda
con el hachazo acerbo que mutila?
Para dañar el hombre no vacila,
hiere en tristeza y desdicha onda.
a aquella madre que nos ofrece tanto:
Riachuelos, fauna, esmeraldina flora,
al pie del árbol sobre su hijo llora
y tiñe en sangre su marchito manto.
las aves huyen de sus secos nidos
al ver el río convertido en lodo
y los palacios del ayer, floridos
se han vuelto a fúnebres llanuras yermas,
¡Cómo a la nada reducimos todo
fértiles junglas: lánguidas, enfermas!
II
No correrá la revoltosa cresta
del coloso besando las ondinas,
ni pomposas criaturas coralinas
o pececillos bajo la floresta.
Nuestra vírgen de grácil esmeralda
y cabellera larga y abundante,
no lucirá su broche de diamante
ni rubíes ceñidos a su falda.
No llores sobre el árbol ya caído
cuando tu mano lo tumbó al suelo,
cruelmente sin piedad verás destruido
todo cuanto ofreció la madre tierra,
tampoco pidas compasión al cielo
cuando tu mismo declaraste: ¡Guerra!
III
Desplomes de ciudades, cataclismo,
seísmos, huracanes, terremotos,
¿Habremos de arrasar ensueños rotos,
agónicos por nuestro salvajismo?
El edén se ha tornado en espejismo,
y entre rayos la pena nos ahoga,
será al cuello como enlazar la soga
y arrojarse a las nieblas del abismo.
Es homicidio provocar la muerte
a aquella madre que al dolor sucumba
no llores luego por tu infausta suerte
al ver sin astros y sin luna el techo,
fuiste tú, quien cavó su propia tumba,
deja volar un ave hasta tu pecho.
IV
Qué un paraíso sea el horizonte
perfumado de añosa madreselva
y la calandria a su morada vuelva,
canturreé de júbilo el cinzonte.
Que corran libres por llanura y selva
el guepardo, el venado y el bisonte,
lucernas rielen por verdoso monte
y su primor en ópalos se envuelva.
Y tras verdoso velo la Mahimata
de mies sus labios, bese la alameda
y llegue hasta sus pies la catarata.
Exuberante en su suelo meretriz
salvaremos la vida que nos queda
sin dejar en las razas cicatriz.
V
Risa en flor a los hijos son herencia
cuna de oro, la gracia no eterniza
amoldando alfarero su conciencia,
sucesión de paisajes idealiza:
De mares, cielo y llano en sus albores
entre álamos y juncos sin muralla
y orquídeas de todos los colores
lazando mariposas en rondalla.
Aquel que en fértil tierra siembra y riega
de la ciencia jardín que se abre al mundo
en cosecha verá dorada espiga
Quién siembra vientos, tempestad allega,
¡Escucha su latido moribundo
la madre natural, también castiga!
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