LA TORMENTA.
La noche era espesa, densa, caliginosa. Las tormentas que habían embarazado el cielo durante la tarde finalmente no estallaron; quedaron como larvadas entre el calor del asfalto urbano y la temerosa e impenetrable oscuridad de la bóveda del cielo.
Era la gran ciudad y sus latidos se oían amortiguados por la plúmbea atmósfera que apenas era transida por el chirriar de las cigarras desde los jardines resecos y algún ladrido de perro asustado por la insólita pesadez del aire. Muchas ventanas aparecían todavía -eran las tres de la madrugada- iluminadas o con la luz parpadeante de las pantallas de televisión. A su través los insomnes solitarios podían recrear decorados, pasiones y encuentros de enamorados. También, como era el caso de nuestro hombre, abandonos, soledad, apatía y dudas sobre la esencia de la felicidad.
De pie frente a la ventana abierta -clara invitación al suicidio si esta atrevida idea se le ocurriese aparecer en el cerebro- embotado por el alcohol y la abulia, por ese vacío que le era conocido y que él quisiera en esta noche ocuparlo con nubes de tormenta, con esa posibilidad de energías explosivas que le hiciesen un héroe o un asesino; un hombre al menos. Pero la salida era recurrente: dejar el futuro en manos de la casualidad .
Ahora cuando su trayectoria vital era un complejo jeroglífico al que no encontraba solución, sin empleo, abandonado por su última pareja con la que apenas convivió tres meses, su escasa producción literaria bloqueada en anaqueles de editores de dudosa formalidad, la posibilidad de que esa idea del suicidio, quimérica, casi épica, llegase hasta ese octavo piso y a esa ventana abierta como un prodigiosos cometa lleno de luz y muerte, soluciones ambas para tan desesperada situación, aumentaba generosamente. Pero también fue generoso el trago de güisqui que se sirvió, que acabó vaciando la botella.
El calor íntimo del alcohol, aunque ya de efectos reducidos, le reconfortó y por unos momentos pareció abrir entre los densos nubarrones unos claros que denunciaban un más allá. Incluso creyó ver el titilar de alguna estrella que, supersticioso como era, le enviaba ese esperado mensaje de mudanza de su suerte. Un blando optimismo, propio de la euforia etílica que ya le invadía, como si de un pincel maravilloso se tratase, pintó de alegres colores las aburridas paredes de la habitación.
Sí; mañana la tormenta habría descargado, el agua tan esperada y necesaria habría hecho renacer los jardines agostados, el césped recuperaría su verdor y hasta él se atrevería a exigir al Presidente de la Comunidad que repoblase los amplios claros que la desidia y los juegos infantiles habían producido. Un pálido valor pareció querer enardecer su espíritu. Mañana.
Tuvo que reprimir unos repentinos deseos de acción; salir a la calle, correr hasta el “puticlub” de la esquina y vivir, vivir como un ser humano pleno de energías y vitalidad. Acabaría los restos de güisqui y, así, con los ligeros ropajes de estar por casa, trotaría escaleras abajo -el ascensor lo dejaba a los vecinos del 8º izquierda, los jubilados: él era joven y fuerte- saldría a plena noche, a vivirla. Aunque mejor mañana; los colores, las distancias, los detalles donde enmarcar su nueva vida se verían mejor con el nuevo día. Si al menos ella le hubiese concedido una nueva oportunidad... Total, apenas se conocían, ella también tendría sus defectos, sus costumbres extrañas. Total, hacer el amor mientras escuchaban -pero sólo él, ella odiaba eso- las Variaciones Goldberg de J.S. Bach tampoco era tan frustante: a él le gustaba aquella música. Total, que en aquellos pocos meses apenas hubiesen salido a cenar y fuese ella quien se encargase de las comidas y cenas, y del aseo del apartamento, y de lavar y planchar “sus” ropas... Total, tampoco era para dar el portazo que dio. Aunque creía recordar entre nieblas algo más.
El timbrazo enérgico y repetido del teléfono lo sacó de sus abstracciones. ¿La Policía? ¿Una denuncia por malos tratos? ¿Que no me mueva de casa que viene un coche patrulla a recogerme? Pero, pero... dígame qué pasa. Y de repente las nieblas se disiparon. Ella. Los golpes, los gritos, los hematomas y la sangre. Sí, se le había ido un poco la mano... La Policía, antecedentes, esa gran mancha en su futuro...
La ventana abierta y los claros en el negro nubazón, la estrella cintillante invitándole a subir hasta allí. Esa vida nueva que tanto deseaba... Todo eso fue lo que debió encontrar la Policía en el cadáver aplastado contra el asfalto ardiente. Pero nunca lo encontraron.
Ilust.: “Breakfast at Christie's”. Mark Kostabi. (del blog “Nunca lo sabré)
La noche era espesa, densa, caliginosa. Las tormentas que habían embarazado el cielo durante la tarde finalmente no estallaron; quedaron como larvadas entre el calor del asfalto urbano y la temerosa e impenetrable oscuridad de la bóveda del cielo.
Era la gran ciudad y sus latidos se oían amortiguados por la plúmbea atmósfera que apenas era transida por el chirriar de las cigarras desde los jardines resecos y algún ladrido de perro asustado por la insólita pesadez del aire. Muchas ventanas aparecían todavía -eran las tres de la madrugada- iluminadas o con la luz parpadeante de las pantallas de televisión. A su través los insomnes solitarios podían recrear decorados, pasiones y encuentros de enamorados. También, como era el caso de nuestro hombre, abandonos, soledad, apatía y dudas sobre la esencia de la felicidad.
De pie frente a la ventana abierta -clara invitación al suicidio si esta atrevida idea se le ocurriese aparecer en el cerebro- embotado por el alcohol y la abulia, por ese vacío que le era conocido y que él quisiera en esta noche ocuparlo con nubes de tormenta, con esa posibilidad de energías explosivas que le hiciesen un héroe o un asesino; un hombre al menos. Pero la salida era recurrente: dejar el futuro en manos de la casualidad .
Ahora cuando su trayectoria vital era un complejo jeroglífico al que no encontraba solución, sin empleo, abandonado por su última pareja con la que apenas convivió tres meses, su escasa producción literaria bloqueada en anaqueles de editores de dudosa formalidad, la posibilidad de que esa idea del suicidio, quimérica, casi épica, llegase hasta ese octavo piso y a esa ventana abierta como un prodigiosos cometa lleno de luz y muerte, soluciones ambas para tan desesperada situación, aumentaba generosamente. Pero también fue generoso el trago de güisqui que se sirvió, que acabó vaciando la botella.
El calor íntimo del alcohol, aunque ya de efectos reducidos, le reconfortó y por unos momentos pareció abrir entre los densos nubarrones unos claros que denunciaban un más allá. Incluso creyó ver el titilar de alguna estrella que, supersticioso como era, le enviaba ese esperado mensaje de mudanza de su suerte. Un blando optimismo, propio de la euforia etílica que ya le invadía, como si de un pincel maravilloso se tratase, pintó de alegres colores las aburridas paredes de la habitación.
Sí; mañana la tormenta habría descargado, el agua tan esperada y necesaria habría hecho renacer los jardines agostados, el césped recuperaría su verdor y hasta él se atrevería a exigir al Presidente de la Comunidad que repoblase los amplios claros que la desidia y los juegos infantiles habían producido. Un pálido valor pareció querer enardecer su espíritu. Mañana.
Tuvo que reprimir unos repentinos deseos de acción; salir a la calle, correr hasta el “puticlub” de la esquina y vivir, vivir como un ser humano pleno de energías y vitalidad. Acabaría los restos de güisqui y, así, con los ligeros ropajes de estar por casa, trotaría escaleras abajo -el ascensor lo dejaba a los vecinos del 8º izquierda, los jubilados: él era joven y fuerte- saldría a plena noche, a vivirla. Aunque mejor mañana; los colores, las distancias, los detalles donde enmarcar su nueva vida se verían mejor con el nuevo día. Si al menos ella le hubiese concedido una nueva oportunidad... Total, apenas se conocían, ella también tendría sus defectos, sus costumbres extrañas. Total, hacer el amor mientras escuchaban -pero sólo él, ella odiaba eso- las Variaciones Goldberg de J.S. Bach tampoco era tan frustante: a él le gustaba aquella música. Total, que en aquellos pocos meses apenas hubiesen salido a cenar y fuese ella quien se encargase de las comidas y cenas, y del aseo del apartamento, y de lavar y planchar “sus” ropas... Total, tampoco era para dar el portazo que dio. Aunque creía recordar entre nieblas algo más.
El timbrazo enérgico y repetido del teléfono lo sacó de sus abstracciones. ¿La Policía? ¿Una denuncia por malos tratos? ¿Que no me mueva de casa que viene un coche patrulla a recogerme? Pero, pero... dígame qué pasa. Y de repente las nieblas se disiparon. Ella. Los golpes, los gritos, los hematomas y la sangre. Sí, se le había ido un poco la mano... La Policía, antecedentes, esa gran mancha en su futuro...
La ventana abierta y los claros en el negro nubazón, la estrella cintillante invitándole a subir hasta allí. Esa vida nueva que tanto deseaba... Todo eso fue lo que debió encontrar la Policía en el cadáver aplastado contra el asfalto ardiente. Pero nunca lo encontraron.
Ilust.: “Breakfast at Christie's”. Mark Kostabi. (del blog “Nunca lo sabré)
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