Isabel, ¡mañana es tu santo!, si no me equivoco. Te cuento:
Apenas puse la mano
sobre el pequeño ratón
supuse, con emoción,
que muy pronto encontraría
(en un rincón no explorado
del jardín de lencería
de mi cerebro "adiestrado")
flores de galantería
que contigo rimarían,
y que serían de tu agrado.
Mas pasó lo inesperado:
que nada de lo encontrado
para ofrecerte en tu día
bueno me parecería,
y he comprendido, aterrado,
que no ha nacido el teclado
que sea capaz de plasmar
la belleza sin igual,
de ese cuerpo angelical
que nuestro buen Dios te ha dado.